sábado, 2 de septiembre de 2017

LA ISLA DEL BARÓN Y EL ENIGMA DE LA PRINCESA RUSA







LA ISLA DEL BARÓN Y EL ENIGMA DE LA PRINCESA RUSA

Inesperadamente aumentó la brisa –cosa inusual en el Mar Menor–, de manera que nos vimos forzados a fondear a escasos metros de la Isla del Barón hasta que amainara el viento. Mi hija y yo sabíamos que la isla era propiedad privada, de manera que decidimos no bajar del barco. No estábamos preocupados ni siquiera alarmados por la situación meteorológica; sabíamos que era cuestión de tiempo, y en breve regresaríamos al Club Náutico Los Nietos; además, el barco estaba preparado para navegar en situaciones mucho más comprometidas. De hecho, Mr. Cook, su anterior dueño, salía a pescar atunes a más de ochenta millas de la costa. De tal manera, el Mar Menor era una mansa charca para mi barco.
El ancla enganchó rápidamente y comprobamos que no garreaba. Hicimos una última comprobación y verificamos que el viento no nos llevaría hacia unas pequeñas rocas muy cerca de la playa. En tanto, esperando que dejara de arreciar el fuerte viento, decidimos tomar café. Cogí el termo y serví dos tazas del aromático café. Su penetrante olor nos espabiló. Dicen los entendidos que hay que tomarlo caliente, negro y sin azúcar. ¡Y así lo hicimos! No por falta de azucarillos, sino por comprobar si era cierto el consejo de los entendidos. Mi hija y yo teníamos mucha complicidad en experimentos de cosas nuevas…
Tras el primer sorbo, mi hija me pidió que le contara una vez más la historia de la Isla del Barón: ¡Le encantaban mis relatos…!
La Isla Mayor, que así se llamaba por ser la más grande de las islas que conforman el Mar Menor, fue una prisión de la Armada Española desde 1727, donde confinaban a militares de alto rango e ilustres aristócratas a finales del siglo XIX y principios del XX, condenados por batirse en duelo en lances de honor. Dicha isla se hizo tristemente célebre con el sobrenombre de la ´Isla del Honor` , porque todo el que la pisaba procedía de haber matado a su adversario en un lance de honor.

