domingo, 11 de diciembre de 2011

El “Tata” Belzu, un presidente cornudo

                -El “Tata” sigue enojado –dijo Cirilo a su mujer, mientras ésta desgranaba unas mazorcas de maíz.
La mujer se detuvo, miró a su marido y dijo:
-Hay que llamar al padrecito Juan.
Cirilo, tras guardar las botas relucientes del “Tata” Belzu, se puso el grueso poncho y se encaminó a la iglesia.
El padre Juan les tenía ordenado que cuando el presidente Isidoro Belzu despertara con un humor de perros, inmediatamente debían de llamarlo. Y así lo hacían. La última vez que el “Tata” Belzu amaneció irritado había mandado llamar a sus húsares para ir a la finca de los Ballivián. Era una obsesión enfermiza que tenía contra dicha familia.
Y tenía sus motivos. Isidoro Belzu nunca pudo olvidar la afrenta que le hizo el ex presidente Ballivián. Resulta que el susodicho era entonces presidente de Bolivia, se estaba aprovechando de la esposa del ‘“tata” Belzu; y para tener el campo despejado destinó a Belzu, coronel en esa época, a un puesto fronterizo con Perú. Pero un día, Belzu regresó a La Paz apresurado; le habían dicho que su madre estaba muy enferma, y lo que descubrió fue otro asunto que le marcó para toda la vida: sorprendió a su mujer y a Ballivián placiéndose en su propia alcoba.
La reacción del marido ofendido fue antológica:
-¡Cómo es posible que una mujer culta y refinada se entregue a devaneos eróticos! -  dijo, intentando utilizar un lenguaje culto, ya que su mujer, Doña Juana Manuela Gorriti era escritora, muy nombrada en los círculos de la alta sociedad paceña.
Y ésta, que era descarada por demás, le respondió hiriendo donde más le dolía al pobre "Tata” Belzu: en su ignorancia.
-Simplemente entreno con oficiales del alto rango cultural e intelectual –matizó burlonamente mientras se vestía con guasa.
Belzu no pudo controlarse. Sacó el sable y dio un golpe encima de la cama con tal fuerza que la hoja del arma blanca quebróse por la empuñadura. Gracias a tal hecho Ballivián salvó la vida. Salió presto en calzoncillos, montó como pudo en su caballo y llegó a Palacio como alma que lleva el diablo. Inmediatamente ordenó a su guardia que detuvieran al coronel Belzu, degradándolo a último recluta del regimiento.
El “Tata” juró venganza. Y al cabo de unos meses organizó una revuelta para echar a su odiado rival. Y lo consiguió, llegando a ser presidente en 1848. Durante su mandato se prometió a sí mismo que iba a lavar su imagen y dignificar su nombre, ya que en todos los círculos lo conocían como “el presidente cornudo”.
Juró y perjuró que iba a acabar con todo lo que estuviera relacionado con el apellido Ballivián. Durante los casi diez años de presidente, su odio se hizo enfermizo. De ahí que tuvieran que solicitar los servicios del padre Juan, su confesor, quien era el único que podía apaciguar los ánimos crueles hacia los Ballivián, quienes finalmente tuvieron que huir del país.
-¡Padrecito! ¡Padrecito!  –dijo Cirilo aporreando la gruesa puerta de la parroquia-. El “Tata” se está alistando para darles huasca a los Ballivián.
-Ya voy, ya voy –se oyó decir detrás de la puerta al padre Juan, con voz cansina.
©AntonioCapelRiera

*(Isidoro Belzu, Presidente de Bolivia 1848-1855)

domingo, 6 de noviembre de 2011

COLON, EL TAIMADO, NO FUE EL PRIMERO.

