sábado, 18 de diciembre de 2010

Tribulación con los pavos de Navidad

Menuda llantera de las hermanas Remedios y Antonia.
¿Qué ocurrió?
Resulta que las pobres ancianas solteronas, llevaban más de medio año cebando a tres hermosos pavos para disfrutarlos en Nochebuena con la poca familia que les quedaba. Se había convertido en una tradición reunir en su casa a la familia para cenar en día tan señalado. Ellas se encargaban de alimentar y nutrir a las aves con los mejores piensos, los pavos campaban a sus anchas en el huerto de Aljucer, creciendo sanos y robustos. Día a día se veían más hermosos, felices y confiados, sin sospechar que al final del año, iban a ser principal manjar del festivo menú. Las solteronas lo hacían con amor y satisfacción, era el único día que podían disfrutar de sobrinos, hermanos y sobrinos-nietos…sin embargo, el único interés de la familia era la exuberante cena a mantel puesto. Las pobres viejas pasaban por alto ese detalle mezquino.
Pero ocurrió algo inesperado. Llegó la Nochebuena y, cuando ya estaba todo previsto para la celebración, la gran mesa dispuesta en frente de una enorme chimenea huertana, vasos, cubiertos, vinos excelentes, entremeses…y los invitados dispuestos a hincar el diente, resulta que el festín se tuvo que suspender: ¡no había pavos! Los pavos habían desaparecido.
En su lugar, la familia se encontró a las pobres viejas enfrente del fogón de leña, hundidas y llorosas. ¡Unos inmigrantes amigos de lo ajeno, les habían robado las rechonchas aves!
Sucedió que, tras pelar los pavos con agua caliente y adobarlos con especias, los dejaron marinando en un lateral de la casona enfrente del camino que conduce al río.
Lo demás, ya se pueden imaginar…
La prole familiar, se fue por donde vino. Ni siquiera un pequeño consuelo, ni un adiós dieron a las pobres viejas. Quedaron sentadas en unas banquetas de madera, enfrente del fogón, cabizbajas y abatidas, parecía que se estaban consumiendo como los troncos de la chimenea.
Era noche de paz y amor, para todos, pero no para las pobres viejas.
¡Cuán duro, cuán amargo es llegar a ser viejos!


©Antonio Capel Riera

sábado, 4 de diciembre de 2010

Aterrizaje a traición

FICHA:
ATERRIZAJE A TRAICIÓN
de Antonio J. Capel Riera
Edita: Azarbe, S.L.
Murcia, 2010
Género: narrativa
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-96946-83-5
133 páginas.
Página del autor.
Portada: Cindie Capel Durán
COMENTARIO de Francisco Javier Illán Vivas.
Antonio J. Capel Riera sorprende en esta novela a los que hemos leído, hasta la fecha, lo que ha publicado, pues si esperábamos una comedia, nos encontraremos con un drama donde el autor pone de manifiesto su conocimiento de la aviación, los términos que en ella se utilizan y otros detalles que dan realidad a esta historia de una mujer Mary Smith, entre dos hombres, Peter Sánchez Y Robert Taylor.

Así de sencillo podría pensarse que la trama es facil de adivinar, pero no cuando se está a miles de pies de altura, en un Jumbo 747, y Peter Sánchez es el piloto y Robert Taylor el copiloto.
Además, el autor añade un elemento distorsionador, el teniente William Meyer, pasajero del vuelo, de regreso a Estados Unidos desde su destino en Bagdad, un hombre atormentado que será protagonista, héroe a la fuerza, tras la tormenta de sentimientos que se desboca en la cabina del Jumbo.
El FBI, militares en Estados Unidos y en Bagdad, un afamado psicólogo neoyorquino y un mecenas que ama más la vida que el dinero, serán los elementos que rodean la trama hacia un final inesperado que responde al título elegido por Capel Riera: aterrizaje a traición.
Publicado por Francisco Javier Illán Vivas

