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domingo, 18 de diciembre de 2016

QUÉ URGENCIAS MÁS EXTRAÑAS…


Tras esperar casi una hora, apareció el Médico de Urgencias para informar a los familiares acerca de la salud del recién ingresado.
            -No tiene nada grave –manifestó, mirando a la media docena de los interesados.
            -¿Entonces? –preguntó una mujer de media edad con cara de pocos amigos, dudando de la competencia del médico.
            El facultativo la miró, y respondió sin rodeos:
            -No quiere salir del consultorio ni vivo ni muerto.
            Los acompañantes se miraron entre sí.
            -¿Se puede saber qué le ha dicho? –interrogó un hombre de aspecto delgado.
            El médico se dirigió con mirada implacable: “¿Ha oído hablar del secreto profesional…? No diré ni una palabra; además, ustedes saben perfectamente el  motivo porqué esta aquí.”

            Los presentes se miraron entre si, y en comandita desalojaron la Sala de Visitas del Hospital sin ni siquiera despedirse del facultativo, que los siguió con la mirada, moviendo la cabeza en señal de desaprobación.

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL MISTERIOSO PEQUEÑO BAÚL DEL GRAN LIBERTADOR



Querido primo: acaba de morir el Libertador, y en su testamento ha ordenado que me den 8000 pesos. Quiero que vengas urgente porque hay objetos que quiero llevarme a Caracas. Desde su muerte han venido a rebuscar sus baúles en la Hacienda de San Pedro Alejandrino. 
Un abrazo. Tu primo José Palacios. 
  
            Hasta su muerte, el Libertador Simón Bolívar tuvo a su lado al hombre más fiel: su mayordomo José Palacios. Desde que Bolívar ponía un pie en el suelo, a cualquier hora del día o de la noche, ahí estaba el negro José. Le ayudaba a calzarse las botas, a quitárselas, guardaba la ropa, preparaba la silla de montar, calentaba el agua, sacaba a Nevado -el perro- de la habitación para que el indio Tinjacá lo llevara a hacer sus necesidades... 
            Al cabo de un mes, llegó el primo de José Palacios. Crecieron juntos, y desde su tierna infancia entablaron una sincera amistad. Entre ellos no había secretos. Se enviaban cartas a través de algún cura que se dirigía hacia la misma localidad, sobre todo, para que se la leyeran al primo, puesto que no sabía leer. José decía que era analfabeto, pero no lo era. El Libertador le enseñó a leer y a escribir, pero le ordenó que no lo dijera. Era una estrategia más de Bolívar para obtener información de sus subalternos. A menudo enviaba al negro José a buscar a sus Generales, les enviaba tinta y hojas para redactar  informes, actas y documentos, etc., en la creencia que el emisario era analfabeto, dando por hecho que no entendía lo que allí se estaba escribiendo y hablando. Bolívar tenía muchos enemigos. 
            -Querido primo! Qué alegría! -dijo José, fundiéndose en un fuerte abrazo. 
            -Lo mismo digo -manifestó Hugo, dándole unas palmadas cariñosas en la espalda. 
            Después de las salutaciones de rigor, y preguntas por la familia, Hugo le pide a José que le cuente con detalle la muerte del Libertador. 
            -Fue muy triste -dijo, con la voz tornándose ronca y humedeciéndosele los ojos-. Quería marcharse. 
            -¿Marcharse? -preguntó sorprendido. 
            -Sí -dijo José-. Un poco antes de expirar me dijo: ´José, vámonos, esta gente no nos quiere en esta tierra…´ 
            Al negro José se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar. Suspiró hondamente para tranquilizarse, y señaló unos baúles:  
    -¿Ves aquellos baúles? El libertador ha ordenado en su testamento que hay que quemarlos. 
            -¿Quemarlos? -preguntó el primo Hugo extrañado. 
            -Sí, y cuanto antes mejor - arengó José, dirigiéndose hacia los baúles. 
            José abrió el más pequeño. Actuaba como si ese baúl fuese el más importante. Y era cierto. Era el más comprometedor. Al abrirlo, eligió un paquete que contenía unos sobres amarillentos, desató la cuerda que los sujetaba, cogió uno de ellos y se lo llevó a la nariz. 
            -¡Qué bien huele! -le dijo al primo-. Es perfume francés. 
            El primo acercó el sobre a su nariz, aspiró profundamente… 
            -¡Qué delicia! ¿Se puede comer? 
            Ambos rieron a mandíbula batiente la gracia del primo Hugo. José continuó seleccionando los paquetes, poniendo más atención en unos que otros. 
            - Me dijo el Libertador que estos son los primeros que debo quemar - musitó José, apartándolos. 
            -¿Y por qué esos? -indagó curioso, el primo. 
            José sonrió pícaramente. 
        -Son las cartas de sus amantes -dijo con ademán confidencial. 
            El primo cada vez quedaba más impresionado. Jamás se le haba ocurrido pensar que el Gran Libertador podía tener amantes. 
            -Y de todos estos paquetes, ¿por qué escoges estos? 
            José volvió a sonreír, y le contestó bajando la voz: 
            -Este paquete contiene las cartas de las mujeres casadas -dijo con un susurro-. Y la mayoría son mujeres de militares. 
            La cara del primo era un poema épico. 
    Historiadores e investigadores manifiestan que el Gran Libertador llegó a tener más de dieciséis hijos. Dicen que de la que realmente se enamoró fue de una hermosa potosina de veinte años. Unas de sus pasiones fue el baile, -concretamente el vals-, y las Aguas de Colonia; el Tesoro Nacional de Perú tuvo que pagar ocho mil pesos en los cuatro años que permaneció en Lima. 
© capel riera
  

