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domingo, 21 de octubre de 2018

EL OCASO DEL REY LOBO

EL OCASO DEL REY LOBO

IBN MARDANIS, EL REY LOBO
El joven Abenarabi está en uno de los ostentosos salones del Palacio del Castillejo del Rey Lobo; le acompaña el poeta Ar-Rusafi, está de paso, se dirige a Granada desde Valencia; ambos se encuentran recostados entre almohadones bellamente decorados, sumidos en una apacible nostalgia. El otoño ha llegado. Empiezan las primeras hojas a caer en los jardines del palacio; una suave brisa perfumada arranca un melodioso sonido de la hojarasca. 
¡Adiós, verano!
Dicen que para los poetas el otoño tiene una inspiración sublime, llena de lírica; pero la mente de Ar-Rusafi está en otro lugar. No es consciente de aprovechar los estímulos de los hermosísimos jardines del Rey Lobo. Le han llegado noticias de que los almohades están cerca de los confines del reino. Se estremece nada más pensarlo, y únicamente le consuela que tiene discípulos que van a continuar con su creación poética.  Uno de ellos es el joven Abenarabi, que con tan solo nueve años destaca por su sabiduría en los dominios del Rey Lobo.
Ar-Rusafi, desde los amplios ventanales del salón, observa la Fortaleza de Monteagudo, y mirando a la derecha y hacia abajo, se maravilla de la cristalina laguna donde se mecen unas barcas coloridas al compás de la suave brisa; incluso llega a distinguir a Ibn Mardanis –el Rey Lobo–, que desde uno de los torreones observa el preparativo para un gran recibimiento… Aguardaba a nobles genoveses con los que hacía pingües beneficios con la cerámica de Murcia.
¡Qué pena!, Ar-Rusafi sabe que dentro de unas semanas o meses el Rey Lobo ya no podrá disfrutar de esplendidos boatos; las fastuosidades y lucimientos ante las cortes invitadas, tienen los días contados.  Y mirando de reojo al adolescente Abenarabi aun siente más tristeza, porque sospecha que Murcia dejará de ser el centro cultural de todo el Al–Andalus… Y el joven Abenarabi, a pesar de su tierna edad, –ya es un destacado sufí –, tendrá que abandonar su Murcia natal.
Ibn Mardanis mira y ordena desde su torreón la colocación de las barcas como si no le preocupara la proximidad de los almohades. 
¡Genio y figura!
Su hijo, el primogénito, que siempre estaba a su vera, jamás vio a su padre afligido; sin embargo, hoy parecía estarlo. El rey se dirigió a él mientras vigilaba los trasiegos que hacían los hombres. 
–Si muero y entran los almohades, te rindes.
–¿Pero por qué? –pregunta el hijo que jamás vio desfallecer al Rey Lobo.
–Porque este palacio y sus jardines no deben ser destruidos por el invasor. Han sido muchos años lo que ha costado crear este paraíso y sus alrededores.
El Rey Lobo tenía razón.
Murcia tenía profusas acequias y caudalosos canales que colmaban sus fértiles tierras, que al contemplar desde cualquier mirador de los palacios del Rey Lobo, provocaban una emoción y éxtasis sin igual. Desde el gran ventanal el poeta Ar-Rusafi y su discípulo Abenarabi, ensalzaban cómo se entrelazaban los limoneros y naranjales; los frutos de la vid trepaban por doquier dejando ver apetitosos racimos colmados de fragantes granos, destacando la uva negra, de la que posteriormente elaborarían riquísimos dulces; las moreras, cuyas luminosas hojas al ondear contrastaban con las higueras, álamos y pinos. Sin duda, los dominios de El Rey Lobo eran un edén alfombrado de fina hierba, cáñamo, arroz, trigo, pimientos y toda clase de hortalizas y legumbres. Por doquier se entremezclaban los ramajes que trepaban por las torres almenaras, alquerías y bancales frondosos. 
A los oídos de Ar-Rusafi y del joven Abenarabi llegaban las armonías de las sonoras norias repartiendo el agua, y también el animado canto de las aves, y todo ello perfumado con el suave aroma de los jazmines, azahar y rosas…
¡Murcia era el paraíso de todo el Al-Andalus!
–Padre… ¿está seguro de que debo rendirme?
–Sí… quédate con el Palacio del Castillejo y negocia la capitulación de la Fortaleza de Monteagudo y el Palacio de Larache.
–¡Padre, usted jamás va a ser derrotado…! ¡Mi situación sería terrible si usted muere!… Todos los palacios y jardines que usted ha construido los destruirán… ¡No diga esas cosas!
–Hijo, siempre me has guardado obediencia. Continúa a así –dijo mirando hacia la Fortaleza de Monteagudo.
El Rey Lobo manifestó a su hijo que los almohades destruyen todo lo que encuentran a su paso, y la única manera de que sobreviva todo el esplendor conseguido, es con una rendición pactada. 
En la distancia, el poeta Ar-Rusafi adivinaba por los gestos la conversación que tenía el Rey Lobo y su hijo. Intuía que la grandiosidad edénica de los territorios de Ibn Mardanis tocaba su fin. Miraba de soslayo al adolescente Abenarabi con tristeza, especulando que la etapa de esplendor cultural, político y económico de la sin igual Murcia, tenía los días contados.