Y eso fue lo que le sucedió a Don Julio Falcó D’Adda, –Barón de Benifayó–, a quien un juez lo condenó por atravesarle el corazón con un sable a Don Diego de Castañeda, por batirse en duelo tras ofender a una noble dama, cuyo nombre era Doña María Victoria dal Pozzo della Cisterna, quien más tarde fue reina de España y esposa del rey Amadeo I de Saboya.       
El Barón de Benifayó acabó su cautiverio en 1878, y ocurrió un hecho insólito: ¡se enamoró de la isla…! Sus familiares y amigos no lo podían comprender…
–¿Cómo es posible que quieras comprar la isla donde has estado preso? –le preguntaban sus amigos con asombro.
–Es el lugar donde he visto los más bellos atardeceres –decía con voz melancólica, añadiendo. –Tenéis que visitarla, os invito.
Y así fue.
Ordenó a su administrador que hiciera los trámites pertinentes para comprar la  isla más grande del Mar Menor. Después de realizar contactos de alto nivel,  valiéndose de que el Barón fue senador, y además,  íntimo amigo del rey Amadeo I Saboya, esposo de la reina María Victoria por la que se batió en duelo,  de manera que obtuvo las autorizaciones necesarias en tiempo récord para adquirir la isla Mayor en propiedad, y además, un par de islotes de alrededor... 
-¿Entonces, ese es el palacio que mandó construir? –preguntó mi hija señalando a un palacete, extraordinariamente intrigada.
–Así es -respondí.– Es de estilo neomudéjar, y eran antológicas las fiestas que ahí se celebraban.
En dicho palacete se reunía la flor y nata de la aristocracia española. Las barcazas no cesaban de ir y venir desde San Pedro del Pinatar, para celebrar fastuosos bailes amenizados por orquestinas contratadas para dichos eventos. Y cuando había una celebración especial, el Barón hacía venir a un tenor desde Italia… ¡Era todo un bohemio y aventurero!
Realmente Don Julio Falcó D’Adda, Barón de Benifayó, fue un aristócrata que supo vivir la vida en toda su plenitud; era rico y podía permitirse todos los lujos y caprichos que se le antojasen.
Por eso contrató al arquitecto de más prestigio de la época, Don Lorenzo Álvarez Capra y le pidió que le construyera dos réplicas del palacete del Pabellón de España, inaugurada en la Exposición Universal de Sevilla en 1873; ordenándole edificar uno en San Pedro del Pinatar como residencia de verano, y el otro en la isla Mayor para galanteos, fiestas y coqueteos de la alta sociedad.
–Desde entonces, dejó de llamarse Isla Mayor por la Isla del Barón, hasta nuestros días –dije a modo de clase de Historia.
El viento fue amainando, de manera que el mar se puso como si fuera una balsa de aceite. Nos llamó la atención ese cambio tan extremo, además, del color. Parecía como si hubiesen pintado las aguas de azul turquesa. El contraste del palacete con el sol rojizo crepuscular,  convertía la tarde en una representación fastuosa. ¡Cuántas veces habrá disfrutado de esos atardeceres el Barón! No en vano presumía ante sus amigos de que es el único lugar del mediterráneo donde el sol nace por el mar y se acuesta en el mismo mar.
–Es verdad –afirmó mi hija-. Esta mañana vimos salir el sol del mar y ahora se pone por el mismo sitio.
Mi hija estaba emocionada; había visto el momento en que el sol despuntaba desde el mar, y también como desaparecía por el horizonte en el mar. Realmente dicho panorama producía gratas sensaciones.
De pronto, mi hija se quedó mirando fijamente un trozo de roca.
–Papá… ¿ves aquel saliente de roca? –me dijo apuntando con su dedo a un saliente rocoso, pegado a la arena.
–Sí… qué tiene de particular –pregunté.
–Parece que hay unos signos…
Cogí los prismáticos y comprobé que era cierto. Parecían signos cirílicos.
–Vamos a copiarlos –dijo mi hija. Cogió un papel y un bolígrafo y prácticamente los calcó. Siempre le ha gustado el dibujo.
–Parece ruso –le dije-. Cuando lleguemos al club se lo preguntaremos a Dimitri.
Dimitri es un ruso que trabaja como mecánico en varias embarcaciones del club, incluido mi barco.
Tras ponerse el sol pusimos rumbo al Club, tardamos casi una hora en llegar, íbamos a media máquina; y ¡qué casualidad!...Dimitri estaba reparando una vela del barco de mi vecino. Mi hija, impertinente por su curiosidad me decía: “Papá, pregúntale” “Espera un momento que paremos motores” la apaciguaba.
–Hola Dimitri… ¿me puedes decir qué pone aquí? –le dije a modo de saludo.
Leyó el papel, se puso serio y me miró…
–Dice ‘Несчастный, несчастный'.
Mi hija y yo nos miramos.
–Qué significa –pregunté.
–'Desdichada, infeliz' –dijo el ruso con cara de curioso, intentando descubrir dónde habíamos copiado esas palabras.