lunes, 1 de abril de 2013

¿Por qué un simple amago de golpear en el tendón de Aquiles por detrás es Tarjeta Roja?





La 122ª Asamblea General anual de la FIFA, el organismo que fija las reglas del fútbol, decidió que la entrada por detrás será sancionada con tarjeta roja.  Con esta medida se trata de favorecer el fútbol ofensivo y evitar lesiones como las de Marco van Basten, Maradona en su día y otros destacados futbolistas. Las sucesivas faltas de los defensas por detrás a Van Basten le llevaron a tener que abandonar el fútbol con tan sólo 31 años.

Y así se decidió en 1998: Tarjeta Roja directa.
El tendón de Aquiles es el más largo y fuerte del cuerpo humano, y está sometido a las mayores cargas del cuerpo, con tensiones hasta diez veces el peso corporal en la carrera, salto y bote. 
Si un experto futbolista malintencionado, golpea certeramente con la punta de la bota al adversario por detrás, a unos 2 cm de calcáneo, ¡le parte el tendón!
Y ahí acabó todo. Como mínimo tres meses de recuperación, con suerte.
(c)antoniocapelriera.


domingo, 22 de julio de 2012

POTOSÍ, EL COFRE DE EUROPA


Potosí era, sin duda, la ciudad más fastuosa y bella de América y una de las más pobladas del mundo. En ella se reunía de todo lo mejor de Europa; la excelente cocina, el fascinante mundo de la moda y la alta costura; teatros, salas de baile…y de juegos. También, ¡cómo no! hermosas mujeres de dudosa reputación.
-Vuestra merced no lo creía, ¿verdad? –dice el arzobispo Pedro de Villagómez, señalando el teatro de la calle Mayor.
-¡Por supuesto que lo creo! –responde el virrey –. Hay más habitantes aquí que Madrid en estos momentos.
Y tenía razón el virrey Luis Enríquez de Guzmán.
Madrid estaba por debajo en número de habitantes con respecto a Potosí; Londres y París no muy por encima. Pero había una gran diferencia entre la bella Villa Imperial potosina con estas ciudades europeas: la fastuosidad de la Villa Imperial y el declive de las metrópolis del viejo continente no tenía parangón. La vieja Europa vivía a costa de la riqueza que producía la Villa Imperial de Potosí. Con singular frecuencia zarpaban barcos cargados de oro y plata directamente a Sevilla, donde los ávidos banqueros del Rey de España, los alemanes Fugger y Welser, esperaban el mineral precioso para negociar en la vieja Europa sin competencia alguna. Tenían el monopolio; el mismísimo rey lo aprobaba.
Pero el virrey estaba de muy mal humor. La nao capitana de la Armada del Sur, bautizada como San Francisco Solano, acababa de hundirse con 600 hombres y seis millones de pesos en oro y plata. Y la nueva orden recibida de Felipe IV, el Grande, era que tenía que enviar a España un millón de pesos con la mayor brevedad posible.
-¿No quiere recaudar dinero? La función de esta noche es una de las más caras de la temporada –le informa el arzobispo irónicamente.
-No le entiendo –indica el virrey Luis Enríquez de Guzmán, mirándolo con interés.
El arzobispo sonrió maliciosamente.
-Si usted arranca tan sólo los botones del ropaje de las numerosas damas de alto copete que asistirán a la función, y las empuñaduras de las armas que guardan en el chaleco de terciopelo los engolados caballeros, le quedaría bastante menos para conseguir el millón –le asegura con ironía el arzobispo.
-¿Tanto llevan encima? –se sorprende el recién llegado virrey.
-¡Vive Dios! –exclama el representante de la Iglesia -. ¡Hasta las suelas de los zapatitos de las damas son finas láminas de plata!
Y era cierto. Encajes, puntillas y bordados dejaban ver finos hilos de oro y plata relucientes. Muchos españoles altaneros y soberbios hacían poner herraduras de plata en sus cabalgaduras.
-¿Y qué dice la iglesia ante tanto derroche? –pregunta el virrey con cierta apatía.
El arzobispo sonríe otra vez socarronamente.
-¿Qué va a decir si los altares de España están repletos de candelabros de oro y plata?
El virrey no salía de su asombro; unas veces por lo que veía en las calles, admirando cuando se cruzaba con algún carruaje con los asientos chapados en plata; y otras, por la información que le daba el arzobispo.
Sin duda que Potosí era un derroche de riqueza; había más iglesias por metro cuadrado que en toda Europa; otro tanto acontecía con residencias, palacios y plazas engalanadas opulentamente. Las artes cobraron un auge inusitado; se había convertido en la ciudad más grande de América y la más rica del mundo. Era la joya del imperio español. El mismísimo Miguel de Cervantes creó la frase de ¡vale un Potosí! para expresar el altísimo valor de un objeto.
Potosí salvó la maltrecha economía de la vieja Europa cortesana.
Excepto Cervantes, ¿quién se acuerda de Potosí actualmente?

Copyright  © Antonio Capel Riera

sábado, 14 de abril de 2012

Un murciano desvela el secreto de los tiros imparables de CR7

El podólogo Antonio Capel dice que el madridista «golpea el balón con fuerza en la zona de la válvula y así logra que en el aire haga esos vaivenes»