© antonio capel riera
(imagen LA VERDAD)

sábado, 2 de septiembre de 2017

LA ISLA DEL BARÓN Y EL ENIGMA DE LA PRINCESA RUSA







LA ISLA DEL BARÓN Y EL ENIGMA DE LA PRINCESA RUSA

Inesperadamente aumentó la brisa –cosa inusual en el Mar Menor–, de manera que nos vimos forzados a fondear a escasos metros de la Isla del Barón hasta que amainara el viento. Mi hija y yo sabíamos que la isla era propiedad privada, de manera que decidimos no bajar del barco. No estábamos preocupados ni siquiera alarmados por la situación meteorológica; sabíamos que era cuestión de tiempo, y en breve regresaríamos al Club Náutico Tomás Maestre; además, el barco estaba preparado para navegar en situaciones mucho más comprometidas. De hecho, Mr. Cook, su anterior dueño, salía a pescar atunes a más de ochenta millas de la costa. De tal manera, el Mar Menor era una mansa charca para mi barco.
El ancla enganchó rápidamente y comprobamos que no garreaba. Hicimos una última comprobación y verificamos que el viento no nos llevaría hacia unas pequeñas rocas muy cerca de la playa. En tanto, esperando que dejara de arreciar el fuerte viento, decidimos tomar café. Cogí el termo y serví dos tazas del aromático café. Su penetrante olor nos espabiló. Dicen los entendidos que hay que tomarlo caliente, negro y sin azúcar. ¡Y así lo hicimos! No por falta de azucarillos, sino por comprobar si era cierto el consejo de los entendidos. Mi hija y yo teníamos mucha complicidad en experimentos de cosas nuevas…
Tras el primer sorbo, mi hija me pidió que le contara una vez más la historia de la Isla del Barón: ¡Le encantaban mis relatos…!
La Isla Mayor, que así se llamaba por ser la más grande de las islas que conforman el Mar Menor, fue una prisión de la Armada Española desde 1727, donde confinaban a militares de alto rango e ilustres aristócratas a finales del siglo XIX y principios del XX, condenados por batirse en duelo en lances de honor. Dicha isla se hizo tristemente célebre con el sobrenombre de la ´Isla del Honor` , porque todo el que la pisaba procedía de haber matado a su adversario en un lance de honor.