-¡Me ha engañado! ¡Es un sinvergüenza! –vociferaba en la vieja taberna cerca del palacio, Juan Rodríguez Bermejo.
                Los presentes oían con asombro las palabras malsonantes que hacía el famélico marino. No se explicaban de su atrevimiento cuando a escasa distancia se encontraba la guardia real de los reyes católicos esperando a Cristóbal Colón. Era un 15 de marzo de 1493, día de fiesta: Colón acababa de llegar del Nuevo Mundo, e iba a informar de su descubrimiento a los reyes.
                Uno de los presentes, sentado en una desvencijada silla, y que ya llevaba unas copas demás de vino tinto, se animó a preguntarle al desaliñado marino:
                -¿De quién habláis?
                -Del Almirante Colón –dijo en voz alta-. ¡Me debe 10.000 maravedíes!
                -Eso es mucho percal –dijo el borrachín. Y añadió: -¿Por qué os lo adeuda?
                El marino se colocó encima de una silla, alzó un brazo y exclamó vociferando:
                -¡Tierra! ¡Tierra! –y dirigiéndose al curioso dijo: -Yo, Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, sevillano de pura cepa, he sido el primero en ver tierra.
                En un santiamén se vio rodeado de curiosos, algunos eran miembros de la guardia real. Pero Rodrigo de Triana no se amilanó. Al contrario, se enardeció, se sentía estafado. Insistía en que Colón lo había engañado, no había cumplido lo prometido en premiar con los 10.000 maravedíes al primero que viera tierra.
                Y era verdad.
                Cristóbal Colón no entregó la recompensa al marinero Rodrigo de Triana, además mintió. Dijo que él había sido el primero en divisar tierra americana. Y no era cierto porque Colón iba en la carabela ‘La Niña’, por detrás de ‘La Pinta’. 
                Ante el revuelo que se montó en la taberna, la guardia real se dispuso a arrestar al enfadado Rodrigo de Triana para llevarlo al calabozo, pero afortunadamente para el marino, pasaba la Comitiva en la que se encontraba fray Bartolomé de la Casas, y éste, conocedor de los hechos de primera mano, interpeló por el hambriento marino.
                -Este hombre dice la verdad –dijo fray Bartolomé-. El Almirante Colón iba detrás y difícilmente pudo avistar tierra antes que Rodrigo.
                Y soltaron al pobre Rodrigo, quien decepcionado se fue al norte de África con una mano delante y otra detrás, terminando sus días convertido al Islam.
               
               




domingo, 30 de octubre de 2011

Santos Inocentes y la Zorra

La joven doctora Paula G. M. se lamentaba de su descubrimiento. Maldecía a cada instante la hora en que se le ocurrió realizar la investigación. Es cierto que todo surgió cuando la destinaron al Servicio de Análisis Clínicos durante su formación como Médico Residente.
                La doctora susurraba con un estremecimiento de disgusto:
                -Maldita la hora en que hice el estudio de ADN.
                Entre algunos residentes y médicos adjuntos, comentaban con cierta jocosidad, las sorpresas que se obtenían de los tests de paternidad ordenados por el juez de turno. Las estadísticas reflejan que el 30% de los tests de paternidad que se realizan resultan negativos, es decir, que 3 de cada 10 españolitos el progenitor puede ser el mejor amigo, el fontanero o el de la bombona de gas.
                Todo empezó nada más aterrizar en el Servicio de Análisis Clínicos del Hospital. Reunió a la familia y les dijo que las primeras prácticas de extracción de sangre se hacen con la familia, tal como se lo había dicho su tutor. Paula es la mayor de cuatro hermanos, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, obtuvo muestras de sangre del padre, madre y los tres hermanos.
                La sorpresa apareció en los resultados de los dos hermanos menores. ¡No eran hijos de su padre! ¿Cómo su madre había podido hacerle tamaña ignominia a su padre que tanto idolatraba? Para Paula su padre era su dios, lo veneraba hasta la exageración. Y no era para menos. Era un gran padre, siempre preocupado por los cuatro hijos para que nada les faltara; hasta se podía decir que era más mimoso con los hijos menores, con los que no les unía lazos de sangre.
                -¡Dios mío! –se lamentaba amargamente Paula-. ¿Debo decirles a mis hermanos que mi padre no es su padre? ¿Tienen derecho a conocer a su verdadero padre?
                Pero lo que más le atormentaba era ver a su madre. Siempre tan pendiente de su padre, de los hijos, la casa, de la ropa…pero la prueba del ADN la desenmascaró.  “Es una zorra”, decía la doctora en momentos de ofuscación mental cuando la rabia la cegaba.
                Sin embargo, su padre y sus hermanos la adoraban, incluso hasta la propia doctora antes de conocer la infame noticia. No sabía a quién acudir, ¿a algún abogado, psiquiatra…? Ella era consciente de que en sus manos estaba la puerta del infierno o la del paraíso. ¿Qué culpa tenían sus hermanos menores? ¿Cómo actuaría su padre si conociese la cruda realidad?
                -Santos inocentes, santos inocentes- repetía la joven doctora ante una botella de vodka en su apartamento, con la mente puesta en su padre y sus dos hermanos.
                ©Antonio Capel Riera

