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domingo, 5 de marzo de 2017

SERPIENTES DE PLATA


-La montaña se asemeja a un cono perfecto -dijo el capitán Diego de Centeno, ajustándose la vieja armadura-. Pero existe un problema.
-¿Cuál? -preguntó con ambición el también capitán Juan de Villarroel, mirando al cerro.
-Está a más de 4.000 metros de altura en una zona desolada y fría, y no vive nadie -dramatizó Diego de Centeno.
-Pero en cuanto se enteren de que hay plata en abundancia, se convertirá en un hervidero –alegó el capitán Villarroel.
Y no se equivocó.
En menos de dos años, la colonia de 170 españoles llegó a albergar a más de 14.000 personas, y en pocos años el censo alcanzó los 160.000 habitantes. Se produjo una intensa vida social y económica. Florecieron los negocios, construyeron casas lujosas que lucían riquísimos tapices, cortinajes y escudos heráldicos, y de los balcones colgaban alfombras coloridas y lamas de oro y plata, fiestas esplendorosas, ... 
Potosí se convirtió en un enjambre humano. Una Babilonia. Llegó a tener más opulencia y plétora que ciudades como París, Londres o Madrid…
En las casas de los mineros más potentados circulaban todo tipo de perfumes, joyas, porcelanas y objetos suntuosos, y se dice que hasta las herraduras de los caballos eran de plata.
Pero la riqueza y el esplendor también atrajeron la miseria y la violencia. Las mujeres de los conquistadores vestían sedas chinas rematadas con encajes de oro y plata. Las casas se adornaban con alfombras persas, mobiliario flamenco, pinturas de maestros andaluces y cristal veneciano.
El vino corría en abundancia en las pantagruélicas fiestas que organizaban los españoles. Y también la sangre, como resultado de infidelidades y a la mala bebida.
El mismo capitán Centeno atravesó su espada a un joven oficial en la creencia que estaba intentando enredarse con una de sus conquistas. Era un mujeriego y pendenciero. Poder que le daba ser rico. A diario ocurrían disputas sangrientas en las plazas de Potosí. Los treinta y dos templos a veces no daban abasto en celebrar toques de difuntos.
Tuvo que intervenir el Virrey Toledo. Ordenó un bando advirtiendo que sería pasado a cuchillo quien desobedeciese sus órdenes. También se encargó de organizar la mita, verdadera explotación humana, obligando a los pueblos indígenas a suministrar mano de obra. Llegó a reclutar más de 20.000 nativos.

Una noche fría de invierno, en la fastuosa casona del Capitán Centeno, sentados enfrente de una gran chimenea, se encontraban varios amigos, entre ellos el Virrey Toledo.  Bebían vino de La Rioja y comían carne a la brasa. Al Virrey le encantaba oír las historias de los conquistadores, aparte de degustar las opíparas comidas preparadas por la indiecita Canducha. Dicen las malas lenguas que, cuando se marchaban los comensales, el capitán, harto de vino, se llevaba a Canducha a que le quitara las botas...y más cosas.
-Decidme Capitán Centeno, -¿cómo fue el descubrimiento del Cerro de La Plata? -se interesó el Virrey, a pesar de que ya había oído la historia mil veces.
Al capitán le agradaba que el Virrey le preguntase. Eso le hacía más importante como descubridor del Cerro Rico. Aunque él sabía que no lo era, pero al repetir la historia innumerables veces, podría ser que la autoría únicamente fuera para él.
-Le dije al indio que atara la mula en un arbusto -explicó con voz gangosa por la gran ingesta de vino-. Y también que encienda una fogata, porque tenía las manos congeladas.
El Virrey oía con atención, aunque los parpados se le cerraban de vez en cuando.
-Al poco, con la luz de la luna, vi resplandecer una serpiente plateada- exageró con aspavientos-. Me dirigí con mi espada en mano para decapitarla.
El Virrey alucinaba con la historieta.
-¿De verdad parecía una serpiente? –preguntó el Virrey con los ojos vidriosos.
-Sí, vuestra merced -respondió con aires de importancia el capitán-. -¡Varias serpientes aparecieron repentinamente!
-Y era la plata fundida por el fuego -dijo el Virrey Toledo, que se sabía la historia de memoria.
-Así es, vuestra merced -dijo con mucha dificultad el capitán. El vino ya no le permitía pronunciar palabra alguna.
Al capitán le costaba hablar, pero no pensar. Inclinaba la cabeza sobre su pecho mientras recordaba la auténtica historia del descubrimiento del Cerro Rico de Potosí. La historia no era como él la propagaba a los cuatro costados, pero algo había de cierto.
Resulta que una noche fría, el indígena que trabajaba para el capitán Centeno, tuvo que refugiarse con el rebaño de llamas, buscando ampararse del viento frío y de la escarcha; encendió una fogata y aparecieron los hilillos de plata fundida. El Capitán, montó en cólera por su ausencia. Cuando regresó le dio una soberana paliza, pensando que había querido fugarse con el rebaño. Y cuando ya había sacado su espada para cortarle una oreja, el indígena, al cual le había puesto el nombre de Diego, como él, suplicó diciéndole que lo podía conducir al lugar de los hechos.
-¡Diego Huallpa! -dijo el Capitán tronando-. -¡Como sea mentira, también te arrancaré la lengua!
El Capitán envainó la espada y se encaminaron al desolado cerro de forma cónica. Tras subir un camino serpenteante, llegaron al lugar donde la noche anterior había acampado el indio Diego Huallpa. Durante el trayecto, el Capitán no hacia más que amenazarle, creía que era toda una patraña para salvarse del castigo. Sin embargo, a medida que ascendían hacia la montaña, el Capitán empezó a creer en él. Iba con paso decidido, sin subterfugios. El español ya conocía las triquiñuelas de los indios cuando mentían, ponían cara de estúpidos y de confundidos. -No se les mueve ni un músculo del rostro cuando mienten -decía el Capitán. Pero éste no era el caso; Diego Huallpa sabía adónde se dirigía.
-¡Vive Dios! -exclamó al ver los hilillos de plata, algunos gruesos como un dedo.
Corrió a abrazar al indio lleno de júbilo incontenible; éste, asustado empezó a huir pensando que quería darle una tunda. Lo alcanzó porque Diego Huallpa tropezó y cayó de bruces cortándose un labio. El pobre indio sangraba a borbotones, y arrodillado suplicaba piedad.
-No, Dieguito, no - le dijo Centeno en tono paternal-. Ven, voy a curarte esa herida.
El capitán sacó su pañuelo, limpió su herida, y durante casi todo el trayecto le puso la mano en el hombro. Parecían amigos de toda la vida. El pobre indio lo miraba de reojo, desconfiado, sin poder contener algún espasmo involuntario de miedo. No podía creer que su patrón le estaba abrazando, y además, preocupado por su herida.
Se cruzaron con algunos transeúntes, quienes no salían de su asombro. ¡El mismísimo e iracundo Capitán Diego de Centeno se estaba preocupando por la integridad de un indio!
Así fue como el Capitán Diego de Centeno descubrió el Cerro Rico de Potosí, haciéndose uno de los hombres más acaudalados de aquel siglo.
La vida del indio Diego Huallpa también cambió. Dicen que empezó a vestir chaqué y a frecuentar fiestas de alto copete. Era la mano derecha del Capitán Centeno. Nadie se atrevía a sacarle burla cuando aparecía grotescamente con una levita y un sombrero de bombín. Visitaba las casas de juego, los salones más celebres de prostitutas y organizaba suntuosas fiestas. Había aprendido a bailar en una de las catorce Escuelas de Baile que entonces existían en la glamurosa ciudad imperial. Acudía a los Salones de baile, Teatros y Tablados de flamenco.
Pero quienes más temían al indio Diego Huallpa, eran los propios indígenas. Era el responsable de las mitas. ¡Se había convertido en el propio azote de sus hermanos de sangre!