El podólogo murciano Antonio Capel Riera acaba de cumplir 60 años y lleva la mitad de su vida estudiando y solucionando problemas que afectan al pie. Entre su clientela figuran muchos deportistas, entre ellos los futbolistas del Real Murcia y hasta hace unos años también los de ElPozo. La curiosidad le ha llevado a intentar desentrañar los detalles del endiablado golpeo del balón de Cristiano Ronaldo en el lanzamiento de las faltas.
«Ronaldo se aprovecha de que tiene una gran pegada, igual que otros muchos, pero la diferencia es que él sabe dónde tiene que darle al balón. Busca las leyes físicas. Lo hace en la zona más compacta, que es donde se encuentra la válvula para insuflarle aire. La pelota ya sale despedida con más fuerza y como esa válvula, que es el centro de gravedad, está ladeada, cuando adquiere una gran velocidad la resistencia del aire provoca esa especie de vaivenes o culebrinas que despistan a los porteros».
Capel matiza, ya en plan científico, que «es la tercera ley de Newton, que conocemos como principio de acción y reacción, por la que si un cuerpo 'A' ejerce una acción sobre otro cuerpo 'B', éste realiza sobre el 'A' otra acción igual y de sentido contrario, que no se anulan entre sí puesto que actúan sobre cuerpos distintos. Ronaldo coloca el balón buscando la válvula, mira la distancia y da tres o cuatro pasos para atrás según la distancia. Luego golpea en el punto que él quiere para que actúe ese efecto aerodinámico. Por eso siempre busca huecos abiertos por arriba, nunca tira contra la barrera, porque cuando coge velocidad es cuando se produce ese efecto aerodinámico».
Además de ensayar el golpeo de balón, el futbolista también tiene que cuidar con mimo sus pies, una extremidad que para Antonio Capel es «la obra más perfecta de la arquitectura. Los ingenieros y los arquitectos admiran esos 26 huesos que lo componen y que nos diferencian del resto de los seres vivos. El pie es lo que sustenta, acelera, frena y gira».
Y para los futbolistas «es su herramienta de trabajo. Sufren artrosis, callosidades, rozadoras, ampollas, que hay que drenar después de cada partido, hematomas debajo de las uñas. Los pisotones en un partido de fútbol duelen muchísimo, sobre todo si te pillan en un callo del dedo pequeño. Por cierto, que quienes más los sufren son los porteros. Se ensañan con ellos en los córners. El cuidado de las uñas, por otra parte, es fundamental porque protegen los dedos y hay que reconducir su crecimiento para que no provoquen heridas».
Por cierto, que los primeros futbolistas que trató Capel como podólogo fueron los del Real Madrid. «Era la época de la 'Quinta del Buitre', yo acababa de terminar la carrera de podólogo en Madrid y me cogió como ayudante el profesor Álvarez, que entre sus pacientes estaban la Casa Real y el Real Madrid».

domingo, 6 de noviembre de 2011

COLON, EL TAIMADO, NO FUE EL PRIMERO.

-¡Me ha engañado! ¡Es un sinvergüenza! –vociferaba en la vieja taberna cerca del palacio, Juan Rodríguez Bermejo.
                Los presentes oían con asombro las palabras malsonantes que hacía el famélico marino. No se explicaban de su atrevimiento cuando a escasa distancia se encontraba la guardia real de los reyes católicos esperando a Cristóbal Colón. Era un 15 de marzo de 1493, día de fiesta: Colón acababa de llegar del Nuevo Mundo, e iba a informar de su descubrimiento a los reyes.
                Uno de los presentes, sentado en una desvencijada silla, y que ya llevaba unas copas demás de vino tinto, se animó a preguntarle al desaliñado marino:
                -¿De quién habláis?
                -Del Almirante Colón –dijo en voz alta-. ¡Me debe 10.000 maravedíes!
                -Eso es mucho percal –dijo el borrachín. Y añadió: -¿Por qué os lo adeuda?
                El marino se colocó encima de una silla, alzó un brazo y exclamó vociferando:
                -¡Tierra! ¡Tierra! –y dirigiéndose al curioso dijo: -Yo, Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, sevillano de pura cepa, he sido el primero en ver tierra.
                En un santiamén se vio rodeado de curiosos, algunos eran miembros de la guardia real. Pero Rodrigo de Triana no se amilanó. Al contrario, se enardeció, se sentía estafado. Insistía en que Colón lo había engañado, no había cumplido lo prometido en premiar con los 10.000 maravedíes al primero que viera tierra.
                Y era verdad.
                Cristóbal Colón no entregó la recompensa al marinero Rodrigo de Triana, además mintió. Dijo que él había sido el primero en divisar tierra americana. Y no era cierto porque Colón iba en la carabela ‘La Niña’, por detrás de ‘La Pinta’. 
                Ante el revuelo que se montó en la taberna, la guardia real se dispuso a arrestar al enfadado Rodrigo de Triana para llevarlo al calabozo, pero afortunadamente para el marino, pasaba la Comitiva en la que se encontraba fray Bartolomé de la Casas, y éste, conocedor de los hechos de primera mano, interpeló por el hambriento marino.
                -Este hombre dice la verdad –dijo fray Bartolomé-. El Almirante Colón iba detrás y difícilmente pudo avistar tierra antes que Rodrigo.
                Y soltaron al pobre Rodrigo, quien decepcionado se fue al norte de África con una mano delante y otra detrás, terminando sus días convertido al Islam.
               