domingo, 2 de octubre de 2011

El Cagafuego

Los ingleses temblaban nada más oír el nombre del Cagafuego. Hasta al mismísimo Francis Drake le entraba una cagalera hasta llegar casi a la deshidratación. Y no era para menos. El Cagafuego era un buque español muy temido por la gran cantidad de cañones que llevaba a bordo, y cuando eran disparados parecía el infierno. Había sido preparado para proteger las riquezas que llegaban a España del Nuevo Mundo: lingotes de plata, monedas de oro, joyas y piedras preciosas. Draque, en unas de sus acciones piratas, llegó a hacerse con un botín de 400.000 pesos de la época, unos 18 millones de euros de ahora.
-¡El cagafuego! –gritó un corsario inglés desde el mástil.
-Hoy no toca –dijo Francis Drake, ordenando al timonel que desviara el rumbo de la nave, mientras se acicalaba su bien cuidada barba.
La realidad es que Sir Francis Drake palidecía al oír nombrar del Cagafuego, sin embargo, le tenía muchas ganas de hincarle el diente. Sobre todo por su orgullo anglosajón. Draque no era un simple pirata, ni un bucanero, ni un filibustero. Era un corsario, es decir, el aristócrata de los piratas. Actuaba bajo el amparo de la corona de Inglaterra. Tenía patente de corso expedida por la reina, vestía ropas finas, no llevaba un parche en el ojo, era exageradamente aseado. Había hecho colocar espejos en el barco por los lugares que él frecuentaba; a cada momento se detenía para peinar su cuidada barba. Era un presumido pero tan delincuente como cualquier filibustero. Era el dandi de los piratas. Un chulo.
Sus abordajes los hacía en el Caribe a barcos españoles, cargados de riquezas. Era un delincuente para la corona española; sin embargo, un héroe para la inglesa. Era un buen marino, pero no mejor que los españoles.
-Allí está el ‘copión’ –decían los marinos españoles cuando lo divisaban.
Se granjeó el mote de ‘copión’ porque imitó a Magallanes en pasar por el estrecho de Magallanes; luego fue el primer inglés en completar la vuelta al mundo, después de Juan Sebastián el Cano.
Francis Drake saqueó a los españoles todo lo que pudo; era lo único que lograba hacer. Sin embargo, como vicealmirante de la Marina Británica no venció en nada a los españoles. El triunfo que se le atribuye de derrotar a la Armada Invencible, no fue él, fueron los elementos. De ahí su cabreo con los españoles. Como ladrón, un campeón; como marino, un desatino.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Lo siento, Paul Newman, pero Butch Cassidy no está enterrado en Bolivia



La imagen, sacada en 1900 en Fort Worth (Tejas), retrata al bandido Butch Cassidy (sentado, a la derecha) y su banda. También sentado, pero a la izquierda, aparece su compañero Sundance Kid.- AP/NEVADA HISTORICAL SOCIETY


-¿Y usted está seguro de que no es Butch Cassidy? –preguntó el periodista al indígena, mirando la fosa. Todo el mundo creía enterrado en Bolivia al pistolero ladrón de bancos.

