domingo, 30 de octubre de 2011

Santos Inocentes y la Zorra

La joven doctora Paula G. M. se lamentaba de su descubrimiento. Maldecía a cada instante la hora en que se le ocurrió realizar la investigación. Es cierto que todo surgió cuando la destinaron al Servicio de Análisis Clínicos durante su formación como Médico Residente.
                La doctora susurraba con un estremecimiento de disgusto:
                -Maldita la hora en que hice el estudio de ADN.
                Entre algunos residentes y médicos adjuntos, comentaban con cierta jocosidad, las sorpresas que se obtenían de los tests de paternidad ordenados por el juez de turno. Las estadísticas reflejan que el 30% de los tests de paternidad que se realizan resultan negativos, es decir, que 3 de cada 10 españolitos el progenitor puede ser el mejor amigo, el fontanero o el de la bombona de gas.
                Todo empezó nada más aterrizar en el Servicio de Análisis Clínicos del Hospital. Reunió a la familia y les dijo que las primeras prácticas de extracción de sangre se hacen con la familia, tal como se lo había dicho su tutor. Paula es la mayor de cuatro hermanos, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, obtuvo muestras de sangre del padre, madre y los tres hermanos.
                La sorpresa apareció en los resultados de los dos hermanos menores. ¡No eran hijos de su padre! ¿Cómo su madre había podido hacerle tamaña ignominia a su padre que tanto idolatraba? Para Paula su padre era su dios, lo veneraba hasta la exageración. Y no era para menos. Era un gran padre, siempre preocupado por los cuatro hijos para que nada les faltara; hasta se podía decir que era más mimoso con los hijos menores, con los que no les unía lazos de sangre.
                -¡Dios mío! –se lamentaba amargamente Paula-. ¿Debo decirles a mis hermanos que mi padre no es su padre? ¿Tienen derecho a conocer a su verdadero padre?
                Pero lo que más le atormentaba era ver a su madre. Siempre tan pendiente de su padre, de los hijos, la casa, de la ropa…pero la prueba del ADN la desenmascaró.  “Es una zorra”, decía la doctora en momentos de ofuscación mental cuando la rabia la cegaba.
                Sin embargo, su padre y sus hermanos la adoraban, incluso hasta la propia doctora antes de conocer la infame noticia. No sabía a quién acudir, ¿a algún abogado, psiquiatra…? Ella era consciente de que en sus manos estaba la puerta del infierno o la del paraíso. ¿Qué culpa tenían sus hermanos menores? ¿Cómo actuaría su padre si conociese la cruda realidad?
                -Santos inocentes, santos inocentes- repetía la joven doctora ante una botella de vodka en su apartamento, con la mente puesta en su padre y sus dos hermanos.
                ©Antonio Capel Riera

domingo, 2 de octubre de 2011

El Cagafuego

Los ingleses temblaban nada más oír el nombre del Cagafuego. Hasta al mismísimo Francis Drake le entraba una cagalera hasta llegar casi a la deshidratación. Y no era para menos. El Cagafuego era un buque español muy temido por la gran cantidad de cañones que llevaba a bordo, y cuando eran disparados parecía el infierno. Había sido preparado para proteger las riquezas que llegaban a España del Nuevo Mundo: lingotes de plata, monedas de oro, joyas y piedras preciosas. Draque, en unas de sus acciones piratas, llegó a hacerse con un botín de 400.000 pesos de la época, unos 18 millones de euros de ahora.
-¡El cagafuego! –gritó un corsario inglés desde el mástil.
-Hoy no toca –dijo Francis Drake, ordenando al timonel que desviara el rumbo de la nave, mientras se acicalaba su bien cuidada barba.
La realidad es que Sir Francis Drake palidecía al oír nombrar del Cagafuego, sin embargo, le tenía muchas ganas de hincarle el diente. Sobre todo por su orgullo anglosajón. Draque no era un simple pirata, ni un bucanero, ni un filibustero. Era un corsario, es decir, el aristócrata de los piratas. Actuaba bajo el amparo de la corona de Inglaterra. Tenía patente de corso expedida por la reina, vestía ropas finas, no llevaba un parche en el ojo, era exageradamente aseado. Había hecho colocar espejos en el barco por los lugares que él frecuentaba; a cada momento se detenía para peinar su cuidada barba. Era un presumido pero tan delincuente como cualquier filibustero. Era el dandi de los piratas. Un chulo.
Sus abordajes los hacía en el Caribe a barcos españoles, cargados de riquezas. Era un delincuente para la corona española; sin embargo, un héroe para la inglesa. Era un buen marino, pero no mejor que los españoles.
-Allí está el ‘copión’ –decían los marinos españoles cuando lo divisaban.
Se granjeó el mote de ‘copión’ porque imitó a Magallanes en pasar por el estrecho de Magallanes; luego fue el primer inglés en completar la vuelta al mundo, después de Juan Sebastián el Cano.
Francis Drake saqueó a los españoles todo lo que pudo; era lo único que lograba hacer. Sin embargo, como vicealmirante de la Marina Británica no venció en nada a los españoles. El triunfo que se le atribuye de derrotar a la Armada Invencible, no fue él, fueron los elementos. De ahí su cabreo con los españoles. Como ladrón, un campeón; como marino, un desatino.