Mostrando entradas con la etiqueta capel riera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capel riera. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de diciembre de 2016

QUÉ URGENCIAS MÁS EXTRAÑAS…


Tras esperar casi una hora, apareció el Médico de Urgencias para informar a los familiares acerca de la salud del recién ingresado.
            -No tiene nada grave –manifestó, mirando a la media docena de los interesados.
            -¿Entonces? –preguntó una mujer de media edad con cara de pocos amigos, dudando de la competencia del médico.
            El facultativo la miró, y respondió sin rodeos:
            -No quiere salir del consultorio ni vivo ni muerto.
            Los acompañantes se miraron entre sí.
            -¿Se puede saber qué le ha dicho? –interrogó un hombre de aspecto delgado.
            El médico se dirigió con mirada implacable: “¿Ha oído hablar del secreto profesional…? No diré ni una palabra; además, ustedes saben perfectamente el  motivo porqué esta aquí.”

            Los presentes se miraron entre si, y en comandita desalojaron la Sala de Visitas del Hospital sin ni siquiera despedirse del facultativo, que los siguió con la mirada, moviendo la cabeza en señal de desaprobación.

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL MISTERIOSO PEQUEÑO BAÚL DEL GRAN LIBERTADOR



Querido primo: acaba de morir el Libertador, y en su testamento ha ordenado que me den 8000 pesos. Quiero que vengas urgente porque hay objetos que quiero llevarme a Caracas. Desde su muerte han venido a rebuscar sus baúles en la Hacienda de San Pedro Alejandrino. 
Un abrazo. Tu primo José Palacios. 
  
            Hasta su muerte, el Libertador Simón Bolívar tuvo a su lado al hombre más fiel: su mayordomo José Palacios. Desde que Bolívar ponía un pie en el suelo, a cualquier hora del día o de la noche, ahí estaba el negro José. Le ayudaba a calzarse las botas, a quitárselas, guardaba la ropa, preparaba la silla de montar, calentaba el agua, sacaba a Nevado -el perro- de la habitación para que el indio Tinjacá lo llevara a hacer sus necesidades... 
            Al cabo de un mes, llegó el primo de José Palacios. Crecieron juntos, y desde su tierna infancia entablaron una sincera amistad. Entre ellos no había secretos. Se enviaban cartas a través de algún cura que se dirigía hacia la misma localidad, sobre todo, para que se la leyeran al primo, puesto que no sabía leer. José decía que era analfabeto, pero no lo era. El Libertador le enseñó a leer y a escribir, pero le ordenó que no lo dijera. Era una estrategia más de Bolívar para obtener información de sus subalternos. A menudo enviaba al negro José a buscar a sus Generales, les enviaba tinta y hojas para redactar  informes, actas y documentos, etc., en la creencia que el emisario era analfabeto, dando por hecho que no entendía lo que allí se estaba escribiendo y hablando. Bolívar tenía muchos enemigos. 
            -Querido primo! Qué alegría! -dijo José, fundiéndose en un fuerte abrazo. 
            -Lo mismo digo -manifestó Hugo, dándole unas palmadas cariñosas en la espalda. 
            Después de las salutaciones de rigor, y preguntas por la familia, Hugo le pide a José que le cuente con detalle la muerte del Libertador. 
            -Fue muy triste -dijo, con la voz tornándose ronca y humedeciéndosele los ojos-. Quería marcharse. 
            -¿Marcharse? -preguntó sorprendido. 
            -Sí -dijo José-. Un poco antes de expirar me dijo: ´José, vámonos, esta gente no nos quiere en esta tierra…´ 
            Al negro José se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar. Suspiró hondamente para tranquilizarse, y señaló unos baúles:  
    -¿Ves aquellos baúles? El libertador ha ordenado en su testamento que hay que quemarlos. 
            -¿Quemarlos? -preguntó el primo Hugo extrañado. 
            -Sí, y cuanto antes mejor - arengó José, dirigiéndose hacia los baúles. 
            José abrió el más pequeño. Actuaba como si ese baúl fuese el más importante. Y era cierto. Era el más comprometedor. Al abrirlo, eligió un paquete que contenía unos sobres amarillentos, desató la cuerda que los sujetaba, cogió uno de ellos y se lo llevó a la nariz. 
            -¡Qué bien huele! -le dijo al primo-. Es perfume francés. 
            El primo acercó el sobre a su nariz, aspiró profundamente… 
            -¡Qué delicia! ¿Se puede comer? 
            Ambos rieron a mandíbula batiente la gracia del primo Hugo. José continuó seleccionando los paquetes, poniendo más atención en unos que otros. 
            - Me dijo el Libertador que estos son los primeros que debo quemar - musitó José, apartándolos. 
            -¿Y por qué esos? -indagó curioso, el primo. 
            José sonrió pícaramente. 
        -Son las cartas de sus amantes -dijo con ademán confidencial. 
            El primo cada vez quedaba más impresionado. Jamás se le haba ocurrido pensar que el Gran Libertador podía tener amantes. 
            -Y de todos estos paquetes, ¿por qué escoges estos? 
            José volvió a sonreír, y le contestó bajando la voz: 
            -Este paquete contiene las cartas de las mujeres casadas -dijo con un susurro-. Y la mayoría son mujeres de militares. 
            La cara del primo era un poema épico. 
    Historiadores e investigadores manifiestan que el Gran Libertador llegó a tener más de dieciséis hijos. Dicen que de la que realmente se enamoró fue de una hermosa potosina de veinte años. Unas de sus pasiones fue el baile, -concretamente el vals-, y las Aguas de Colonia; el Tesoro Nacional de Perú tuvo que pagar ocho mil pesos en los cuatro años que permaneció en Lima. 
© capel riera
  