El viejo y desdentado autóctono de piel cobriza, intentaba mirar con el único ojo que le quedaba.
-Seguro, señor periodista –contestó, apoyándose en la vieja pala, y abrigándose con el raído poncho.
Mr. Smith volvió a mirar la oscura fosa. Intentaba descubrir alguna pista que le condujera al legendario atracador de bancos americano. Y no encontró nada convincente. Había algunos jirones de tela, que más bien parecían restos de poncho, como los que llevaba el indígena Huanca.
El americano del Washington Post se volvió al indígena:
-Dígame, ¿por qué está tan seguro de que no es?-inquirió al pobre viejo.
-Porque mi padre enterró a otro –dijo mirando a la mano del estadounidense. Sabía que por cada palabra que soltara podía sacarle un dólar. No era tonto Huanca, aunque lo parecía.
-¿Y por qué lo hizo?
-Por plata, mucha platita –respondió al instante Huanca, moviendo el índice y el pulgar.
El periodista sacó una grabadora y le dio al botón de rec.
-Si usted me cuenta todo lo que sabe le daré platita-dijo entregándole un billete de 100 dólares.
Al indígena le brilló con codicia el único ojo.
-Fue muy sencillo. Les balearon los soldados, era de noche. Y después del tiroteo se hizo silencio, y mandaron a mi padre a enterrarlos a los dos -dijo extendiendo la mano para recoger otro billete-. Pero uno no estaba muerto, el otro sí.
Y así sucedió.
El padre de Huanca era el sepulturero, y al acercarse comprobó que uno de los forajidos estaba herido pero se hacía el muerto. Era Cassidy, el maestro del timo y de la improvisación. En una de sus manos tenía un fajo de billetes. Y al acercarse el sepulturero, le dijo: “Te daré otro fajo si me sacas de aquí”.
El sepulturero gritó a los soldados en la oscura noche: “Me los llevo al cementerio. Están agujerados por los cuatro costados”
Durante la noche, el padre de Huanca sólo enterró al compinche, al vivo le ayudó a curar sus heridas y lo ocultó en una casita en el valle. Una joven indígena le llevaba agua y comida, con la que terminó amancebándose. Al poco de estar repuesto, la indígena y él se marcharon a los valles tropicales cambiándose el nombre. Se hizo llamar James Blackthron. Construyó un enorme rancho en una extensión de más de cinco mil hectáreas; llegó a poseer más de 500 cabezas de ganado y 30 caballos de silla, además de gallinas y algunas ovejas. Trabajaban cinco peones en las labores del rancho; y para el cuidado de la casa tenía a más de diez mujeres. Dicen que con cada una de ellas tuvo un hijo.
Un buen día decidió regresar a los Estados Unidos para dar una sorpresa a su familia. Los hermanos y su anciano padre tenían la costumbre de reunirse el Día de Acción de Gracias, y, de pronto, apareció Butch Cassidy, de punta en blanco con su sombrero de bombín que tanto le gustaba.
Desde entonces, no regresó a Bolivia.
El periodista, pensativo, empezó a creer la conjetura de que Butch Cassidy jamás estuvo enterrado en Bolivia. Butch Cassidy murió en un hospital de los Estados Unidos en el año 1937. Sus posesiones en Bolivia las administran sus hijos y nietos, y hasta el día de hoy cuentan con numerosas cabezas de ganado y un sinnúmero de nietos.

viernes, 24 de junio de 2011

Y llovió polvo fuliginoso

Lorca padecía. La ciudad estaba envuelta en el crepúsculo del atardecer. El polvo rojizo caía lentamente, se hacía más visible alrededor de las farolas encendidas, extendiéndose en fina capa sobre los coches, aceras, tejados…