sábado, 27 de noviembre de 2010

LA ENIGMÁTICA CUEVA DEL DIABLO


-¡Os lo juro por mis muertos y por la Virgen de la Macarena! –decía el soldado andaluz espantado-. ¡Lo vi con mis propios ojos!
                Todos rieron, nadie le creía.
                El soldado español tenía fama de borrachín, nadie le tomaba en serio. Siempre llevaba la bota de vino colgada al cuello.
                -¿Y dices que se juntaron los cerros de piedra? –preguntó un soldado castellano, entre risas.
                -¡Os lo juro por la Virgen de Triana! –insistía el borrachín andaluz. Le faltaban vírgenes y manos para jurar y perjurar.
                Lo cierto es que, en esos momentos el soldado estaba sobrio. No presentaba signos etílicos. De manera que despertó la duda en el capitán Don Diego de Centeno, que lo observaba desde su caballo.
                Lo mandó llamar. Sintió curiosidad, pero no por la historia que estaba contando, sino porque los de su destacamento aún no habían venido. El único que estaba presente era aquel tenaz aficionado al tinto.
                -¿Y cuántos ibais en la expedición? –preguntó el capitán.
                -Diez, vuestra merced –respondió, mostrando los diez dedos de las manos.
                -Y a vos, ¿Por qué no os aplastaron las enormes rocas? –preguntó el capitán con intención de descubrir si decía la verdad o era producto de alguna alucinación por el alcohol.
                -Porque yo iba a media legua detrás, antes de entrar en la quebrada –dijo el asustado borrachín -. Me salvé porque era el último.
                -¿Y qué pasó? –preguntó más interesado Don Diego de Centeno.
                -Me detuve para hacer mis necesidades y para echar un buchito de tinto -dijo señalando la bota de vino-. Y de pronto oí un gran estruendo. Un ruido ensordecedor, y las gigantescas rocas de la quebrada empezaron a juntarse, como si de una prensa se tratara.
                -¿Se estrecharon las montañas? –preguntó el capitán, incrédulo.
                -¡Sí, capitán! –dijo persignándose -. ¡Los estrujó a todos! No se salvó nadie, ni los caballos.
                No mentía el soldado. El camino de la quebrada despareció al juntarse los dos enormes montículos de piedra. Luego, con gran estruendo y la vez, se escuchó una despiadada carcajada, volviendo las montañas a separase dejando libre el camino de la quebrada. No quedó rastro de ningún soldado, tampoco de ningún caballo. El único indicio de que sucedió algo sobrenatural, fue el hallazgo de algunas armaduras y cascos aplastados, tan finos como una lámina.
                El capitán llamó a Diego Huallpa, el indio que descubrió el Cerro Rico de Potosí, y le preguntó si había oído algo acerca del misterioso incidente.
                -Sé que se han metido en la quebrada que lleva a la Cueva del Diablo1 y la tierra se los ha tragado –dijo con estremecimiento.
                -¿Y la carcajada? -preguntó con máximo interés el conquistador español.
                -Es de Supay, el Tío.
                -¿Supay? ¿Quién es el Tío?
                Antes de contestar, Diego Huallpa, sacó unas hojas de coca y las lanzó al aire.
                -¡…El Señor de la Oscuridad! –dijo con un susurro.
                Don Diego quedó perplejo ante la respuesta del indio. Algo de verdad debía de haber, porque Huallpa hablaba con una mezcla de respeto y temor. Y cuando lanzó las hojas de coca al aire, lo hizo como parte de un rito, para no enfadar a Supay.
                A Supay le temen tanto, como lo veneran; es protector, como destructor. Se presenta de distintas formas: unas veces como un híbrido de macho cabrío y hombre, con cuernos de chivo, rostro satírico, larga perilla y bigotes. El cuerpo es velludo y piernas de chivo con largas pezuñas, y con capa negra. Otros afirman que es casi un enano, y que sus ojos brillan en la oscuridad como los de un gato. También dicen que toma el aspecto de un hombre corriente, para mezclarse con la gente.
                El capitán Centeno, escuchaba con interés a Diego Huallpa. También dijo que podía adoptar indistintamente la forma de un sapo, víbora o perro negro.
                -¿Y cuándo aparece? –insistió. Quería saberlo todo acerca de sus costumbres.
                -Cuando se enoja –afirmó-. Ahorita está enojado. Los españoles no debían haber ido a su casa.
                -¿A su casa? –preguntó sorprendido el capitán-. ¿Vive en el paso de la quebrada?
                -No. Vive en una cueva, en la ladera de la quebrada –respondió el indio Huallpa.
                 Don Diego, se sumió en una profunda meditación. ¿Y si fuese verdad? La información que le había dado el nativo era más que suficiente. “Ahora faltan las comprobaciones”, murmuró el español.