En aquel momento me vino a la cabeza una historia que me contó un viejo pescador años atrás.
Resulta que cuando me disponía a dar un paseo por la Isla del Barón, me acerqué a la cafetería del club a tomar un café y le comenté al camarero mi intención de rodear la isla; y en ese instante, un viejo pescador, apoyado en la barra, al oír mi comentario dijo: “En esa playa se bañaba una princesa rusa desnuda” “Lo sé porque la he visto”, dijo con la naturalidad de un anciano que no tiene porqué mentir, mientras sorbía mi café. En realidad el viejo nunca había visto a la princesa rusa en vida; lo que vio era su imagen. Le pedí que me contara dicha historia porque empezó a interesarme. Decía que aparecía al amanecer o al atardecer y no siempre.
–Pero quién era esa rusa –me interesé con afán.
–Yo no la conocí –dijo el viejo-. Pero mi padre sí… y bastante.
–¿Pero no ha dicho que usted la ha visto?
–Sí… pero vi su ánima.
–¿Un fantasma? –pregunté cada más estupefacto.
–Así es… era una princesa rusa que murió misteriosamente –afirmó el viejo pescador con aires de circunspección.
Y al parecer fue así.
El Barón de Benifayó, constantemente  organizaba fiestas en su palacete de la isla; daba lo mismo que fuese en verano o invierno. Buscaba cualquier pretexto para organizar una reunión o celebración. Todo el pueblo de San Pedro del Pinatar se enteraba  que iba a acontecer un gran espectáculo al ver tanto trasiego de barcazas desde San Pedro del Pinatar hacia la isla; salían embarcaciones y lanchas cargadas de víveres, bebidas y flores… La fama de sus celebraciones, también llegó a la  aristocracia europea, de manera que empezaron a venir extranjeros al puerto de San Pedro del  Pinatar.
Sin embargo, no pasó inadvertida la presencia de una joven, guapa y rubia para el pueblo de San Pedro. Eran constantes sus visitas a la isla, despertando la atención entre los lugareños por su belleza. Se trataba de una princesa rusa, que, según decían, el Barón se había prendado de ella.
Y era cierto. Se había convertido en su obsesión, llegando utilizar todos los medios y recursos para invitarla  a sus celebraciones, bien sea a través de sus amigos aristócratas o de Casas Reales europeas, y con frecuencia, hacía venir a la familia en pleno, quienes viajaban desde Rusia a gastos pagados, de manera que estaba garantizada la asistencia  de la joven princesa. En breve tiempo, la familia de la joven princesa rusa llegó a pasar temporadas largas en el palacete del Barón, llegando a simpatizar y congeniar con los padres.
Los padres de la princesa le confesaron al Barón que estaban pasando por una situación económica muy crítica, y le pidieron ayuda financiera. Al Barón se le aparecieron los cielos abiertos, sabía que era una gran oportunidad para pedir la mano de su hija, de manera que podía tratar de contar con el asentimiento de los padres.
Y  así ocurrió.
Empezaron a preparar los fastos de la boda,  el Barón quería que fuese un acontecimiento suntuoso y de gran boato; invitaron con antelación a lo más florido y granado del aristocracia española y europea. Los regalos comenzaron a llegar, contrataron cocineros expertos en cocina internacional, músicos, criados… ¡aquello se convirtió en un fabuloso esplendor y ostentación!   No era de extrañar, porque así era la vida del Barón de Benifayó.
Durante mucho tiempo se habló de la boda del Barón, incluso se hicieron coplas en recuerdo de tan magnífico evento; todo el mundo salió contento menos una persona: la bella princesa. Se había casado contra su voluntad, fue una boda de conveniencia. El Barón se dio cuenta de que la princesa no era feliz con él, de manera que habló con los padres para que influyeran a su favor; estos, lo animaban diciendo que con el tiempo iba a quererlo, que aún era muy joven y que con el devenir de los años iba a  entender lo que es la vida y el matrimonio. En tanto, el Barón para intentar agradar a su joven esposa, todas las semanas organizada una fiesta en los jardines del palacete mirando hacia el mar. Sin embargo,  ocurría un hecho insólito. En el momento cuando todos los invitados estaban en los jardines disfrutando de la música, la princesa descendía hacia la playa y se ponía a caminar descalza, luego se sentaba en una roca y se quedaba mirando hacia la puesta de sol, hasta que acabara de ocultarse. Los últimos rayos, delirantes de colores rojizos en su rubia cabellera, creaban una exposición paradisíaca. Pero con una particularidad, en cuanto salía la luna, se  desnudaba y caminaba de un extremo a otro por la suave arena.
Cuentan los invitados que la vieron andar por la playa a la luz de luna, desnuda, que ni el mejor pintor del mundo podría hacer un cuadro tan bello como  ellos vieron. Y entre los invitados, había eruditos en arte y grandes coleccionistas.
Y esta escena se repetía una y otra vez cuando el Barón organizada una fiesta, de manera que se llegó a correr la voz en toda la alta sociedad de esta extravagante circunstancia, y muchos intentaban ser invitados por el Barón a su isla.
 Pero este hecho, también trajo sus complicaciones. Los invitados del Barón  empezaron a estar molestos con el comportamiento de la joven princesa. Decían que no había derecho a que le hiciera esas afrentas a tan excelente persona, e intentaban reparar dicho comportamiento. Pero el Barón no se enteraba, la seguía con la mirada turbia por el champán, y hasta parecía que disfrutaba observándola…
Una noche estrellada, los amigos del Barón tomaron una decisión: había que acabar con esta ofensa que la  bella mujer estaba haciendo a su gran amigo; era un ultraje y humillación. Y esa noche el plan se concibió: había que matar a la princesa haciendo creer que se había ahogado.  Para ello, contrataron a un pescador sin escrúpulos y borrachín, para que la  empujara mar adentro.
Tras oír la historia del viejo pescador en la cafetería del club, le pregunté:
–¿Y cómo conoce esa historia?
–Me la contó mi padre, porque fue a él a quien le propusieron que la matara y se negó –respondió con determinación.