Un fibroso hombre también estaba polvoriento. Sentado en el tractor, encorvado, casi tocando el volante con la cara, permanecía inmóvil. Se podría decir que ni el desprendimiento de algún escombro que le cayese encima le sacaría de su quietud.
Su tractor estaba también cubierto por el polvo cobrizo, con el motor ronroneando. Era el único ruido que se oía en la desolada plaza. El hombre estaba sumido en profundas reflexiones. La vibración del motor lo tenía adormecido, era mejor así.
Tras un rato de permanecer inmóvil con la cara pegada al volante, el tractorista se levantó y miró al lugar donde antes había una casa. Su casa. Su casa ya no existía. Trataba de ver a la distancia, pero el fino polvo encarnado no se lo permitía. Quería buscar algún atisbo de vida. No había señales que hubiese vida hasta donde su vista alcanzaba. No podía comprender qué había sucedido. ¿Dónde estaba la gente?
Las sombras iban cubriendo la pequeña plaza. El ronroneo del motor continuaba. El tractorista no encontraba explicación alguna. La luz de la farola de la esquina donde un día estuvo su casa se iba haciendo más intensa, el polvo la abrazaba.
-¡Quítese de ahí! – dijo una voz invisible.
El tractorista intentó localizar de dónde provenía la voz. No se movió, tan sólo dio un acelerón al motor.
-¡Lárguese de ahí! –dijo otro. Esta vez el tractorista localizó al gritón. Era un militar.
-¿Dónde está mi casa? – preguntó con un susurro.
-¿No te has enterado que hubo un terremoto?
Llegaron más militares, se asombraron de verlo con el motor del tractor en marcha. No entendían cómo había llegado hasta ahí, y tampoco porqué no se había alejado del lugar. Era el único que estaba por las inmediaciones.
-¡Vaya un palurdo! –dijo un militar-. ¡Mueve el tractor!
Siguieron oyéndose improperios y juramentos de los militares. El tractorista parecía aturdido, desorientado y miraba hacia alrededor como si acabara de despertar de una pesadilla.
-¡Atontado! ¡Quita el tractor de una vez! –dijo con tono amenazante un militar-. Esto es una evacuación, vete al campamento ¡espabila!
Un soldado hizo amago de subir al tractor, y de pronto, el motor rugió y el tractor dio un brinco, como un potro salvaje. Los militares se echaron hacia atrás, asustados.
-¡Imbécil! ¿Estás loco? –dijo uno que parecía ser el jefe del grupo.
-¡No estoy loco! ¡De aquí no me mueve nadie! –dijo el tractorista en tono amenazante, dando acelerones.
Afortunadamente, en ese instante llegó un funcionario del Ayuntamiento que conocía al indómito tractorista. Se acercó, y al verle, éste cambió el rictus de enfado que había en su rostro. “De aquí solo me sacan con los pies por delante”, dijo contundentemente al funcionario.
El funcionario lo entendió perfectamente. Se dirigió a los militares, y volviéndose al que hacía de Jefe, le explicó el caso del iracundo tractorista. Los militares depusieron su actitud rígida y severa, dejando sólo al hombre del tractor.
Resulta que el rudo labrador del tractor, acababa de sufrir dos pérdidas irreparables: su hija y su mujer. Fallecieron en trágico accidente. No tenía más familia en su dura y humilde vida que las dos mujeres, a las que adoraba hasta la sublimación.
Sólo quería encontrar dos fotos: la de su boda, y la de la Primera Comunión de su hijita. Y juró que no se movería hasta encontrar los únicos recuerdos que le habían quedado. Por eso trajo el tractor; estaba dispuesto a remover hasta el último escombro de lo que había quedado de su humilde morada.