                Don Diego mandó llamar al soldado andaluz. Empezó a creer que había algo de cierto porque el destacamento de los diez hombres no había regresado. El único testigo era el borrachín andaluz.
                -¡A la orden, capitán! –dijo el soldado andaluz con el gracejo típico de los andaluces.
                -Entonces, ¿no bebiste vino durante el recorrido? –quiso asegurarse el capitán.
                -No, ni una gota. Tengo diarrea –se quejó el soldado-. Cago más líquido que agua tiene el Guadalquivir.
                Sonó una carcajada general. Todos rieron la gracia del andaluz.
                Don Diego ni siquiera sonrió.
                -¿Viste algún animal? –prosiguió con el interrogatorio.
                -Vi una enorme serpiente, pero creí que fue por el vino –dijo el soldado.
                -¿No acabas de decir que no has probado ni una sola gota? –preguntó contrariado Don Diego.
                -Así es –respondió temeroso el borrachín.
                -¿Y…?
                -Es que me estaba cagando y creo que he visto visiones…estoy muy débil –dijo con cara de lástima.
                Otra carcajada retumbó en el aire. Los soldados se lo estaban pasando burlescamente con las ocurrencias del andaluz.
                -¡Silencio! –ordenó el capitán-. ¡Iros a vuestras ocupaciones!
                Centeno empezó a creer en el andaluz y en las informaciones suministradas por el indio Huallpa. “Voy a tener que comunicárselo al cura Acosta” murmuró.
                Don Diego quedó convencido del extraño suceso. Contrapuso las opiniones de dos personas de diferente raza, cultura y continente. Llegando a la insólita conclusión de que ¡coincidían! El capitán tenía gran devoción por San Bartolomé. “Voy a pedirle al Padre Acosta una peregrinación a la quebrada” afirmó con decisión.
                El capitán Don Diego de Centeno, se trazó un plan: conocer aquella mentada Cueva del Diablo1 que tantos rumores estaba despertando en la Villa Imperial de Carlos V. Se reunió con el Padre Acosta, era imprescindible su opinión:
                -Cuando llegó Cristo al viejo continente, echamos al demonio y se refugió aquí, en las Indias –dijo el sacerdote-. Está reinando como dueño absoluto de Potosí, ¡por eso, hemos venido a desterrarlo!
                -Estoy con vuestra merced, Santo Padre –dijo el capitán-. Cuando disponga emprenderemos la marcha.
                Tras dos semanas de preparación para la partida, el destacamento esculpió una imagen del apóstol San Bartolomé y talló una cruz de madera. Un domingo de madrugada partieron rumbo a la Cueva del Diablo, guiados por el indio Huallpa. El plan fue dejar la imagen en una cueva más pequeña, cerca de la Cueva del Diablo. No se atrevieron a colocarla en la mismísima Cueva del Maligno; el indio Huallpa les metió miedo en el cuerpo a los expedicionarios. Además, días antes, los españoles pudieron comprobar que lo que contaba era cierto, pues un atardecer, un destacamento que se aproximó a la Cueva, experimentó que de improviso sus cabalgaduras se alborotaron y no pararon hasta tirar al suelo a los jinetes.
                El Padre Acosta, al ser informado del percance de la expedición, ordenó que la imagen de San Bartolomé se colocara mirando a la cueva del demonio. Nada más colocar la imagen de frente, salió éste, bramando y haciendo un espantoso ruido, estrellándose contra la roca.
                -¡Santo Cielo! –exclamó el sacerdote.
                Algunos se santiguaban mirando atónitos el impacto del Maligno. Varios se tapaban los oídos del feroz rugido, otros, se tapaban la nariz ante un nauseabundo olor a azufre. De pronto, se produjo un sepulcral silencio y la roca fue adquiriendo un color verdinegro.
                El sacerdote fue quien reaccionó primero, y pidió ayuda para coger el cuerpo maltrecho del inicuo que yacía boca abajo.
 -¡En nombre de Dios, metamos a esta criatura en la cueva! ¡Don Diego! ¡Ayudadme! ¡De prisa! ¡Que alguien sostenga la Señal! –clamaba el cura.
                Entre varios hombres cogieron de las patas al demoníaco ser y lo arrastraron hasta su cueva.
-¡De prisa! ¡Los que estáis enfrente, traed la Cruz y asegurad bien al Santo! –ordenó el capitán Centeno.
Y así lo hicieron.
                El cielo cambió de color, el viento dejo de soplar. Todo estaba en calma. La expedición contemplaba con asombro lo que estaba ocurriendo. Encerraron al siniestro, y colocaron la Cruz para evitar que huyera.
                Desde entonces, el Maligno, quedo recluido en la cueva. Nunca más sucedieron hechos extraños al atravesar la quebrada. Desparecieron los vientos huracanados, que muchas veces lanzaban contra las rocas a los transeúntes.
                Cada año peregrinan curiosos y fieles de San Bartolomé hasta el lugar donde un día, el Diablo quedó encerrado en su propia cueva.