domingo, 12 de abril de 2015

LA BAILARINA Y EL NAUFRAGIO DEL ‘COSTA CONCORDIA’



-¡Cómo te pareces a Marilyn! –dijo el capitán Francesco Schettino, con ojos libidinosos, mientras apuraba una copa de vino tinto gran reserva.  
La rubia bailarina moldava lo miraba complacida. Sabía que lo tenía encandilado.  No había nada más que ver cuantas atenciones estaba recibiendo del arrogante capitán. Ambos se encontraban cenando en la parte más exclusiva del lujoso Costa Concordia, bajo la atenta mirada de Antonello, el jefe de camareros.
Sin embargo, el capitán Francesco no estaba seguro si tras la cena iba a consumar su irreprimible deseo carnal. Pretendía impresionar a la joven a toda costa, quería esa misma noche aplacar su desaforado instinto sexual y ansiaba regodearse con la bailarina en su lujoso tálamo. Realmente estaba obsesionado desde que la vio actuar en el teatro del fastuoso buque en la anterior travesía.
Como no estaba seguro de conseguir su objetivo, el capitán Francesco se socorría de su fiel  maître. 
-Antonello, tráenos champan –dijo con arrogancia -. Pero que sea un Louis Roederer Cristal Rosé 2002. 
El maître entornó los ojos, sorprendido que le ordenara descorchar una botella de 500 € por una simple y desconocida bailarina.
La noche del 13 de enero de 2012, aquella mole de 17 pisos y 114 toneladas, navegaba cerca de la isla del Giglio, y Antonello, conociendo la debilidad del capitán por la joven Domnica, aprovechó para que se marcara una fanfarronada delante de ella.
-Capitán Francesco… mi familia vive en la isla del Giglio… -dijo en clave de súplica. El voluptuoso capitán lo entendió al instante.
-¡Avisa a tu familia! Vamos a acercarnos a modo de saludo –dijo brindando con el caro champán.
El maître resopló de alegría. Inmediatamente llamó a través de su móvil a toda la familia y amigos. Se hizo fotos con el capitán y los envió por WhatsApp a todo el que podía en la isla. Iba a ser todo un espectáculo ver navegar uno de los trasatlánticos más grandes y lujosos del mundo enfrente de su casa.
Sin embargo, Antonello se preguntaba cómo la rubia bailarina había cautivado al capitán. Además, en este crucero no actuaba la compañía de Domnica. Lo hizo tres meses antes, y ahí fue donde surgió el encaprichamiento del cincuentón marino. En un momento de espontaneidad merced al champán, mientras Domnica se ausentó para ir la toilette, el capitán le manifestó a Antonello “que lo tenía cegado desde que la vio actuar vestida de hawaiana”
-Y no voy a parar hasta poseerla –dijo con arrogancia mirando al maître, alzando su copa.
Antonello sonrió. No supo qué decir; era el capitán.
En ese instante llegó Domnica. El capitán Francesco se levantó con exagerada cortesía, apremiándola a que le siguiera con destino al Puente de Mando. Quería hacer la demostración cuanto antes, de ese modo, prontamente la tendría disfrutando en su ostentosa alcoba. 
Desde una de las sólidas barandas, el maître Antonello miraba con júbilo y alborozo a sus familiares y amigos. Orgulloso enviaba SMS y selfies abrazado al capitán para presumir que gozaba de su amistad, a la vez que agitaba el brazo para ser localizado prontamente. 
De repente, a las 21:42 horas se oyó un fuerte golpe que sacudió al enorme buque, y aquel gigante de 17 pisos empezó a hundirse a cámara lenta. Muchos de los 4.200 pasajeros aún no habían terminado de cenar, mientras otros bailaban en el gran salón de baile. Se instaló el pánico y los pasajeros empezaron a lanzarse al agua. 
-¿Pero usted no es el capitán?  -preguntó uno de la isla al reconocer al capitán por los selfies que Antonello había enviado.
Miserablemente, el capitán Francesco Schettino, fue uno de los primeros en huir del barco. El capitán napolitano, violó una de las reglas más viejas de la marinería: decidió abandonar el barco antes de que todos los pasajeros se pudieran poner a salvo.
Fue un cobarde, cuya excitación lujuriosa costó la vida de 32 personas y la pérdida del más grande crucero italiano.
©antoniocapelriera