domingo, 12 de abril de 2015

LA BAILARINA Y EL NAUFRAGIO DEL ‘COSTA CONCORDIA’



-¡Cómo te pareces a Marilyn! –dijo el capitán Francesco Schettino, con ojos libidinosos, mientras apuraba una copa de vino tinto gran reserva.  
La rubia bailarina moldava lo miraba complacida. Sabía que lo tenía encandilado.  No había nada más que ver cuantas atenciones estaba recibiendo del arrogante capitán. Ambos se encontraban cenando en la parte más exclusiva del lujoso Costa Concordia, bajo la atenta mirada de Antonello, el jefe de camareros.
Sin embargo, el capitán Francesco no estaba seguro si tras la cena iba a consumar su irreprimible deseo carnal. Pretendía impresionar a la joven a toda costa, quería esa misma noche aplacar su desaforado instinto sexual y ansiaba regodearse con la bailarina en su lujoso tálamo. Realmente estaba obsesionado desde que la vio actuar en el teatro del fastuoso buque en la anterior travesía.
Como no estaba seguro de conseguir su objetivo, el capitán Francesco se socorría de su fiel  maître. 
-Antonello, tráenos champan –dijo con arrogancia -. Pero que sea un Louis Roederer Cristal Rosé 2002. 
El maître entornó los ojos, sorprendido que le ordenara descorchar una botella de 500 € por una simple y desconocida bailarina.
La noche del 13 de enero de 2012, aquella mole de 17 pisos y 114 toneladas, navegaba cerca de la isla del Giglio, y Antonello, conociendo la debilidad del capitán por la joven Domnica, aprovechó para que se marcara una fanfarronada delante de ella.
-Capitán Francesco… mi familia vive en la isla del Giglio… -dijo en clave de súplica. El voluptuoso capitán lo entendió al instante.
-¡Avisa a tu familia! Vamos a acercarnos a modo de saludo –dijo brindando con el caro champán.
El maître resopló de alegría. Inmediatamente llamó a través de su móvil a toda la familia y amigos. Se hizo fotos con el capitán y los envió por WhatsApp a todo el que podía en la isla. Iba a ser todo un espectáculo ver navegar uno de los trasatlánticos más grandes y lujosos del mundo enfrente de su casa.
Sin embargo, Antonello se preguntaba cómo la rubia bailarina había cautivado al capitán. Además, en este crucero no actuaba la compañía de Domnica. Lo hizo tres meses antes, y ahí fue donde surgió el encaprichamiento del cincuentón marino. En un momento de espontaneidad merced al champán, mientras Domnica se ausentó para ir la toilette, el capitán le manifestó a Antonello “que lo tenía cegado desde que la vio actuar vestida de hawaiana”
-Y no voy a parar hasta poseerla –dijo con arrogancia mirando al maître, alzando su copa.
Antonello sonrió. No supo qué decir; era el capitán.
En ese instante llegó Domnica. El capitán Francesco se levantó con exagerada cortesía, apremiándola a que le siguiera con destino al Puente de Mando. Quería hacer la demostración cuanto antes, de ese modo, prontamente la tendría disfrutando en su ostentosa alcoba. 