1Cueva del Diablo, se encuentra enclavada en la quebrada de San Bartolomé, a 7 kms. de Potosí (Bolivia)

domingo, 14 de noviembre de 2010

EL VIVO AL BOLLO, EL MUERTO AL HOYO

Pero si está muerto…! ¿Es que va a continuar la fiesta?
-¡Por supuesto!- dijo el anciano presidente del Hogar de Pensionistas apenas sin inmutarse.
-No lo podemos dejar aquí en medio de la pista de baile- objetó el sorprendido podólogo al presidente.
-Acomódalo en el sillón de tu consulta…
En los Hogares de Pensionistas repartidos por toda la geografía española, acontecen situaciones de las más variadas y entretenidas. Con la vejez el corazón no mejora, se endurece. Y ésta es la historia que sucedió un caluroso domingo de julio.
Se celebraba un concurso de baile en el Centro de Jubilados, para ello se había engalanado el salón con banderitas con los colores de la Enseña Nacional; en todo el recinto aparecían el rojo y el amarillo, salteados con globos de varios tamaños, destacando los alargados en forma de una gigante salchicha, que de vez en cuando estallaban produciendo un sonoro estampido que hacían saltar de la silla a alguna asustadiza anciana, seguidas de unas risas desdentadas y convulsas de algunos de los ochentones presentes.
La burla y el ridículo de los presentes se hacían ostentosos si la exclamación era desproporcionada; y por ahí empezaban las discusiones, porque entre todas las injurias las que menos se perdonan son la burla y el ridículo.
El Presidente lo tenía todo dispuesto; el músico con sus sofisticados instrumentos empezó a ambientar la reunión. Se organizó la Mesa del Jurado, cuya responsabilidad recayó en el podólogo del Centro. “Maldita la gracia que me hace”, pensaba. Y tenía razón. Un domingo de julio a 40º grados y a las cinco de la tarde no daría ganas a ningún mortal, y más al podólogo quien tuvo que desplazarse de la playa para presidir dicho concurso a petición de la Junta Directiva del Centro.
El Presidente tras hacer la presentación del Jurado del Concurso y del músico e informar de las bases del mismo, ordenó el inicio de la competición. Empezaron a retumbar en el salón los compases de un pasodoble español, abuelos y abuelas, de un salto, como si estuviesen impulsados con un resorte en los glúteos, se pusieron en pie olvidándose de sus oxidadas rodillas y demás artrosis varias. Bailaban en parejas, siendo la mayoría ‘arrejuntados’, no porque no pudieran casarse como Dios manda, porque si lo hacían legalmente perderían la Pensión de Viudedad, y con los tiempos que corren y la escasa pensión, apenas daría para subsistir.
Aparte de las parejas heterosexuales, también participaban las formadas por mujeres, y no porque fueran ‘de la acera de enfrente’, si no porque no habían hombres suficientes para poder constituir la pareja de baile para concursar. En los Hogares de Pensionistas de España predominan las mujeres porque son más longevas que los hombres. La esperanza media de vida de los españoles supera los 80 años, sin embargo, las mujeres viven unos seis años más que los hombres.
Pero aconteció un hecho inesperado: a las cinco y diez, y tras los primeros compases del archiconocido pasodoble ‘España cañí’, se oyó un golpe seco: cayó fulminado al suelo uno de los concursantes. Su aspecto era esperpéntico; quedó boca arriba, la mirada hacia la Mesa del Jurado y una sonrisa como diciendo: ¡Va por ustedes!
Ante el imprevisto suceso, el podólogo -a la sazón presidente del Jurado- ordenó parar la música.
-Pobretico…murió como quería…-decían unos.
-Era su pasodoble preferido- aseguraban otros.
Conforme se acercaban algunos a curiosear, lanzaban exclamaciones de todo tipo:
-Es que le echó mucha enjundia…-decía uno mirándole a la cara sin expresión.
-Ya se lo decía yo- manifestaba otro de los más allegados- No te embeleses tanto con ese pasodoble que un día te va a dar algo.
Y así fue como sucedió.
Entretanto, mientras colocaban al desafortunado bailarín en la habitación del podólogo, éste se sorprendió al oír nuevamente repiquetear las castañuelas del pasodoble español.
“No puede ser, se debe tratar de un error” pensaba mientras intentaba acomodar al finado en el sillón podológico a ritmo de pasodoble. Llegó a pensar que el músico no se había enterado que aconteció un hecho luctuoso.
Apenas salió de la habitación tras intentar enderezar al difunto, -cosa que no pudo conseguir por la forma del sillón-, mas parecía un paciente sentado esperando los servicios profesionales del podólogo, se dirigió al presidente del Centro para pedir explicaciones porqué se había reiniciado la fiesta.
La respuesta del presidente no se hizo esperar:
-El muerto al hoyo, el vivo al bollo –dijo sonriendo mientras bailaba con una longeva de pelo largo de color morado.
-Pero habrá que llamar a Urgencias para que certifique su defunción- dijo el atribulado podólogo.
-Encárgate tú, la fiesta no se puede detener…