domingo, 21 de diciembre de 2014

AMOR CON 'A' DE ALZHEIMER


Me pregunté por qué razón las personas mayores acuden a la consulta dos o más horas antes de su cita.
He aquí esta tierna historia.
- Aún faltan dos horas para que le atienda –dije al enflaquecido anciano, que no hacía más que pulsar insistentemente el timbre.
-Ya lo sé… es por si alguien falla –se justificó el pobre octogenario mirando su arcaico reloj.
No lo pude remediar, me dio pena y le hice entrar. Se sentó en la silla más próxima a mi despacho para intentar ser el primero en pasar en caso de que alguien fallase, y, compadeciéndome, le dije que lo atendería inmediatamente.
-Bien, su azúcar está controlada… ya sabe que los pies y la diabetes no se llevan nada bien –le recordé mientras examinaba su analítica.
-Si, si… ya lo sé –respondió el viejo.
Como era un paciente veterano, conocía su historia familiar; teníamos cierta confianza, y me llamó la atención su excesiva prisa por ser atendido cuanto antes.
-Dígame, ¿cómo está su señora? –pregunté sabiendo que padecía de Alzheimer.
-Pues… como siempre… no conoce a nadie –respondió resignado mirando su reloj con insistencia –. Le cuidan bien en la Residencia…
-Entonces, ¿a qué se debe tanta prisa? Ella está bien atendida en la Residencia… No se preocupe –intenté tranquilizarlo.
El anciano me miró con sus ojillos vidriosos.
-Es que quiero darle el desayuno, como todas las mañanas.
-¿Todas las mañanas?…Pero… si no le conoce –argumenté sorprendido.
El anciano sonrió.
-Ella a mí no, pero yo sí a ella, y la quiero como el primer día que nos conocimos.
No pude remediarlo; los ojos se me inundaron de lágrimas evitando derramar una sola. Pero no pude, agaché la cabeza y disimulé escribiendo su próxima cita mientras pensaba “Amor, con mayúsculas”.
©antoniocapelriera

domingo, 1 de junio de 2014

LOS ESCONJURADEROS




A mi primo Pepe, arquitecto de profesión, le dio por investigar pequeñas construcciones ubicadas en el Pirineo, sobre todo aragonés, llamados ESCONJURADEROS. Al principio, lo hacía por diversión, aprovechando que Andrés y yo – tres amigos inseparables- nos divertía hacer excursiones por las excelsas montañas. Sin embargo, llegó a implicarse tanto con los pequeños templetes, que se convirtió en un erudito internacional.
A menudo nos daba datos y ligeras explicaciones de los mismos. Andrés y yo, creíamos que lo hacía simplemente para matar el tiempo, mientras degustábamos de unos enromes bocadillos de jamón y queso, regados con buen vino guardado en una añeja bota de cuero, que nada más verla, invitaba a atizarse un buen chorro.
Lo cierto es, que esos pequeños templetes de no más de 6 m. de lado, abiertos a los cuatro puntos cardinales por arcos de medio punto, tenían un poder oculto. Hechizaban y encantaban a los que se cobijaban en el.
Y tenía su explicación: habían sido construidos para conjurar las tormentas u otros desastres naturales. Las lluvias intensas, los rayos y truenos tuvieron amedrentados a nuestros antepasados, principalmente a aquellos cuyas vidas dependían de la climatología. Perder los cultivos, ganado, la casa…en unos minutos tuvo que ser, y es,  un hecho aciago.
Recuerdo que, cada vez que nos habíamos cobijado en alguno de ellos, volvíamos a casa con la personalidad trastornada. Mi primo Pepe hacía unos conjuros en un dialecto ininteligible sin saber lo que decía; Andrés cantaba en un inglés perfecto canciones de Frank Sinatra, cuando jamás sabía decir un ‘ok’ en condiciones, y además, traducía correctamente lo que decía. Y con respecto a mi, me daba por escribir en cualquier sitio: servilletas, trozos de papel, puertas, paredes, coches, etc…¡y hasta en la ducha!
Tratábamos de buscar explicaciones hasta en lo más estrafalario: al principio le echamos la culpa al vino, luego al cuero de la bota por si tenía algún hongo alucinógeno…¡Pues no! Cambiamos de vino y de recipiente. Y nos ocurría lo mismo. Volvíamos trastornados.
Nos hablaron de un erudito en ciencias ocultas y demás nigromancias; decían que era un experto en encantamientos y hechizos. Cuando lo conocimos, nos dio buena impresión; quizás más por su edad y atuendo que por su don. Lo invitamos a visitar el esconjuradero y acepto. Se pertrechó de sus artilugios mágicos y nos encaminamos al templete ubicado en lo alto de una colina. Cuando terminó la sesión, quedamos pasmados; el nigromante se desató su canosa coleta y se puso a bailar y cantar coplas. ¡Decía que era Mari Fe de Triana!
Llegamos a la conclusión –nada científica, por supuesto- que las paredes estaban impregnadas con moléculas de las creencias y tradiciones paganas y católicas del albor de los tiempos, que afectaban a la psique y el soma.
©Antoniocapelriera