Después de oír a Dimitri la traducción de los signos en ruso, los cuales significaban ‘desdichada’ e ‘infeliz’, me empezó a cuadrar el relato del viejo pescador.
Mi hija me miraba con atención, esperaba una explicación a la traducción del mecánico ruso. “Es una historia triste, pero te la voy a contar”…
Y empecé a narrársela mientras recogíamos los enseres del barco, luego, montamos en el coche rumbo a Murcia y continué con el relato.
Mi hija quedaba embelesada con mis relatos.
–Papá, ¿y es verdad que se aparece? –preguntó con candidez.
–Eso dicen… son varias personas que la han visto al atardecer en días de luna llena –dije, mirándola de reojo.
–¿Crees que nosotros podríamos verla?
–Un atardecer de luna llena lo intentaremos –respondí, sonriendo en connivencia.
Pero mi hija seguía pensativa…
–¿Te parece justo lo que hicieron los amigos del Barón?
–Lo que consiguieron fue que el Barón muriera al poco tiempo de tristeza… ¡y se acabaron las fiestas!

©antoniocapelriera

sábado, 25 de marzo de 2017

LA PERRICHOLI, LA JOVEN AMANTE DEL MARQUÉS DE CASTELLBELL


El teatro estaba a rebosar. No cabía ni un alfiler. Todos esperaban ansiosos a que se levantara el telón. Aguardaban que el Virrey del Nuevo Mundo -el Marqués de Castellbell- hiciera una señal con el pañuelo de seda desde su palco. Lima entera sabía que la protagonista era la amante del sexagenario Virrey. ¿Habría perdido la cabeza el Marqués de Castellbell? Ese era el comadreo de la aburguesada sociedad limeña. Pero no les importaba, todos sabían que el Virrey era un admirador de Lope de Vega, y todo lo que se estrenaba en España, a los cinco meses estaba en el Nuevo Mundo. Al señor Marqués le encantaba el teatro.
-¡De prisa, de prisa! –decía Micaela, la protagonista-. ¡Que el Virrey está a punto de exhibir el pañuelo!
En los camerinos todo eran prisas, conocían la impaciencia del Marqués cuando no se levantaba el telón al dar éste la señal. Micaela Villegas no quería escándalos. El último fue descomunal. Uno de los actores representaba a un torero, y al colocarse los ajustados pantalones saltó un botón de la bragueta. Hecho que retrasó la presentación, no conseguían enhebrar la aguja con la escasa luz. El Marqués de Castellbell montó en cólera e hizo que le condujesen a los camerinos.
Lo que se encontró no le gustó.
-¡Perra, chola…! –bramó el Marqués.
Dos mujeres y Micaela estaban agachadas manipulando la zona pudenda del actor, tratando de sujetar el botón. El enfurecido y celoso Virrey no lo entendió así. Desenvainó su espada y de un golpe capó en el acto al pobre desventurado. En Lima todo el mundo se desternillaba de risa por el suceso. ¡El Virrey lo había capado!
El Marqués dio la señal. Atenuaron el brillo de las farolas de aceite, la orquestina empezó a interpretar un minueto. Se levantó el gran telón de terciopelo granate y apareció una figura grácil y sensual. Era la guapa Micaela, que con sus escasos dieciséis años ya era la amante del Virrey de Lima, al Marqués se le caía la baba. El público empezó a aplaudir con frenesí, y el Virrey no podía disimular una sonrisa bobalicona de satisfacción. Gracias al Virrey, la ciudad le Lima podía disfrutar todos los días del año una función diaria de teatro. Era su pasión. La afición le venía por sus padres, el Marqués de Castelbell y la Marquesa de Juyent  quienes eran entusiastas de las artes.
En el lujoso palco del Virrey se encontraba el Arzobispo de Lima, quien tampoco podía disimular su admiración por la bella Micaela. Sin embargo, era más comedido que el Virrey. Miraba con recato, y de vez en cuando le hacía una seña al Marqués para despertarlo de su hechizo.
El Virrey apreciaba la compañía del Arzobispo, eran casi de la misma edad, además, le advertía cuando su comportamiento empezaba a ser zafio y tosco. Pero lo que más le gustaba, es que le informaba si algún joven oficial intentaba pretender a la bella Micaela. ¡Era intocable! El mismísimo rey Carlos III estaba sorprendido de que el Marqués llevase casi veinte años de Virrey sin manifestar el menor atisbo de volver a España.
Probablemente, quien estuviese en la piel del Marqués de Castelbell, pensaría lo mismo. ¿Para qué volver a España si vivía como un Rey? Pero quien lo llevaba de cabeza era Micaela. Cada vez era más caprichosa, mas antojadiza…las broncas se hacían más frecuentes.