Y eso fue lo que le sucedió a Don Julio Falcó D’Adda, –Barón de Benifayó–, a quien un juez lo condenó por atravesarle el corazón con un sable a Don Diego de Castañeda, por batirse en duelo tras ofender a una noble dama, cuyo nombre era Doña María Victoria dal Pozzo della Cisterna, quien más tarde fue reina de España y esposa del rey Amadeo I de Saboya.       
El Barón de Benifayó acabó su cautiverio en 1878, y ocurrió un hecho insólito: ¡se enamoró de la isla…! Sus familiares y amigos no lo podían comprender…
–¿Cómo es posible que quieras comprar la isla donde has estado preso? –le preguntaban sus amigos con asombro.
–Es el lugar donde he visto los más bellos atardeceres –decía con voz melancólica, añadiendo. –Tenéis que visitarla, os invito.
Y así fue.
Ordenó a su administrador que hiciera los trámites pertinentes para comprar la  isla más grande del Mar Menor. Después de realizar contactos de alto nivel,  valiéndose de que el Barón fue senador, y además,  íntimo amigo del rey Amadeo I Saboya, esposo de la reina María Victoria por la que se batió en duelo,  de manera que obtuvo las autorizaciones necesarias en tiempo récord para adquirir la isla Mayor en propiedad, y además, un par de islotes de alrededor... 
-¿Entonces, ese es el palacio que mandó construir? –preguntó mi hija señalando a un palacete, extraordinariamente intrigada.
–Así es -respondí.– Es de estilo neomudéjar, y eran antológicas las fiestas que ahí se celebraban.
En dicho palacete se reunía la flor y nata de la aristocracia española. Las barcazas no cesaban de ir y venir desde San Pedro del Pinatar, para celebrar fastuosos bailes amenizados por orquestinas contratadas para dichos eventos. Y cuando había una celebración especial, el Barón hacía venir a un tenor desde Italia… ¡Era todo un bohemio y aventurero!
Realmente Don Julio Falcó D’Adda, Barón de Benifayó, fue un aristócrata que supo vivir la vida en toda su plenitud; era rico y podía permitirse todos los lujos y caprichos que se le antojasen.
Por eso contrató al arquitecto de más prestigio de la época, Don Lorenzo Álvarez Capra y le pidió que le construyera dos réplicas del palacete del Pabellón de España, inaugurada en la Exposición Universal de Sevilla en 1873; ordenándole edificar uno en San Pedro del Pinatar como residencia de verano, y el otro en la isla Mayor para galanteos, fiestas y coqueteos de la alta sociedad.
–Desde entonces, dejó de llamarse Isla Mayor por la Isla del Barón, hasta nuestros días –dije a modo de clase de Historia.
El viento fue amainando, de manera que el mar se puso como si fuera una balsa de aceite. Nos llamó la atención ese cambio tan extremo, además, del color. Parecía como si hubiesen pintado las aguas de azul turquesa. El contraste del palacete con el sol rojizo crepuscular,  convertía la tarde en una representación fastuosa. ¡Cuántas veces habrá disfrutado de esos atardeceres el Barón! No en vano presumía ante sus amigos de que es el único lugar del mediterráneo donde el sol nace por el mar y se acuesta en el mismo mar.
–Es verdad –afirmó mi hija-. Esta mañana vimos salir el sol del mar y ahora se pone por el mismo sitio.
Mi hija estaba emocionada; había visto el momento en que el sol despuntaba desde el mar, y también como desaparecía por el horizonte en el mar. Realmente dicho panorama producía gratas sensaciones.
De pronto, mi hija se quedó mirando fijamente un trozo de roca.
–Papá… ¿ves aquel saliente de roca? –me dijo apuntando con su dedo a un saliente rocoso, pegado a la arena.
–Sí… qué tiene de particular –pregunté.
–Parece que hay unos signos…
Cogí los prismáticos y comprobé que era cierto. Parecían signos cirílicos.
–Vamos a copiarlos –dijo mi hija. Cogió un papel y un bolígrafo y prácticamente los calcó. Siempre le ha gustado el dibujo.
–Parece ruso –le dije-. Cuando lleguemos al club se lo preguntaremos a Dimitri.
Dimitri es un ruso que trabaja como mecánico en varias embarcaciones del club, incluido mi barco.
Tras ponerse el sol pusimos rumbo al Club, tardamos casi una hora en llegar, íbamos a media máquina; y ¡qué casualidad!...Dimitri estaba reparando una vela del barco de mi vecino. Mi hija, impertinente por su curiosidad me decía: “Papá, pregúntale” “Espera un momento que paremos motores” la apaciguaba.
–Hola Dimitri… ¿me puedes decir qué pone aquí? –le dije a modo de saludo.
Leyó el papel, se puso serio y me miró…
–Dice ‘Несчастный, несчастный'.
Mi hija y yo nos miramos.
–Qué significa –pregunté.
–'Desdichada, infeliz' –dijo el ruso con cara de curioso, intentando descubrir dónde habíamos copiado esas palabras.