               




domingo, 2 de octubre de 2011

El Cagafuego

Los ingleses temblaban nada más oír el nombre del Cagafuego. Hasta al mismísimo Francis Drake le entraba una cagalera hasta llegar casi a la deshidratación. Y no era para menos. El Cagafuego era un buque español muy temido por la gran cantidad de cañones que llevaba a bordo, y cuando eran disparados parecía el infierno. Había sido preparado para proteger las riquezas que llegaban a España del Nuevo Mundo: lingotes de plata, monedas de oro, joyas y piedras preciosas. Draque, en unas de sus acciones piratas, llegó a hacerse con un botín de 400.000 pesos de la época, unos 18 millones de euros de ahora.
-¡El cagafuego! –gritó un corsario inglés desde el mástil.
-Hoy no toca –dijo Francis Drake, ordenando al timonel que desviara el rumbo de la nave, mientras se acicalaba su bien cuidada barba.
La realidad es que Sir Francis Drake palidecía al oír nombrar del Cagafuego, sin embargo, le tenía muchas ganas de hincarle el diente. Sobre todo por su orgullo anglosajón. Draque no era un simple pirata, ni un bucanero, ni un filibustero. Era un corsario, es decir, el aristócrata de los piratas. Actuaba bajo el amparo de la corona de Inglaterra. Tenía patente de corso expedida por la reina, vestía ropas finas, no llevaba un parche en el ojo, era exageradamente aseado. Había hecho colocar espejos en el barco por los lugares que él frecuentaba; a cada momento se detenía para peinar su cuidada barba. Era un presumido pero tan delincuente como cualquier filibustero. Era el dandi de los piratas. Un chulo.
Sus abordajes los hacía en el Caribe a barcos españoles, cargados de riquezas. Era un delincuente para la corona española; sin embargo, un héroe para la inglesa. Era un buen marino, pero no mejor que los españoles.
-Allí está el ‘copión’ –decían los marinos españoles cuando lo divisaban.
Se granjeó el mote de ‘copión’ porque imitó a Magallanes en pasar por el estrecho de Magallanes; luego fue el primer inglés en completar la vuelta al mundo, después de Juan Sebastián el Cano.
Francis Drake saqueó a los españoles todo lo que pudo; era lo único que lograba hacer. Sin embargo, como vicealmirante de la Marina Británica no venció en nada a los españoles. El triunfo que se le atribuye de derrotar a la Armada Invencible, no fue él, fueron los elementos. De ahí su cabreo con los españoles. Como ladrón, un campeón; como marino, un desatino.