El podólogo no salía de su asombro ante las manifestaciones del presidente del Centro. ¿No se daba cuenta de que había un muerto en la habitación contigua víctima de un pasodoble? Por lo menos debería existir un mínimo de respeto ante un ser humano –ahora sin vida- que minutos antes estaba participando del jolgorio organizado por el propio Centro. El podólogo no daba crédito a lo que estaba viendo.
-Pero, ¿el concurso continúa? –preguntó más con miedo que con indecisión.
-¡Pues claro que continúa! Y toma buena nota de los participantes porque eres el Presidente del Jurado –le espetó el intemperante anciano.
El podólogo turbado por los acontecimientos, logró llamar a Urgencias y aguardó en la mesa del jurado a que viniese un médico para firmar el Certificado de Defunción. Entretanto, daba una ojeada a los concursantes, sin ver sus evoluciones danzarinas, más bien miraba sus rostros con el fin de encontrar algún atisbo de preocupación o tristeza por lo ocurrido.
Pero a nadie parecía importarle lo sucedido.
En un pequeño alto que hizo el músico para reparar unos cables que una de las ancianas se llevó por delante al dar un giro como un trompo y salir desorientada, el podólogo aprovechó para conversar con el presidente; quería una explicación más convincente de que no se hubiese detenido la fiesta.
-Verás, mi joven podólogo –dijo el presidente aspirando una bocanada de aire, para coger fuerzas tras el exhaustivo baile-. Todos los que estamos aquí, nos encontramos en la recta final de nuestras vidas; un año para ti es un día para nosotros. Probablemente, la próxima semana, algunos de los presentes esté criando malvas…
La conversación se vio interrumpida porque comenzó a sonar otro pasodoble; y una octogenaria cogió del brazo al directivo del Centro y a tirones lo llevó a la pista de baile, entre risas. El podólogo quedó pensativo, sabía que la virtud de envejecer es la virtud de conservar alguna esperanza. Y probablemente éste domingo caluroso era el de una esperanza de alguno de los concurrentes.
Al poco, llegó una ambulancia con una joven doctora; era obvio de que se trataba de una doctora sustituta. En verano, los Servicios de Urgencias por regla general son atendidos por médicos que han acabado la carrera recientemente. Los médicos veteranos, si pueden, se quitan de encima los meses de verano.
La doctora, nada más entrar, creyó estar en el lugar equivocado al apreciar la diversión del Centro. Ahí no podía hallarse un difunto. Se acercó al Conserje, éste la envió al Presidente del Centro, y éste a su vez, al podólogo.
-Soy la doctora de Urgencias…creo que me han dado mal la dirección- dijo algo confundida.
-Es aquí. Le han dado bien la dirección –dijo el podólogo intentando despejar su duda y dirigiéndola hacia la sala de curas.
-¿Y esta fiesta? –preguntó aún mas asombrada.
-Bueno…son mayores y el poco tiempo que les queda lo aprovechan –dijo el podólogo con una pizca de humor negro.
La incrédula doctora examinó y auscultó al difunto, confirmando su muerte y extendiendo el Certificado de Defunción.
Nada mas marcharse la doctora, apareció una Jueza, también joven, y probablemente de igual forma sustituta. Y de la misma manera que la doctora, se sorprendió de que hubiese una fiesta en el lugar funesto de los hechos. Los ojos como platos, extendió el Certificado del levantamiento del cadáver y se marchó por donde vino como alma que lleva el diablo.
A continuación de la Jueza, llegaron los operarios de la funeraria con el ataúd al hombro.
-¿Seguro que es aquí? –preguntó uno de los empleados secándose el sudor de la frente.
-No creo –dijo el otro-. Aquí hay mucha marcha.
Cuando se disponían a irse, el podólogo se dio cuenta que a ellos también la situación se les hacia inverosímil, y prestamente se acercó antes de que cargasen de vuelta con el pesado ataúd.
-Por aquí, por favor –dijo mostrándoles la puerta de la sala de curas.
-¡Joder con los viejos! Han perdido la vergüenza con tal de ligar…-comentó uno de ellos con cara de consternación.
Como pudieron, alzaron el cadáver del sillón y colocaron el tieso cuerpo dentro del ataúd. No pudieron extender una de las piernas debido a la rigidez, por lo que no cerraron el ataúd, posponiendo dicha acción para cuando llegasen a la funeraria.
La salida del finado del Centro de Jubilados fue épica. Los operarios apenas podían con el pesado ataúd con la caja destapada, pero sobre todo, lo más trabajoso era sortear a las parejas que estaban bailando. Unas veces frenaban bruscamente para no ser atropellados por una fogosa pareja de ancianos danzarines, y otras, aceleraban el paso al ver un claro para conseguir llegar a la salida.
En su último viaje del finado por la sala de baile, con el ataúd sin la tapa, dejaba ver la cara del difunto, que parecía que estaba echando un último vistazo con los ojos a media luz a los bailarines.
-Hasta dentro de un rato, Pepe –dijo un pensionista cuando pasó por su lado haciendo un paso de torero a ritmo del pasodoble que estaba bailando en ese momento.
Risas, muchas risas…saben que el próximo puede ser uno de ellos.
Escrito