Desde una de las sólidas barandas, el maître Antonello miraba con júbilo y alborozo a sus familiares y amigos. Orgulloso enviaba SMS y selfies abrazado al capitán para presumir que gozaba de su amistad, a la vez que agitaba el brazo para ser localizado prontamente. 
De repente, a las 21:42 horas se oyó un fuerte golpe que sacudió al enorme buque, y aquel gigante de 17 pisos empezó a hundirse a cámara lenta. Muchos de los 4.200 pasajeros aún no habían terminado de cenar, mientras otros bailaban en el gran salón de baile. Se instaló el pánico y los pasajeros empezaron a lanzarse al agua. 
-¿Pero usted no es el capitán?  -preguntó uno de la isla al reconocer al capitán por los selfies que Antonello había enviado.
Miserablemente, el capitán Francesco Schettino, fue uno de los primeros en huir del barco. El capitán napolitano, violó una de las reglas más viejas de la marinería: decidió abandonar el barco antes de que todos los pasajeros se pudieran poner a salvo.
Fue un cobarde, cuya excitación lujuriosa costó la vida de 32 personas y la pérdida del más grande crucero italiano.
©antoniocapelriera

domingo, 21 de diciembre de 2014

AMOR CON 'A' DE ALZHEIMER


Me pregunté por qué razón las personas mayores acuden a la consulta dos o más horas antes de su cita.
He aquí esta tierna historia.
- Aún faltan dos horas para que le atienda –dije al enflaquecido anciano, que no hacía más que pulsar insistentemente el timbre.
-Ya lo sé… es por si alguien falla –se justificó el pobre octogenario mirando su arcaico reloj.
No lo pude remediar, me dio pena y le hice entrar. Se sentó en la silla más próxima a mi despacho para intentar ser el primero en pasar en caso de que alguien fallase, y, compadeciéndome, le dije que lo atendería inmediatamente.
-Bien, su azúcar está controlada… ya sabe que los pies y la diabetes no se llevan nada bien –le recordé mientras examinaba su analítica.
-Si, si… ya lo sé –respondió el viejo.
Como era un paciente veterano, conocía su historia familiar; teníamos cierta confianza, y me llamó la atención su excesiva prisa por ser atendido cuanto antes.
-Dígame, ¿cómo está su señora? –pregunté sabiendo que padecía de Alzheimer.
-Pues… como siempre… no conoce a nadie –respondió resignado mirando su reloj con insistencia –. Le cuidan bien en la Residencia…
-Entonces, ¿a qué se debe tanta prisa? Ella está bien atendida en la Residencia… No se preocupe –intenté tranquilizarlo.
El anciano me miró con sus ojillos vidriosos.
-Es que quiero darle el desayuno, como todas las mañanas.
-¿Todas las mañanas?…Pero… si no le conoce –argumenté sorprendido.
El anciano sonrió.
-Ella a mí no, pero yo sí a ella, y la quiero como el primer día que nos conocimos.
No pude remediarlo; los ojos se me inundaron de lágrimas evitando derramar una sola. Pero no pude, agaché la cabeza y disimulé escribiendo su próxima cita mientras pensaba “Amor, con mayúsculas”.
©antoniocapelriera