En aquel momento me vino a la cabeza una historia que me contó un viejo pescador años atrás.
Resulta que cuando me disponía a dar un paseo por la Isla del Barón, me acerqué a la cafetería del club a tomar un café y le comenté al camarero mi intención de rodear la isla; y en ese instante, un viejo pescador, apoyado en la barra, al oír mi comentario dijo: “En esa playa se bañaba una princesa rusa desnuda” “Lo sé porque la he visto”, dijo con la naturalidad de un anciano que no tiene porqué mentir, mientras sorbía mi café. En realidad el viejo nunca había visto a la princesa rusa en vida; lo que vio era su imagen. Le pedí que me contara dicha historia porque empezó a interesarme. Decía que aparecía al amanecer o al atardecer y no siempre.
–Pero quién era esa rusa –me interesé con afán.
–Yo no la conocí –dijo el viejo-. Pero mi padre sí… y bastante.
–¿Pero no ha dicho que usted la ha visto?
–Sí… pero vi su ánima.
–¿Un fantasma? –pregunté cada más estupefacto.
–Así es… era una princesa rusa que murió misteriosamente –afirmó el viejo pescador con aires de circunspección.
Y al parecer fue así.
El Barón de Benifayó, constantemente  organizaba fiestas en su palacete de la isla; daba lo mismo que fuese en verano o invierno. Buscaba cualquier pretexto para organizar una reunión o celebración. Todo el pueblo de San Pedro del Pinatar se enteraba  que iba a acontecer un gran espectáculo al ver tanto trasiego de barcazas desde San Pedro del Pinatar hacia la isla; salían embarcaciones y lanchas cargadas de víveres, bebidas y flores… La fama de sus celebraciones, también llegó a la  aristocracia europea, de manera que empezaron a venir extranjeros al puerto de San Pedro del  Pinatar.
Sin embargo, no pasó inadvertida la presencia de una joven, guapa y rubia para el pueblo de San Pedro. Eran constantes sus visitas a la isla, despertando la atención entre los lugareños por su belleza. Se trataba de una princesa rusa, que, según decían, el Barón se había prendado de ella.
Y era cierto. Se había convertido en su obsesión, llegando utilizar todos los medios y recursos para invitarla  a sus celebraciones, bien sea a través de sus amigos aristócratas o de Casas Reales europeas, y con frecuencia, hacía venir a la familia en pleno, quienes viajaban desde Rusia a gastos pagados, de manera que estaba garantizada la asistencia  de la joven princesa. En breve tiempo, la familia de la joven princesa rusa llegó a pasar temporadas largas en el palacete del Barón, llegando a simpatizar y congeniar con los padres.
Los padres de la princesa le confesaron al Barón que estaban pasando por una situación económica muy crítica, y le pidieron ayuda financiera. Al Barón se le aparecieron los cielos abiertos, sabía que era una gran oportunidad para pedir la mano de su hija, de manera que podía tratar de contar con el asentimiento de los padres.
Y  así ocurrió.
Empezaron a preparar los fastos de la boda,  el Barón quería que fuese un acontecimiento suntuoso y de gran boato; invitaron con antelación a lo más florido y granado del aristocracia española y europea. Los regalos comenzaron a llegar, contrataron cocineros expertos en cocina internacional, músicos, criados… ¡aquello se convirtió en un fabuloso esplendor y ostentación!   No era de extrañar, porque así era la vida del Barón de Benifayó.