jueves, 20 de junio de 2013

UN TUCÁN EN SANTIAGO

Santiago amaneció excitada y alterada. Los vecinos no hacían más que hablar del acontecimiento. En las clases, profesores y alumnos comentaban el suceso: había llegado un tucán a Santiago. Jamás habíamos visto uno de cerca…ni de lejos. El ‘Ramphastidae’ –nombre científico del tucán- fue un gran hecho histórico para el pueblo. Por poco Don George y Doña Helen declaran feriado para ir a observar al pajarraco de pico grande y multicolor.
La verdad es que era hermoso. Su gran pico de colores brillantes muy llamativos, hacía fácil seguirlo por el pueblo. Su itinerario era definido; de la iglesia evangélica al comedor, del comedor a la plaza para posarse en las ramas de un totaí; del totaí a casa de mis padres, donde mi querida madre le daba un plátano entero pelado cerca de un papayero, antes de ir al Colegio.
Cecilio decía que el tucán era evangélico, porque jamás se había dirigido hacia el sector de la iglesia católica, y nunca se había posado en las enormes campanas. Y yo me lo creí, e iba pregonando por todo el pueblo que el tucán era evangélico; hasta que el italiano del boliche se enteró y se lo dijo a mi padre.
¡Ya se lo pueden imaginar! Aún me duele el tirón de patillas cuando lo recuerdo. ¿De dónde se habría sacado Cecilio semejante idea?
Lo cierto es que el tucán se convirtió en un divertimento del pueblo. Pero no todas las historias terminan bien.
Un día encontraron al tucán muerto cerca del riachuelo; se rumoreaba que unos niños de la Escuela Fiscal lo habían apedreado. Dicen que lo hicieron porque la preciosa ave multicolor jamás se acercaba a sus dominios.
¿Será verdad que el tucán era evangélico como decía Cecilio?

miércoles, 19 de junio de 2013

PETOS Y CEPES

Un día, caminando por nuestro sendero preferido, sinuoso y rodeado de floresta, donde las cigarras cantaban y los pájaros piaban alegremente, y donde el arroyo de aguas claras y cristalinas nos invitaba a darnos un chapuzón, Cecilio y yo descubrimos un panal de ‘petos’ que colgaba de una rama. Con una simple mirada, ya sabíamos lo que queríamos hacer: derribar la colmena para succionar su dulce miel.
 Pero no estábamos muy seguros de cómo podíamos hacerlo, además, habían algunas avispas enormes volando cerca de la colmena dejando ver sus enormes aguijones. Pero ese detalle no nos amedrentó. Cogimos un palo cerca del arroyo y unas piedras, y las lanzamos con todas nuestras fuerzas contra la colmena.
¡Santo cielo!