sábado, 27 de noviembre de 2010

LA ENIGMÁTICA CUEVA DEL DIABLO


-¡Os lo juro por mis muertos y por la Virgen de la Macarena! –decía el soldado andaluz espantado-. ¡Lo vi con mis propios ojos!
                Todos rieron, nadie le creía.
                El soldado español tenía fama de borrachín, nadie le tomaba en serio. Siempre llevaba la bota de vino colgada al cuello.
                -¿Y dices que se juntaron los cerros de piedra? –preguntó un soldado castellano, entre risas.
                -¡Os lo juro por la Virgen de Triana! –insistía el borrachín andaluz. Le faltaban vírgenes y manos para jurar y perjurar.
                Lo cierto es que, en esos momentos el soldado estaba sobrio. No presentaba signos etílicos. De manera que despertó la duda en el capitán Don Diego de Centeno, que lo observaba desde su caballo.
                Lo mandó llamar. Sintió curiosidad, pero no por la historia que estaba contando, sino porque los de su destacamento aún no habían venido. El único que estaba presente era aquel tenaz aficionado al tinto.
                -¿Y cuántos ibais en la expedición? –preguntó el capitán.
                -Diez, vuestra merced –respondió, mostrando los diez dedos de las manos.
                -Y a vos, ¿Por qué no os aplastaron las enormes rocas? –preguntó el capitán con intención de descubrir si decía la verdad o era producto de alguna alucinación por el alcohol.
                -Porque yo iba a media legua detrás, antes de entrar en la quebrada –dijo el asustado borrachín -. Me salvé porque era el último.
                -¿Y qué pasó? –preguntó más interesado Don Diego de Centeno.
                -Me detuve para hacer mis necesidades y para echar un buchito de tinto -dijo señalando la bota de vino-. Y de pronto oí un gran estruendo. Un ruido ensordecedor, y las gigantescas rocas de la quebrada empezaron a juntarse, como si de una prensa se tratara.
                -¿Se estrecharon las montañas? –preguntó el capitán, incrédulo.
                -¡Sí, capitán! –dijo persignándose -. ¡Los estrujó a todos! No se salvó nadie, ni los caballos.
                No mentía el soldado. El camino de la quebrada despareció al juntarse los dos enormes montículos de piedra. Luego, con gran estruendo y la vez, se escuchó una despiadada carcajada, volviendo las montañas a separase dejando libre el camino de la quebrada. No quedó rastro de ningún soldado, tampoco de ningún caballo. El único indicio de que sucedió algo sobrenatural, fue el hallazgo de algunas armaduras y cascos aplastados, tan finos como una lámina.
                El capitán llamó a Diego Huallpa, el indio que descubrió el Cerro Rico de Potosí, y le preguntó si había oído algo acerca del misterioso incidente.
                -Sé que se han metido en la quebrada que lleva a la Cueva del Diablo1 y la tierra se los ha tragado –dijo con estremecimiento.
                -¿Y la carcajada? -preguntó con máximo interés el conquistador español.
                -Es de Supay, el Tío.
                -¿Supay? ¿Quién es el Tío?
                Antes de contestar, Diego Huallpa, sacó unas hojas de coca y las lanzó al aire.
                -¡…El Señor de la Oscuridad! –dijo con un susurro.