viernes, 29 de octubre de 2010

¡Maldita Inquisición! Maldito Fray...

Fray Diego de Landa, subido en una gran piedra maya llena de jeroglíficos, se dirigió encolerizado a los españoles que había mandado citar:
-¡Oídme con atención! –dijo gritando-. A estos indios les hallamos gran número de libros con letras y figuras extrañas, que son supersticiones y falsedades del demonio, y se las hemos quemado.
Algunos de los colonizadores presentes apenas le hacían caso, estaban más preocupados en desmontar la selva para sembrar; y preferían que sus indios estuviesen trabajando en sus tierras quitando hierbas que oyendo la palabra de Dios.
Este hecho enfureció más al fraile Landa.
-¡Traedme a Pencuyut y a Tekit! –ordenó.
Y delante de todos, sacó una espada toledana y les arrancó una oreja a cada uno de los caciques mayas.
Francisco Montejo y Juan Pech, conquistadores veteranos, protestaron por el abuso.
-¡Se lo merecen! –exclamó Fray Landa-. Les he dado con su propia medicina, son sanguinarios.
Los conquistadores volvieron a desaprobar tal acción. Entonces Fray Landa decidió escarmentarlos ordenando cinco azotes a cada uno.
-Os estáis pasando- dijo uno de los colonos-. Me quejaré a la Corona.
El fray respondió quemando unos 5000 ídolos, multitud de manuscritos y variados objetos sagrados. También ordenó que les raparan la cabeza. Algunos indios se suicidaron porque no pudieron soportar la humillación de que les cortaran el pelo.
La queja tuvo repercusiones. Felipe II mandó traer a Fray Landa para que se defendiera. Su obstinada actitud por evangelizar hizo desaparecer documentos valiosos de la cultura maya. No obstante, algunos colonos españoles guardaron algunos libros, que hoy en día, han servido para descifrar los misterios mayas. Mientras Madrid era una polvorienta aldea, los mayas poseían majestuosos observatorios. Sus pirámides tenían 365 escalones, coincidiendo con los 365 días del año.
El calendario maya finaliza el 23 de diciembre de 2012. ¿Qué pasará?
¡Maldita inquisición y santos oficios!
Dicen que al final de sus días, Fray Landa se arrepintió y escribió la obra más importante sobre la cultura maya.
¡A buenas horas…!