La colmena cayó desparramándose, dejando ver unos hilillos de miel, pero también surgió un furibundo enjambre de ‘petos’ que empezaron a perseguirnos enloquecidos. No tuvimos otra escapatoria que sumergirnos en el arroyo y, de vez en cuando, sacar la cabeza para poder respirar.
Recuperados del susto, tuvimos que despojarnos de la ropa y colgarla en la rama de un árbol para conseguir que se secara ; no podíamos llegar a casa con la ropa empapada. Sinónimo de castigo.
                Transcurrió un poco de tiempo y cuando quisimos vestirnos, resulta que nuestras camisas y pantalones se habían llenado de ‘cepeculones’. Frenéticamente comenzamos a sacudir nuestras ropas. Una vez desalojados los intrusos, comprobamos que habían cortado el hilo que sujeta los botones. ¡Nos dejaron sin botones! Como pudimos, los cosimos con finos bejucos. Teníamos que borrar cualquier prueba que nos delatara, y Cecilio y yo, éramos unos artistas inspirados más por el miedo a ser castigados que por el propio arte.
Recobrados del contratiempo, volvimos al panal; había que terminar el trabajo empezado. No llevábamos más de cinco minutos intentando libar la apetitosa miel, cuando apareció un mozalbete mayor que nosotros. Era otro alumno externo.
-¡Elay puej…! ¡Qué están haciendo…! –nos preguntó amenazadoramente.
Cecilio y yo nos miramos. Nuestros mayores siempre tenían nuestro respeto, aunque solo tuviesen dos o tres años más que nosotros.
-Queremos comer miel del panal –dije con timidez.
El mozalbete miró hacia el panal, luego nos miró:
-¡Eso es pecado…han matado a criaturas del Señor! –nos acusó el grandullón.
Cecilio y yo estábamos al borde del llanto. No sabíamos qué hacer. Sin embargo, el externo grandullón al ver nuestro desasosiego, se envalentonó y empezó a darnos órdenes.
-¡Traigan pa’ca esa miel!
 Cecilio y yo se la acercamos hasta sus mismísimos pies, y esperamos en silencio y con temor cuál sería su siguiente orden:
-¡Dense la vuelta y pónganse a orar tres padrenuestros! –dijo, y añadió: -¿Quieren que el Señor les castigue?
Cecilio y yo nos pusimos a rezar, los ojos llenos de lágrimas; no queríamos que el Señor nos castigase por haber tirado al suelo una colmena de indefensos ‘petitos’. “Pobrecitos, incluso hasta nos dejaríamos que nos piquen, pero ¡por favor!... que no nos castigue el Señor”, pensábamos.
Había transcurrido un buen rato, perdimos la cuenta de los padrenuestros recitados, y con sigilo y disimulo, giramos la cabeza para averiguar qué estaba pasando detrás de nosotros.
¡El bellaco se había comido toda la miel! ¡No nos dejó ni una pizca para relamernos! Se había largado sin dejar rastro.
Indignados y avergonzados nos fuimos a nuestras casas. Pero ahí no termina la historia. A media noche se oyeron gritos en todo el pueblo debido al cólico que le había dado al truhan por el atracón de nuestro panal.
Era un misterio, nadie sabía qué tenía. Algunos decían que era por beber agua sudando, otros, que se indigestó con paltas…en fin, cada uno decía lo que se le ocurría. Los únicos que lo sabíamos eran Cecilio y yo. Pero, ¿quién de nosotros se atrevía a decir cómo sucedió sin recibir huasca?
Cecilio y yo dedujimos que el Señor lo había castigado.

lunes, 3 de junio de 2013

EL POETA FALSARIO

 

Personas de exiguo talento utilizan fórmulas estrambóticas para hacer creer que lo tienen; y no se ruborizan cuando lanzan a los cuatro vientos sus 'virtudes'.
Tuvo gran repercusión los versos de un 'pseudotalentoso' poeta entrado en años, que no eran más que estrofas de coplas antiguas, desconocidas para los –relativamente- jóvenes escritores.
Pero un día sucedió lo imprevisible.
El falsario poeta, a modo de presentación, tuvo la original idea de pregonar sus versos en una casona señorial, y para tan gran ocasión, invitó a lo más florido del mundo literario de la provinciana ciudad.
Cuando llevaba recitando la tercera entrega de sus manuscritos, con voz engolada y cadenciosa, -creyendo que así lo hacía de maravilla para cautivar a sus oyentes-, ¡asomó lo inesperado! En una de las pausas que hacía entre líneas, surgió de la nada un hilo de voz cantando a duras penas una canción con ¡las mismas letras que el recitador!
Todos los presentes miraron hacia el lugar de donde salía la voz. Era una anciana, sentada en una vieja mecedora, que entre meneo y meneo, cantaba con dificultad y emoción unas coplas que no eran otras que las mismas que recitaba el embaucador.
Uno de los presentes, sorprendido y a la vez curioso, se acercó a la enjuta anciana, y le preguntó:
-¿De dónde conoce esas letras?
-Las cantaba mi abuela; se las enseñó mi abuelo cuando regresó de Cuba.
Y era cierto.
La anciana conocía muchas coplas olvidadas en el tiempo, que su abuelo se las cantaba a su abuela cuando regresó de la última de las colonias en Hispanoamérica: Cuba.
¿Y cómo sabía el falsario y embaucador poeta las letras? Muy sencillo. Este, había emigrado a tierras del Nuevo Mundo tras la guerra civil española, y ya de vuelta se aficionó por la poesía, llegando a hacerse un nombre entre sus colegas literarios; sin embargo, estos no sabían que los más bellos versos eran coplas del año en que se perdió Cuba.

©antonio capel riera.

