jueves, 20 de junio de 2013

UN TUCÁN EN SANTIAGO

Santiago amaneció excitada y alterada. Los vecinos no hacían más que hablar del acontecimiento. En las clases, profesores y alumnos comentaban el suceso: había llegado un tucán a Santiago. Jamás habíamos visto uno de cerca…ni de lejos. El ‘Ramphastidae’ –nombre científico del tucán- fue un gran hecho histórico para el pueblo. Por poco Don George y Doña Helen declaran feriado para ir a observar al pajarraco de pico grande y multicolor.
La verdad es que era hermoso. Su gran pico de colores brillantes muy llamativos, hacía fácil seguirlo por el pueblo. Su itinerario era definido; de la iglesia evangélica al comedor, del comedor a la plaza para posarse en las ramas de un totaí; del totaí a casa de mis padres, donde mi querida madre le daba un plátano entero pelado cerca de un papayero, antes de ir al Colegio.
Cecilio decía que el tucán era evangélico, porque jamás se había dirigido hacia el sector de la iglesia católica, y nunca se había posado en las enormes campanas. Y yo me lo creí, e iba pregonando por todo el pueblo que el tucán era evangélico; hasta que el italiano del boliche se enteró y se lo dijo a mi padre.
¡Ya se lo pueden imaginar! Aún me duele el tirón de patillas cuando lo recuerdo. ¿De dónde se habría sacado Cecilio semejante idea?
Lo cierto es que el tucán se convirtió en un divertimento del pueblo. Pero no todas las historias terminan bien.
Un día encontraron al tucán muerto cerca del riachuelo; se rumoreaba que unos niños de la Escuela Fiscal lo habían apedreado. Dicen que lo hicieron porque la preciosa ave multicolor jamás se acercaba a sus dominios.
¿Será verdad que el tucán era evangélico como decía Cecilio?

miércoles, 19 de junio de 2013

PETOS Y CEPES

Un día, caminando por nuestro sendero preferido, sinuoso y rodeado de floresta, donde las cigarras cantaban y los pájaros piaban alegremente, y donde el arroyo de aguas claras y cristalinas nos invitaba a darnos un chapuzón, Cecilio y yo descubrimos un panal de ‘petos’ que colgaba de una rama. Con una simple mirada, ya sabíamos lo que queríamos hacer: derribar la colmena para succionar su dulce miel.
 Pero no estábamos muy seguros de cómo podíamos hacerlo, además, habían algunas avispas enormes volando cerca de la colmena dejando ver sus enormes aguijones. Pero ese detalle no nos amedrentó. Cogimos un palo cerca del arroyo y unas piedras, y las lanzamos con todas nuestras fuerzas contra la colmena.
¡Santo cielo!