miércoles, 19 de junio de 2013

PETOS Y CEPES

Un día, caminando por nuestro sendero preferido, sinuoso y rodeado de floresta, donde las cigarras cantaban y los pájaros piaban alegremente, y donde el arroyo de aguas claras y cristalinas nos invitaba a darnos un chapuzón, Cecilio y yo descubrimos un panal de ‘petos’ que colgaba de una rama. Con una simple mirada, ya sabíamos lo que queríamos hacer: derribar la colmena para succionar su dulce miel.
 Pero no estábamos muy seguros de cómo podíamos hacerlo, además, habían algunas avispas enormes volando cerca de la colmena dejando ver sus enormes aguijones. Pero ese detalle no nos amedrentó. Cogimos un palo cerca del arroyo y unas piedras, y las lanzamos con todas nuestras fuerzas contra la colmena.
¡Santo cielo!


La colmena cayó desparramándose, dejando ver unos hilillos de miel, pero también surgió un furibundo enjambre de ‘petos’ que empezaron a perseguirnos enloquecidos. No tuvimos otra escapatoria que sumergirnos en el arroyo y, de vez en cuando, sacar la cabeza para poder respirar.
Recuperados del susto, tuvimos que despojarnos de la ropa y colgarla en la rama de un árbol para conseguir que se secara ; no podíamos llegar a casa con la ropa empapada. Sinónimo de castigo.
                Transcurrió un poco de tiempo y cuando quisimos vestirnos, resulta que nuestras camisas y pantalones se habían llenado de ‘cepeculones’. Frenéticamente comenzamos a sacudir nuestras ropas. Una vez desalojados los intrusos, comprobamos que habían cortado el hilo que sujeta los botones. ¡Nos dejaron sin botones! Como pudimos, los cosimos con finos bejucos. Teníamos que borrar cualquier prueba que nos delatara, y Cecilio y yo, éramos unos artistas inspirados más por el miedo a ser castigados que por el propio arte.
Recobrados del contratiempo, volvimos al panal; había que terminar el trabajo empezado. No llevábamos más de cinco minutos intentando libar la apetitosa miel, cuando apareció un mozalbete mayor que nosotros. Era otro alumno externo.
-¡Elay puej…! ¡Qué están haciendo…! –nos preguntó amenazadoramente.
Cecilio y yo nos miramos. Nuestros mayores siempre tenían nuestro respeto, aunque solo tuviesen dos o tres años más que nosotros.
-Queremos comer miel del panal –dije con timidez.
El mozalbete miró hacia el panal, luego nos miró:
-¡Eso es pecado…han matado a criaturas del Señor! –nos acusó el grandullón.
Cecilio y yo estábamos al borde del llanto. No sabíamos qué hacer. Sin embargo, el externo grandullón al ver nuestro desasosiego, se envalentonó y empezó a darnos órdenes.
-¡Traigan pa’ca esa miel!
 Cecilio y yo se la acercamos hasta sus mismísimos pies, y esperamos en silencio y con temor cuál sería su siguiente orden:
-¡Dense la vuelta y pónganse a orar tres padrenuestros! –dijo, y añadió: -¿Quieren que el Señor les castigue?
Cecilio y yo nos pusimos a rezar, los ojos llenos de lágrimas; no queríamos que el Señor nos castigase por haber tirado al suelo una colmena de indefensos ‘petitos’. “Pobrecitos, incluso hasta nos dejaríamos que nos piquen, pero ¡por favor!... que no nos castigue el Señor”, pensábamos.
Había transcurrido un buen rato, perdimos la cuenta de los padrenuestros recitados, y con sigilo y disimulo, giramos la cabeza para averiguar qué estaba pasando detrás de nosotros.
¡El bellaco se había comido toda la miel! ¡No nos dejó ni una pizca para relamernos! Se había largado sin dejar rastro.
Indignados y avergonzados nos fuimos a nuestras casas. Pero ahí no termina la historia. A media noche se oyeron gritos en todo el pueblo debido al cólico que le había dado al truhan por el atracón de nuestro panal.
Era un misterio, nadie sabía qué tenía. Algunos decían que era por beber agua sudando, otros, que se indigestó con paltas…en fin, cada uno decía lo que se le ocurría. Los únicos que lo sabíamos eran Cecilio y yo. Pero, ¿quién de nosotros se atrevía a decir cómo sucedió sin recibir huasca?
Cecilio y yo dedujimos que el Señor lo había castigado.