domingo, 26 de febrero de 2012

-¡Maravillas! –vocifera el capitán Valdivieso, enfadado, dirigiéndose a su esposa.
-¿Qué ocurre? –pregunta, asustada la mujer.
-¡El niño está en la calle! Llámalo o lo traigo de una oreja –amenaza el militar con voz cuartelera.
Maravillas Henarejos, la sufrida madre, siempre estaba al quite.
-Pero si está jugando con sus amiguitos…no te enfades.
-Yo no me enfado, me limito a hacértelo notar. ¿Por qué no te ocupas en ver a qué juega?  Sus amiguitos están jugando con unas espadas de madera, y tu hijo, en una esquina pintando con las nenas. ¡Domingo Valdivieso tiene que ser militar, como su padre!
-Le gusta pintar; no veo por qué hay que obligarlo a ser militar –justifica la madre, intentando apaciguarlo.
-¿Quieres buscarme las cosquillas? Ya sabes cómo son los pueblos, rápidamente comienzan las murmuraciones. Los niños juegan a la guerra, no con dibujitos.
Y era cierto.
Mazarrón, por el año 1840, era un pequeño pueblo minero, donde se explotaba el alumbre, el cual era empleado para fijar los colores en la industria textil. De ahí que Domingo Valdivieso se sintiera atraído por la pintura y el dibujo, y no había mejor lugar para pintar que en las paredes de algunas casas abandonadas, utilizando el alumbre como fijador.
-¡Es espantoso! –murmura el capitán Valdivieso -. A este niño hay que enviarlo a Murcia.
-¿Por qué? –pregunta su mujer-. Aún es un niño, ¿no te da pena?
-Claro que me da pena, pero más pena me daría que se metieran con sus gustos. Lo enviaremos a casa de un primo y que estudie en Murcia. Ya sabes, en los pueblos hay mucha malicia y no quiero partirle la cara a nadie –exclama dirigiéndose a su mujer-.  No hay que pensarlo más, si le gusta pintar, pues que pinte pero como Dios manda. Que vaya a una academia…
Doña Maravillas Henarejos solloza y hace un gesto de resignación, dando por hecho su marcha del pueblo. Transcurren algunos días y Domingo Valdivieso se instala en Murcia. Poco tarda en adaptarse, y también pronto empieza destacar como dibujante. Cuando termina el bachillerato, el Director recomienda a sus padres que lo envíe a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Y así fue. Tras terminar sus estudios en San Fernando viaja a París y Roma para adquirir más conocimientos técnicos. Después de su etapa romana viaja a Madrid para trabajar como profesor de ‘Anatomía Pictórica’ en la Escuela Superior de Bellas Artes de la ciudad, compaginando el trabajo como pintor, correspondiendo al encargo de muchos cortesanos de la época.
Al cabo de los años, Domingo Valdivieso, después de muchas dificultades, consigue hacerse un nombre en el gremio pictórico. Obtiene una medalla en la Exposición Nacional en 1864, cuando contaba con 34 años, cuya obra fue adquirida por el Estado.
-¿Y cómo dice que se llama esta obra? –pregunta con admiración un erudito en la materia venido de Norteamérica.
-“El Descendimiento” –responde el jefe de conservación de pintura del Museo del Prado.
-¡Qué maravilla! –exclama, mientras daba unos pasitos hacia atrás para encontrar la distancia correcta para apreciar mejor el cuadro-. ¿Y dice que es murciano?
-Sí, nacido en Mazarrón –afirmó el responsable de conservación.
-¿Y dice que el pintor Eduardo Rosales posaba para él?
-Así es, eran muy amigos. Se conocieron en Roma.
-Entonces, se puede decir que la anatomía del Cristo es Rosales, ¿verdad? –pregunta con curiosidad el erudito y marchante de Nueva York.
-Sí, también posó para el “Cristo yaciente”, que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Murcia –informó el conservador del Prado.
El marchante contemplaba extasiado el colorido y el tinte tan original de su obra. “Qué lástima que haya muerto tan joven, pudo haber sido el sucesor de Goya”, pensó para sí. El mazarronero Domingo Valdivieso murió a la edad de 42 años debido a un derrame cerebral.

©antoniocapelriera

domingo, 11 de diciembre de 2011

El “Tata” Belzu, un presidente cornudo

                -El “Tata” sigue enojado –dijo Cirilo a su mujer, mientras ésta desgranaba unas mazorcas de maíz.
La mujer se detuvo, miró a su marido y dijo:
-Hay que llamar al padrecito Juan.
Cirilo, tras guardar las botas relucientes del “Tata” Belzu, se puso el grueso poncho y se encaminó a la iglesia.
El padre Juan les tenía ordenado que cuando el presidente Isidoro Belzu despertara con un humor de perros, inmediatamente debían de llamarlo. Y así lo hacían. La última vez que el “Tata” Belzu amaneció irritado había mandado llamar a sus húsares para ir a la finca de los Ballivián. Era una obsesión enfermiza que tenía contra dicha familia.
Y tenía sus motivos. Isidoro Belzu nunca pudo olvidar la afrenta que le hizo el ex presidente Ballivián. Resulta que el susodicho era entonces presidente de Bolivia, se estaba aprovechando de la esposa del ‘“tata” Belzu; y para tener el campo despejado destinó a Belzu, coronel en esa época, a un puesto fronterizo con Perú. Pero un día, Belzu regresó a La Paz apresurado; le habían dicho que su madre estaba muy enferma, y lo que descubrió fue otro asunto que le marcó para toda la vida: sorprendió a su mujer y a Ballivián placiéndose en su propia alcoba.
La reacción del marido ofendido fue antológica:
-¡Cómo es posible que una mujer culta y refinada se entregue a devaneos eróticos! -  dijo, intentando utilizar un lenguaje culto, ya que su mujer, Doña Juana Manuela Gorriti era escritora, muy nombrada en los círculos de la alta sociedad paceña.
Y ésta, que era descarada por demás, le respondió hiriendo donde más le dolía al pobre "Tata” Belzu: en su ignorancia.
-Simplemente entreno con oficiales del alto rango cultural e intelectual –matizó burlonamente mientras se vestía con guasa.
Belzu no pudo controlarse. Sacó el sable y dio un golpe encima de la cama con tal fuerza que la hoja del arma blanca quebróse por la empuñadura. Gracias a tal hecho Ballivián salvó la vida. Salió presto en calzoncillos, montó como pudo en su caballo y llegó a Palacio como alma que lleva el diablo. Inmediatamente ordenó a su guardia que detuvieran al coronel Belzu, degradándolo a último recluta del regimiento.
El “Tata” juró venganza. Y al cabo de unos meses organizó una revuelta para echar a su odiado rival. Y lo consiguió, llegando a ser presidente en 1848. Durante su mandato se prometió a sí mismo que iba a lavar su imagen y dignificar su nombre, ya que en todos los círculos lo conocían como “el presidente cornudo”.
Juró y perjuró que iba a acabar con todo lo que estuviera relacionado con el apellido Ballivián. Durante los casi diez años de presidente, su odio se hizo enfermizo. De ahí que tuvieran que solicitar los servicios del padre Juan, su confesor, quien era el único que podía apaciguar los ánimos crueles hacia los Ballivián, quienes finalmente tuvieron que huir del país.
-¡Padrecito! ¡Padrecito!  –dijo Cirilo aporreando la gruesa puerta de la parroquia-. El “Tata” se está alistando para darles huasca a los Ballivián.
-Ya voy, ya voy –se oyó decir detrás de la puerta al padre Juan, con voz cansina.
©AntonioCapelRiera