Durante mucho tiempo se habló de la boda del Barón, incluso se hicieron coplas en recuerdo de tan magnífico evento; todo el mundo salió contento menos una persona: la bella princesa. Se había casado contra su voluntad, fue una boda de conveniencia. El Barón se dio cuenta de que la princesa no era feliz con él, de manera que habló con los padres para que influyeran a su favor; estos, lo animaban diciendo que con el tiempo iba a quererlo, que aún era muy joven y que con el devenir de los años iba a  entender lo que es la vida y el matrimonio. En tanto, el Barón para intentar agradar a su joven esposa, todas las semanas organizada una fiesta en los jardines del palacete mirando hacia el mar. Sin embargo,  ocurría un hecho insólito. En el momento cuando todos los invitados estaban en los jardines disfrutando de la música, la princesa descendía hacia la playa y se ponía a caminar descalza, luego se sentaba en una roca y se quedaba mirando hacia la puesta de sol, hasta que acabara de ocultarse. Los últimos rayos, delirantes de colores rojizos en su rubia cabellera, creaban una exposición paradisíaca. Pero con una particularidad, en cuanto salía la luna, se  desnudaba y caminaba de un extremo a otro por la suave arena.
Cuentan los invitados que la vieron andar por la playa a la luz de luna, desnuda, que ni el mejor pintor del mundo podría hacer un cuadro tan bello como  ellos vieron. Y entre los invitados, había eruditos en arte y grandes coleccionistas.
Y esta escena se repetía una y otra vez cuando el Barón organizada una fiesta, de manera que se llegó a correr la voz en toda la alta sociedad de esta extravagante circunstancia, y muchos intentaban ser invitados por el Barón a su isla.
 Pero este hecho, también trajo sus complicaciones. Los invitados del Barón  empezaron a estar molestos con el comportamiento de la joven princesa. Decían que no había derecho a que le hiciera esas afrentas a tan excelente persona, e intentaban reparar dicho comportamiento. Pero el Barón no se enteraba, la seguía con la mirada turbia por el champán, y hasta parecía que disfrutaba observándola…
Una noche estrellada, los amigos del Barón tomaron una decisión: había que acabar con esta ofensa que la  bella mujer estaba haciendo a su gran amigo; era un ultraje y humillación. Y esa noche el plan se concibió: había que matar a la princesa haciendo creer que se había ahogado.  Para ello, contrataron a un pescador sin escrúpulos y borrachín, para que la  empujara mar adentro.
Tras oír la historia del viejo pescador en la cafetería del club, le pregunté:
–¿Y cómo conoce esa historia?
–Me la contó mi padre, porque fue a él a quien le propusieron que la matara y se negó –respondió con determinación.

Después de oír a Dimitri la traducción de los signos en ruso, los cuales significaban ‘desdichada’ e ‘infeliz’, me empezó a cuadrar el relato del viejo pescador.
Mi hija me miraba con atención, esperaba una explicación a la traducción del mecánico ruso. “Es una historia triste, pero te la voy a contar”…
Y empecé a narrársela mientras recogíamos los enseres del barco, luego, montamos en el coche rumbo a Murcia y continué con el relato.
Mi hija quedaba embelesada con mis relatos.
–Papá, ¿y es verdad que se aparece? –preguntó con candidez.
–Eso dicen… son varias personas que la han visto al atardecer en días de luna llena –dije, mirándola de reojo.
–¿Crees que nosotros podríamos verla?
–Un atardecer de luna llena lo intentaremos –respondí, sonriendo en connivencia.
Pero mi hija seguía pensativa…
–¿Te parece justo lo que hicieron los amigos del Barón?
–Lo que consiguieron fue que el Barón muriera al poco tiempo de tristeza… ¡y se acabaron las fiestas!

©antoniocapelriera