Una vez, la bella joven, haciendo gala de sus manías, le prohibió al sesentón Marqués que la acariciara.
-Amor mío… ¿por qué me haces esto? –suplicaba el Virrey a punto de llorar.
-Quiero que me pongas la luna a mis pies –dijo con una vocecita sensual, arrugando graciosamente la pecosa naricita-. Hasta entonces, no me gozarás.
El Virrey se descomponía. “Esta perra, chola se va enterar” tartamudeaba el Marqués enfurecido. A veces, en sus aposentos conversaba solo, muchos no lo entendían porque hablaba en catalán. Constantemente repetía las mismas palabras: “perra, chola, chola, perra…” y con esas palabras insultantes se desfogaba. Sin embargo, los que le oían, por su acento catalán cerrado, entendían “perricholi”.
Al poco tiempo, la sociedad limeña llamaba a Micaela “la perricholi” con menosprecio. Pero a ella no le importaba, conseguía todo lo que se proponía. Llegó a tener un carruaje chapado con adornos de plata y hasta un palacete. El romance con el Virrey- Marqués de Castellbell-, se convirtió en la relación más escandalosa del siglo XVIII, hasta erigirse en el centro de la vida social limeña.
Un día, desesperado el Marqués, solicitó ayuda al Arzobispo porque llevaba más de tres meses sin ver a “la perricholi”.
-La muy desgraciada no quiere verme –se quejó el Virrey-. Haga algo, vuestra excelencia.
El Arzobispo sonrió burlonamente.
-¿Acaso estáis casado? –preguntó-. Toda Lima, incluso el mismísimo Carlos III conoce vuestros amoríos con la muchachita, y me ponéis en una situación comprometida al hacer la vista gorda.
El Virrey se revolvió como un león herido, miró al Arzobispo con los ojos inyectados en sangre, y profirió:
-¿Y vos creéis que toda Lima no conoce el pasadizo secreto entre vuestros aposentos y el convento? –exclamó, levantando un dedo amenazante.
El Arzobispo bajó la mirada.
-Bien, algo haremos –respondió en el acto.
Tras un silencio cargado en reproches comprendidos, el Marqués reinició el dialogo:
-Me ha dicho que le ponga la luna a sus pies…
El Arzobispo levantó las cejas, luego frunció el ceño.
-¿Sigue en Palacio el arquitecto sevillano? –preguntó el Arzobispo en un tono como si tuviera la solución.
-Marcha mañana para España –dijo el Marqués, extrañado con la pregunta.
-Decidle que se quede un par de semanas –pidió el representante de la curia.
Al día siguiente, el jardín del Palacio del Virrey, era una colmena. Acudió un centenar de hombres cargados con sus aperos de trabajo y unas veinte mulas. Oían con atención las instrucciones del arquitecto sevillano. Éste, con su voz aflautada y acento andaluz, les explicaba lo que tenían que hacer.
En dos semanas, aquel maremágnum de piedras, ladrillos, mulas y azadas empezó a tomar forma. Apareció un estanque de forma circular, rodeado por unos pilares que terminaban en unos arcos de estilo francés cargados de enredaderas y exóticas flores. Sólo había un banco para dos personas. Extrañamente, el banco estaba mirando hacia el arco que daba al Este, el que no llevaba ninguna vegetación. Únicamente los pilares y los soportes del arco estaban adornados con figuras barrocas dejando libre la visión hacia el cielo azul. El Marqués se preguntaba por qué el arquitecto había dejado ese arco sin ornamentación mirando al cielo. La respuesta la iba a tener esa misma noche.
El Arzobispo explicó con detalle al Marqués las instrucciones que le había dado el arquitecto.
-Excelentísimo Señor –dijo con voz grave-. A las doce en punto de la noche debéis sentaros en el banco con vuestra amada. Volverá a ser vuestra: tendrá la luna a sus pies.
¿Qué había pasado? Muy sencillo. El arquitecto sevillano hizo cálculos matemáticos y astrológicos para que la luna penetrara por el arco diáfano y se reflejara en las aguas del estanque, a los pies de quien estuviera sentado en el engalanado banco. No había error posible.
El perfume de las flores, la suave brisa primaveral, champan francés y unos violines en la distancia, hicieron todo lo demás. “La Perricholi” y el Marqués de Castellbell vivieron un romance apasionado durante catorce años. Fruto de ese amor, nació Manolito, que no llegó a heredar el título de Marqués porque sus padres no estaban legalmente casados.

Copyright antonio capel riera