*(Isidoro Belzu, Presidente de Bolivia 1848-1855)

domingo, 30 de octubre de 2011

Santos Inocentes y la Zorra

La joven doctora Paula G. M. se lamentaba de su descubrimiento. Maldecía a cada instante la hora en que se le ocurrió realizar la investigación. Es cierto que todo surgió cuando la destinaron al Servicio de Análisis Clínicos durante su formación como Médico Residente.
                La doctora susurraba con un estremecimiento de disgusto:
                -Maldita la hora en que hice el estudio de ADN.
                Entre algunos residentes y médicos adjuntos, comentaban con cierta jocosidad, las sorpresas que se obtenían de los tests de paternidad ordenados por el juez de turno. Las estadísticas reflejan que el 30% de los tests de paternidad que se realizan resultan negativos, es decir, que 3 de cada 10 españolitos el progenitor puede ser el mejor amigo, el fontanero o el de la bombona de gas.
                Todo empezó nada más aterrizar en el Servicio de Análisis Clínicos del Hospital. Reunió a la familia y les dijo que las primeras prácticas de extracción de sangre se hacen con la familia, tal como se lo había dicho su tutor. Paula es la mayor de cuatro hermanos, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, obtuvo muestras de sangre del padre, madre y los tres hermanos.
                La sorpresa apareció en los resultados de los dos hermanos menores. ¡No eran hijos de su padre! ¿Cómo su madre había podido hacerle tamaña ignominia a su padre que tanto idolatraba? Para Paula su padre era su dios, lo veneraba hasta la exageración. Y no era para menos. Era un gran padre, siempre preocupado por los cuatro hijos para que nada les faltara; hasta se podía decir que era más mimoso con los hijos menores, con los que no les unía lazos de sangre.
                -¡Dios mío! –se lamentaba amargamente Paula-. ¿Debo decirles a mis hermanos que mi padre no es su padre? ¿Tienen derecho a conocer a su verdadero padre?
                Pero lo que más le atormentaba era ver a su madre. Siempre tan pendiente de su padre, de los hijos, la casa, de la ropa…pero la prueba del ADN la desenmascaró.  “Es una zorra”, decía la doctora en momentos de ofuscación mental cuando la rabia la cegaba.
                Sin embargo, su padre y sus hermanos la adoraban, incluso hasta la propia doctora antes de conocer la infame noticia. No sabía a quién acudir, ¿a algún abogado, psiquiatra…? Ella era consciente de que en sus manos estaba la puerta del infierno o la del paraíso. ¿Qué culpa tenían sus hermanos menores? ¿Cómo actuaría su padre si conociese la cruda realidad?
                -Santos inocentes, santos inocentes- repetía la joven doctora ante una botella de vodka en su apartamento, con la mente puesta en su padre y sus dos hermanos.
                ©Antonio Capel Riera