La colmena cayó desparramándose, dejando ver unos hilillos de miel, pero también surgió un furibundo enjambre de ‘petos’ que empezaron a perseguirnos enloquecidos. No tuvimos otra escapatoria que sumergirnos en el arroyo y, de vez en cuando, sacar la cabeza para poder respirar.
Recuperados del susto, tuvimos que despojarnos de la ropa y colgarla en la rama de un árbol para conseguir que se secara ; no podíamos llegar a casa con la ropa empapada. Sinónimo de castigo.
                Transcurrió un poco de tiempo y cuando quisimos vestirnos, resulta que nuestras camisas y pantalones se habían llenado de ‘cepeculones’. Frenéticamente comenzamos a sacudir nuestras ropas. Una vez desalojados los intrusos, comprobamos que habían cortado el hilo que sujeta los botones. ¡Nos dejaron sin botones! Como pudimos, los cosimos con finos bejucos. Teníamos que borrar cualquier prueba que nos delatara, y Cecilio y yo, éramos unos artistas inspirados más por el miedo a ser castigados que por el propio arte.
Recobrados del contratiempo, volvimos al panal; había que terminar el trabajo empezado. No llevábamos más de cinco minutos intentando libar la apetitosa miel, cuando apareció un mozalbete mayor que nosotros. Era otro alumno externo.
-¡Elay puej…! ¡Qué están haciendo…! –nos preguntó amenazadoramente.
Cecilio y yo nos miramos. Nuestros mayores siempre tenían nuestro respeto, aunque solo tuviesen dos o tres años más que nosotros.
-Queremos comer miel del panal –dije con timidez.
El mozalbete miró hacia el panal, luego nos miró:
-¡Eso es pecado…han matado a criaturas del Señor! –nos acusó el grandullón.
Cecilio y yo estábamos al borde del llanto. No sabíamos qué hacer. Sin embargo, el externo grandullón al ver nuestro desasosiego, se envalentonó y empezó a darnos órdenes.
-¡Traigan pa’ca esa miel!
 Cecilio y yo se la acercamos hasta sus mismísimos pies, y esperamos en silencio y con temor cuál sería su siguiente orden:
-¡Dense la vuelta y pónganse a orar tres padrenuestros! –dijo, y añadió: -¿Quieren que el Señor les castigue?
Cecilio y yo nos pusimos a rezar, los ojos llenos de lágrimas; no queríamos que el Señor nos castigase por haber tirado al suelo una colmena de indefensos ‘petitos’. “Pobrecitos, incluso hasta nos dejaríamos que nos piquen, pero ¡por favor!... que no nos castigue el Señor”, pensábamos.
Había transcurrido un buen rato, perdimos la cuenta de los padrenuestros recitados, y con sigilo y disimulo, giramos la cabeza para averiguar qué estaba pasando detrás de nosotros.
¡El bellaco se había comido toda la miel! ¡No nos dejó ni una pizca para relamernos! Se había largado sin dejar rastro.
Indignados y avergonzados nos fuimos a nuestras casas. Pero ahí no termina la historia. A media noche se oyeron gritos en todo el pueblo debido al cólico que le había dado al truhan por el atracón de nuestro panal.
Era un misterio, nadie sabía qué tenía. Algunos decían que era por beber agua sudando, otros, que se indigestó con paltas…en fin, cada uno decía lo que se le ocurría. Los únicos que lo sabíamos eran Cecilio y yo. Pero, ¿quién de nosotros se atrevía a decir cómo sucedió sin recibir huasca?
Cecilio y yo dedujimos que el Señor lo había castigado.

lunes, 3 de junio de 2013

EL POETA FALSARIO

 

Personas de exiguo talento utilizan fórmulas estrambóticas para hacer creer que lo tienen; y no se ruborizan cuando lanzan a los cuatro vientos sus 'virtudes'.
Tuvo gran repercusión los versos de un 'pseudotalentoso' poeta entrado en años, que no eran más que estrofas de coplas antiguas, desconocidas para los –relativamente- jóvenes escritores.
Pero un día sucedió lo imprevisible.
El falsario poeta, a modo de presentación, tuvo la original idea de pregonar sus versos en una casona señorial, y para tan gran ocasión, invitó a lo más florido del mundo literario de la provinciana ciudad.
Cuando llevaba recitando la tercera entrega de sus manuscritos, con voz engolada y cadenciosa, -creyendo que así lo hacía de maravilla para cautivar a sus oyentes-, ¡asomó lo inesperado! En una de las pausas que hacía entre líneas, surgió de la nada un hilo de voz cantando a duras penas una canción con ¡las mismas letras que el recitador!
Todos los presentes miraron hacia el lugar de donde salía la voz. Era una anciana, sentada en una vieja mecedora, que entre meneo y meneo, cantaba con dificultad y emoción unas coplas que no eran otras que las mismas que recitaba el embaucador.
Uno de los presentes, sorprendido y a la vez curioso, se acercó a la enjuta anciana, y le preguntó:
-¿De dónde conoce esas letras?
-Las cantaba mi abuela; se las enseñó mi abuelo cuando regresó de Cuba.
Y era cierto.
La anciana conocía muchas coplas olvidadas en el tiempo, que su abuelo se las cantaba a su abuela cuando regresó de la última de las colonias en Hispanoamérica: Cuba.
¿Y cómo sabía el falsario y embaucador poeta las letras? Muy sencillo. Este, había emigrado a tierras del Nuevo Mundo tras la guerra civil española, y ya de vuelta se aficionó por la poesía, llegando a hacerse un nombre entre sus colegas literarios; sin embargo, estos no sabían que los más bellos versos eran coplas del año en que se perdió Cuba.

©antonio capel riera.