                Don Diego quedó perplejo ante la respuesta del indio. Algo de verdad debía de haber, porque Huallpa hablaba con una mezcla de respeto y temor. Y cuando lanzó las hojas de coca al aire, lo hizo como parte de un rito, para no enfadar a Supay.
                A Supay le temen tanto, como lo veneran; es protector, como destructor. Se presenta de distintas formas: unas veces como un híbrido de macho cabrío y hombre, con cuernos de chivo, rostro satírico, larga perilla y bigotes. El cuerpo es velludo y piernas de chivo con largas pezuñas, y con capa negra. Otros afirman que es casi un enano, y que sus ojos brillan en la oscuridad como los de un gato. También dicen que toma el aspecto de un hombre corriente, para mezclarse con la gente.
                El capitán Centeno, escuchaba con interés a Diego Huallpa. También dijo que podía adoptar indistintamente la forma de un sapo, víbora o perro negro.
                -¿Y cuándo aparece? –insistió. Quería saberlo todo acerca de sus costumbres.
                -Cuando se enoja –afirmó-. Ahorita está enojado. Los españoles no debían haber ido a su casa.
                -¿A su casa? –preguntó sorprendido el capitán-. ¿Vive en el paso de la quebrada?
                -No. Vive en una cueva, en la ladera de la quebrada –respondió el indio Huallpa.
                 Don Diego, se sumió en una profunda meditación. ¿Y si fuese verdad? La información que le había dado el nativo era más que suficiente. “Ahora faltan las comprobaciones”, murmuró el español.
                Don Diego mandó llamar al soldado andaluz. Empezó a creer que había algo de cierto porque el destacamento de los diez hombres no había regresado. El único testigo era el borrachín andaluz.
                -¡A la orden, capitán! –dijo el soldado andaluz con el gracejo típico de los andaluces.
                -Entonces, ¿no bebiste vino durante el recorrido? –quiso asegurarse el capitán.
                -No, ni una gota. Tengo diarrea –se quejó el soldado-. Cago más líquido que agua tiene el Guadalquivir.
                Sonó una carcajada general. Todos rieron la gracia del andaluz.
                Don Diego ni siquiera sonrió.
                -¿Viste algún animal? –prosiguió con el interrogatorio.
                -Vi una enorme serpiente, pero creí que fue por el vino –dijo el soldado.
                -¿No acabas de decir que no has probado ni una sola gota? –preguntó contrariado Don Diego.
                -Así es –respondió temeroso el borrachín.
                -¿Y…?
                -Es que me estaba cagando y creo que he visto visiones…estoy muy débil –dijo con cara de lástima.
                Otra carcajada retumbó en el aire. Los soldados se lo estaban pasando burlescamente con las ocurrencias del andaluz.
                -¡Silencio! –ordenó el capitán-. ¡Iros a vuestras ocupaciones!
                Centeno empezó a creer en el andaluz y en las informaciones suministradas por el indio Huallpa. “Voy a tener que comunicárselo al cura Acosta” murmuró.
                Don Diego quedó convencido del extraño suceso. Contrapuso las opiniones de dos personas de diferente raza, cultura y continente. Llegando a la insólita conclusión de que ¡coincidían! El capitán tenía gran devoción por San Bartolomé. “Voy a pedirle al Padre Acosta una peregrinación a la quebrada” afirmó con decisión.