domingo, 2 de octubre de 2011

El Cagafuego

Los ingleses temblaban nada más oír el nombre del Cagafuego. Hasta al mismísimo Francis Drake le entraba una cagalera hasta llegar casi a la deshidratación. Y no era para menos. El Cagafuego era un buque español muy temido por la gran cantidad de cañones que llevaba a bordo, y cuando eran disparados parecía el infierno. Había sido preparado para proteger las riquezas que llegaban a España del Nuevo Mundo: lingotes de plata, monedas de oro, joyas y piedras preciosas. Draque, en unas de sus acciones piratas, llegó a hacerse con un botín de 400.000 pesos de la época, unos 18 millones de euros de ahora.
-¡El cagafuego! –gritó un corsario inglés desde el mástil.
-Hoy no toca –dijo Francis Drake, ordenando al timonel que desviara el rumbo de la nave, mientras se acicalaba su bien cuidada barba.
La realidad es que Sir Francis Drake palidecía al oír nombrar del Cagafuego, sin embargo, le tenía muchas ganas de hincarle el diente. Sobre todo por su orgullo anglosajón. Draque no era un simple pirata, ni un bucanero, ni un filibustero. Era un corsario, es decir, el aristócrata de los piratas. Actuaba bajo el amparo de la corona de Inglaterra. Tenía patente de corso expedida por la reina, vestía ropas finas, no llevaba un parche en el ojo, era exageradamente aseado. Había hecho colocar espejos en el barco por los lugares que él frecuentaba; a cada momento se detenía para peinar su cuidada barba. Era un presumido pero tan delincuente como cualquier filibustero. Era el dandi de los piratas. Un chulo.
Sus abordajes los hacía en el Caribe a barcos españoles, cargados de riquezas. Era un delincuente para la corona española; sin embargo, un héroe para la inglesa. Era un buen marino, pero no mejor que los españoles.
-Allí está el ‘copión’ –decían los marinos españoles cuando lo divisaban.
Se granjeó el mote de ‘copión’ porque imitó a Magallanes en pasar por el estrecho de Magallanes; luego fue el primer inglés en completar la vuelta al mundo, después de Juan Sebastián el Cano.
Francis Drake saqueó a los españoles todo lo que pudo; era lo único que lograba hacer. Sin embargo, como vicealmirante de la Marina Británica no venció en nada a los españoles. El triunfo que se le atribuye de derrotar a la Armada Invencible, no fue él, fueron los elementos. De ahí su cabreo con los españoles. Como ladrón, un campeón; como marino, un desatino.

viernes, 24 de junio de 2011

Y llovió polvo fuliginoso

Lorca padecía. La ciudad estaba envuelta en el crepúsculo del atardecer. El polvo rojizo caía lentamente, se hacía más visible alrededor de las farolas encendidas, extendiéndose en fina capa sobre los coches, aceras, tejados…
Un fibroso hombre también estaba polvoriento. Sentado en el tractor, encorvado, casi tocando el volante con la cara, permanecía inmóvil. Se podría decir que ni el desprendimiento de algún escombro que le cayese encima le sacaría de su quietud.
Su tractor estaba también cubierto por el polvo cobrizo, con el motor ronroneando. Era el único ruido que se oía en la desolada plaza. El hombre estaba sumido en profundas reflexiones. La vibración del motor lo tenía adormecido, era mejor así.
Tras un rato de permanecer inmóvil con la cara pegada al volante, el tractorista se levantó y miró al lugar donde antes había una casa. Su casa. Su casa ya no existía. Trataba de ver a la distancia, pero el fino polvo encarnado no se lo permitía. Quería buscar algún atisbo de vida. No había señales que hubiese vida hasta donde su vista alcanzaba. No podía comprender qué había sucedido. ¿Dónde estaba la gente?
Las sombras iban cubriendo la pequeña plaza. El ronroneo del motor continuaba. El tractorista no encontraba explicación alguna. La luz de la farola de la esquina donde un día estuvo su casa se iba haciendo más intensa, el polvo la abrazaba.
-¡Quítese de ahí! – dijo una voz invisible.
El tractorista intentó localizar de dónde provenía la voz. No se movió, tan sólo dio un acelerón al motor.
-¡Lárguese de ahí! –dijo otro. Esta vez el tractorista localizó al gritón. Era un militar.
-¿Dónde está mi casa? – preguntó con un susurro.
-¿No te has enterado que hubo un terremoto?
Llegaron más militares, se asombraron de verlo con el motor del tractor en marcha. No entendían cómo había llegado hasta ahí, y tampoco porqué no se había alejado del lugar. Era el único que estaba por las inmediaciones.
-¡Vaya un palurdo! –dijo un militar-. ¡Mueve el tractor!
Siguieron oyéndose improperios y juramentos de los militares. El tractorista parecía aturdido, desorientado y miraba hacia alrededor como si acabara de despertar de una pesadilla.
-¡Atontado! ¡Quita el tractor de una vez! –dijo con tono amenazante un militar-. Esto es una evacuación, vete al campamento ¡espabila!
Un soldado hizo amago de subir al tractor, y de pronto, el motor rugió y el tractor dio un brinco, como un potro salvaje. Los militares se echaron hacia atrás, asustados.
-¡Imbécil! ¿Estás loco? –dijo uno que parecía ser el jefe del grupo.
-¡No estoy loco! ¡De aquí no me mueve nadie! –dijo el tractorista en tono amenazante, dando acelerones.
Afortunadamente, en ese instante llegó un funcionario del Ayuntamiento que conocía al indómito tractorista. Se acercó, y al verle, éste cambió el rictus de enfado que había en su rostro. “De aquí solo me sacan con los pies por delante”, dijo contundentemente al funcionario.
El funcionario lo entendió perfectamente. Se dirigió a los militares, y volviéndose al que hacía de Jefe, le explicó el caso del iracundo tractorista. Los militares depusieron su actitud rígida y severa, dejando sólo al hombre del tractor.
Resulta que el rudo labrador del tractor, acababa de sufrir dos pérdidas irreparables: su hija y su mujer. Fallecieron en trágico accidente. No tenía más familia en su dura y humilde vida que las dos mujeres, a las que adoraba hasta la sublimación.
Sólo quería encontrar dos fotos: la de su boda, y la de la Primera Comunión de su hijita. Y juró que no se movería hasta encontrar los únicos recuerdos que le habían quedado. Por eso trajo el tractor; estaba dispuesto a remover hasta el último escombro de lo que había quedado de su humilde morada.