domingo, 3 de abril de 2011

Pedrito, el asistente del coronel


El coronel Antonio Martínez, que se encuentra destinado en el Cuartel General de Melilla, está sentado en su cómodo sillón de cuero, sumido en un dulce sopor después de una opípara comida de despedida.
Está finalizando la primavera. El sol africano lanza sus rayos anunciando que el verano está a la vuelta de la esquina; los vientos del estrecho apaciguan los primeros calores. ¡Bienvenido, verano!
Esta transformación de primavera a verano tiene una belleza extraña, llena de colores y olores; pero el coronel Martínez, aunque buen militar y amante de maniobras al aire libre, en esta ocasión pasa de su atractiva perspectiva. Tiene sus pensamientos en el limbo, sabe que al día siguiente tiene que mudarse a la península.
El escritorio, las estanterías, el suelo, todo está cubierto de paquetes, de cuadros, de trofeos, y de todos los recuerdos. Se han quitado los banderines de los regimientos en los que ha estado destinado. Al día siguiente, ¡con todo el dolor de su corazón!, sus nueve hijos y su mujer se trasladarán a su nuevo puesto en la península.
La mujer del coronel no está en casa. Ha salido con el asistente en busca de sourvenirs para los parientes de la ciudad.
Su hija Maruchi, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha llamado al teniente Carrasco. Mañana se separan y quiere encerrarse unos minutos en el cuarto de baño del Pabellón de Oficiales, situado a escasos metros del domicilio del coronel. A los pocos minutos llega. La joven habla y jadea casi al mismo tiempo; pero se cimbrea más que profiere palabra inteligible. Mira con admiración la bien cuidada barba del oficial, aspira el intenso olor a Old Spice y acaricia su hidratado cutis. Ninguna de las mujeres que Maruchi conoce tiene la cara tan bien mimada. Si hubiese un concurso de cutis, sin duda que el joven teniente ganaría.
“¿Y Pedrito?”, pregunta el teniente. “¡Qué Pedrito! ¡Acaríciame y muévete!", responde la hija del coronel.
El coronel Martínez sigue ensimismado, bosteza. De pronto da un golpe en la mesa a modo de haber tomado una decisión irrefutable. “Pedrito se viene a la península”, dijo por lo bajini.
Pero, ¿Quién es Pedrito?
Pedrito es el asistente del coronel. Es el que lleva los niños al colegio, los recoge, lo baña. Hace la compra con la señora del coronel, ayuda en la cocina, pone la lavadora… ¡Pedrito es un sol! Pero hay un detalle: Pedrito es maricón.
El coronel manda llamar a Pedrito.
-¿Quieres venirte con nosotros a Madrid? –pregunta el coronel.
-Por supuesto que sí, mi coronel.
-Te daré un pase especial.
El coronel, después de despedir a Pedrito, se queda analizando la decisión tomada. “Este maricón es el que lleva la casa”. Y tiene razón: gobierna a los nueve hijos e inclusive a la mujer. Precisamente hoy está con la mujer mirando trapitos en los bazares más emblemáticos de Melilla.
-Mañana nos vamos- dice Maruchi, sudorosa y satisfecha.
-Ya lo sé –responde el teniente.
-¿Me echarás de menos?
-Claro que sí –dice dándole una palmada en la prieta nalga, y añade: -¡Menos mal que Pedrito me cocinará! Tiene buena mano para la cocina.
-Pedrito viene con nosotros –dice Maruchi.
-¿Cómo? -pregunta sorprendido -¿Pedrito se va con vosotros?
-Sí; papá así lo ha dispuesto.
La cara del teniente se traspuso. Se vistió de prisa.
-¿Adónde vas?
-A ver a tu padre.
-Mi coronel, solicito ir a Madrid con usted –dice el teniente Carrasco en posición de firmes.
El coronel lo mira, luego dirige su vista por los ventanales hacia el estrecho, fijando la mirada en el Peñón de Gibraltar.
-¿Ves la roca?... Cuando los ingleses nos la devuelvan vendrás conmigo.
-No entiendo, mi coronel –responde algo turbado el depilado oficial.
-¡En mi casa con un maricón basta!