                El capitán Don Diego de Centeno, se trazó un plan: conocer aquella mentada Cueva del Diablo1 que tantos rumores estaba despertando en la Villa Imperial de Carlos V. Se reunió con el Padre Acosta, era imprescindible su opinión:
                -Cuando llegó Cristo al viejo continente, echamos al demonio y se refugió aquí, en las Indias –dijo el sacerdote-. Está reinando como dueño absoluto de Potosí, ¡por eso, hemos venido a desterrarlo!
                -Estoy con vuestra merced, Santo Padre –dijo el capitán-. Cuando disponga emprenderemos la marcha.
                Tras dos semanas de preparación para la partida, el destacamento esculpió una imagen del apóstol San Bartolomé y talló una cruz de madera. Un domingo de madrugada partieron rumbo a la Cueva del Diablo, guiados por el indio Huallpa. El plan fue dejar la imagen en una cueva más pequeña, cerca de la Cueva del Diablo. No se atrevieron a colocarla en la mismísima Cueva del Maligno; el indio Huallpa les metió miedo en el cuerpo a los expedicionarios. Además, días antes, los españoles pudieron comprobar que lo que contaba era cierto, pues un atardecer, un destacamento que se aproximó a la Cueva, experimentó que de improviso sus cabalgaduras se alborotaron y no pararon hasta tirar al suelo a los jinetes.
                El Padre Acosta, al ser informado del percance de la expedición, ordenó que la imagen de San Bartolomé se colocara mirando a la cueva del demonio. Nada más colocar la imagen de frente, salió éste, bramando y haciendo un espantoso ruido, estrellándose contra la roca.
                -¡Santo Cielo! –exclamó el sacerdote.
                Algunos se santiguaban mirando atónitos el impacto del Maligno. Varios se tapaban los oídos del feroz rugido, otros, se tapaban la nariz ante un nauseabundo olor a azufre. De pronto, se produjo un sepulcral silencio y la roca fue adquiriendo un color verdinegro.
                El sacerdote fue quien reaccionó primero, y pidió ayuda para coger el cuerpo maltrecho del inicuo que yacía boca abajo.
 -¡En nombre de Dios, metamos a esta criatura en la cueva! ¡Don Diego! ¡Ayudadme! ¡De prisa! ¡Que alguien sostenga la Señal! –clamaba el cura.
                Entre varios hombres cogieron de las patas al demoníaco ser y lo arrastraron hasta su cueva.
-¡De prisa! ¡Los que estáis enfrente, traed la Cruz y asegurad bien al Santo! –ordenó el capitán Centeno.
Y así lo hicieron.
                El cielo cambió de color, el viento dejo de soplar. Todo estaba en calma. La expedición contemplaba con asombro lo que estaba ocurriendo. Encerraron al siniestro, y colocaron la Cruz para evitar que huyera.
                Desde entonces, el Maligno, quedo recluido en la cueva. Nunca más sucedieron hechos extraños al atravesar la quebrada. Desparecieron los vientos huracanados, que muchas veces lanzaban contra las rocas a los transeúntes.
                Cada año peregrinan curiosos y fieles de San Bartolomé hasta el lugar donde un día, el Diablo quedó encerrado en su propia cueva.

1Cueva del Diablo, se encuentra enclavada en la quebrada de San Bartolomé, a 7 kms. de Potosí (Bolivia)