domingo, 23 de enero de 2011

Paracaidistas, Pilotos y Héroes Anónimos...



Paracaidistas, Pilotos y Héroes Anónimos...


Conmemoración del Primer salto en Paracaídas.


Este es legendario Junker alemán, de cual bajábamos sordos una semana...

El Aviocar es otra cosa... fabricación española.


Vuelo en formación para lanzar paracaidistas...

Lanzamiento a 1.000 metros...



Acto de la conmemoración...


General Moreno, Jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire. Lo conocí de teniente y compartimos Escuadrón.

Coronel Esteban y Coronel Martínez... Participamos como miembros en la Patrulla Acrobática.

Preparación del desfile...

Comentando anécdotas vividas...

Héroes de Afganistán...

Tte. Coronel Royo, jefe de la Patrulla Acrobática de Paracaidistas.

Los Generales más veteranos. El que está a lado del Coronel Martínez tiene 93 años.

COLOFON: Un alto porcentaje del absentismo laboral del paracaidista son las frecuentes metatarsalgias, complicándose con agudas sesamoiditis.

domingo, 16 de enero de 2011

"Que seas feliz..."

Después de trabajar casi diez horas planchando sábanas y fundas en la lavandería del Hospital, María volvía con rapidez a su casa. Tenía que preparar la comida antes de que su novio retornara de la Facultad de Medicina, para después de comer, ir a fregar las escaleras de un edificio en el centro de la ciudad. Su preocupación era no perder el autobús; si no lo alcanzaba debía hacer el trayecto a pie desde la huerta, y no le daba gusto pasar cerca de una obra, los albañiles le lanzaban piropos subidos de tono.
María estaba en la edad más tentadora para los hombres duros del ladrillo - veintiún hermosos abriles - y los patanes, que la conocían, estaban convencidos que caería rendida a los brazos de alguno de ellos. La tenían controlada, sabían a la hora que iba al hospital y cuando regresaba. Los piropos cada vez eran de mayor calibre. Pero María no quería esa vida de ignorancia y de duro trabajo. Fue una buena alumna en el colegio, pero por imperativos de la vida, tuvo que abandonar la escuela y ponerse a trabajar con catorce años. Comenzó cuidando niños, los últimos que atendió eran hijos de un médico. El médico, como agradecimiento por sus servicios, le informó que se había iniciado la convocatoria para cubrir las plazas de auxiliares en el Hospital. María presentó su solicitud y al poco tiempo la llamaron.
Cerca de su casa vivía José Luis, un antiguo compañero de colegio, también de clase humilde. Siempre se habían llevado bien, ambos eran los mejores alumnos de la escuela. El muchacho tuvo la suerte de poder continuar en el colegio hasta llegar a ingresar a la Universidad. Decidió estudiar medicina. Nunca dejaron de verse, se hicieron novios y prácticamente José Luis estaba todo el día en casa de María. Decía que estaba más tranquilo para estudiar, y a María le gustaba que estuviese con ella. Le ayudaba a mitigar su soledad, se había quedado huérfana. Su madre había muerto al poco de empezar a trabajar en el hospital. De su padre ni se acordaba, falleció al caerse de un andamio cuando ella aún era niña.
-Hola cariño –dijo María con ternura-. Enseguida pongo la mesa.
María preparaba la comida por la noche, de manera que al mediodía sólo tenía que calentarla al fuego. Terminaba agotada, pero no le importaba.
-Gracias, amor –dijo él, dándole un beso, dirigiéndose al sofá con unos apuntes en la mano.
-¿Has tenido prácticas? –preguntó María mientras ponía los cubiertos.
-Sí, estamos auscultando corazones –dijo señalándose el pecho, y añadió leyendo los apuntes: -Con cada latido, el corazón envía sangre a todo nuestro cuerpo; cada día 7.571 litros de sangre viajan a través de aproximadamente 96.560 kilómetros de vasos sanguíneos…
María lo oía divertida. Sabía que después de comer le iba a pedir que le leyera los apuntes mientras él dormitaba en el sofá. Se había convertido en una costumbre. Él decía que así le entraban mejor las lecciones, y la extenuada María repetía una y otra vez las aurículas y ventrículos del corazón hasta sabérselos mejor que él.
Y era cierto.
María a fuerza de repasar e insistir con los temas una y otra vez, consiguió sabérselos mejor que el propio José Luis. “¡Si no fuera por ti…!” le decía él, abrazándola y reconociendo que sin su ayuda no sería nadie…
Un día, después de venir de la Facultad, su novio le dio una buena noticia:
-Cariño –dijo con alegría-. A mi grupo le ha tocado hacer prácticas en tu hospital.
Ambos se abrazaron con alborozo. Después de muchos años iban a poder verse varias veces al día. José Luis buscaría cualquier pretexto para acercarse a la sección de lavandería para cambiarse de bata, además, en el tiempo del café podrían coincidir en la cafetería.
Al principio todo fue bien. A José Luis tan sólo le faltaban unos meses para acabar la carrera. Pero, últimamente, el futuro doctor dejó de frecuentar las visitas a la lavandería. María lo atribuyó al intenso trabajo de fin de carrera. Su novio había ganado prestigio como buen estudiante, los que le conocían le auguraban un porvenir cargado de éxitos. Muchas noches se quedaba sola, mirando el viejo reloj de cucú colocado en la pared del comedor, se acercaba a la ventana esperando, y tan sólo veía las pálidas estrellas hasta quedar rendida en el descolorido sofá.
“Cariño, despierta” le decía susurrando. Le daba pena encontrarla acurrucada en el sofá, esperándolo.
Un día, una compañera de María, al verla sola a la hora del café, le preguntó con animosidad:
-¿Hoy no viene tu doctorcito?
María no contestó. Comprendió la intención de la pregunta.
Sus veintiún años comenzaron a marchitarse, se quedaba sentada en una silla esperando, empezó a perder kilos y a ponerse pálida. Una mañana despertó vomitando, estaba embarazada. Él no se enteró, estaba de guardia.
Últimamente habían visto al joven doctor acompañado de una joven doctora. Ambos estaban en el mismo grupo, y la continua presencia de los dos ya resultaba familiar en el Hospital.
“Bueno…esta semana se gradúa y aguantaré para decírselo” pensaba María. No quería distraerlo, había sido un final de curso duro, y José Luis postulaba para obtener una plaza directa por su brillante expediente académico.
José Luis se graduó con honores. María estaba sin verlo dos días debido a las guardias, papeleos, y demás gestiones burocráticas.
Al tercer día, al llegar cansada y rendida a casa, María se encontró una rosa con una tarjeta encima de la mesa. Su corazón empezó a palpitar de alegría y felicidad. “Mi tesoro ya es médico, se acabaron las penurias” canturreaba. Planificó contarle la buena nueva ese mismo día, estaba embarazada de un mes.
Sin embargo, al abrir el sobre, un estremecimiento le atravesó el pecho, como una premonición. Sus ojos turbados, leyeron la tarjeta:
“Gracias por todo. Sin ti no lo hubiera conseguido. Me he enamorado de una compañera y estamos esperando un hijo. Que seas feliz. Un beso”.