lunes, 3 de junio de 2013

EL POETA FALSARIO

 

Personas de exiguo talento utilizan fórmulas estrambóticas para hacer creer que lo tienen; y no se ruborizan cuando lanzan a los cuatro vientos sus 'virtudes'.
Tuvo gran repercusión los versos de un 'pseudotalentoso' poeta entrado en años, que no eran más que estrofas de coplas antiguas, desconocidas para los –relativamente- jóvenes escritores.
Pero un día sucedió lo imprevisible.
El falsario poeta, a modo de presentación, tuvo la original idea de pregonar sus versos en una casona señorial, y para tan gran ocasión, invitó a lo más florido del mundo literario de la provinciana ciudad.
Cuando llevaba recitando la tercera entrega de sus manuscritos, con voz engolada y cadenciosa, -creyendo que así lo hacía de maravilla para cautivar a sus oyentes-, ¡asomó lo inesperado! En una de las pausas que hacía entre líneas, surgió de la nada un hilo de voz cantando a duras penas una canción con ¡las mismas letras que el recitador!
Todos los presentes miraron hacia el lugar de donde salía la voz. Era una anciana, sentada en una vieja mecedora, que entre meneo y meneo, cantaba con dificultad y emoción unas coplas que no eran otras que las mismas que recitaba el embaucador.
Uno de los presentes, sorprendido y a la vez curioso, se acercó a la enjuta anciana, y le preguntó:
-¿De dónde conoce esas letras?
-Las cantaba mi abuela; se las enseñó mi abuelo cuando regresó de Cuba.
Y era cierto.
La anciana conocía muchas coplas olvidadas en el tiempo, que su abuelo se las cantaba a su abuela cuando regresó de la última de las colonias en Hispanoamérica: Cuba.
¿Y cómo sabía el falsario y embaucador poeta las letras? Muy sencillo. Este, había emigrado a tierras del Nuevo Mundo tras la guerra civil española, y ya de vuelta se aficionó por la poesía, llegando a hacerse un nombre entre sus colegas literarios; sin embargo, estos no sabían que los más bellos versos eran coplas del año en que se perdió Cuba.

©antonio capel riera.

domingo, 21 de octubre de 2012

COLÓN ERA JUDÍO




-Queridos hermanos, debemos convertirnos al cristianismo –dijo con tristeza Colón.
            -¿No tenemos otra salida? –preguntó Bartolomé.
Cristóbal miró a Bartolomé, y luego a Diego. Ambos miraban la cara de preocupación de Cristóbal.
-La Santa Inquisición está quemando a judíos sin piedad –advirtió Colón-. Debemos estar prevenidos.
-¿Y el proyecto para ir a Cipango? –se interesó Diego.
-Primero tenemos que salvar el pellejo, luego vendrá el descubrimiento de la nueva ruta hacia el Japón.
Colón ya lo tenía todo planeado; vivió una temporada con unos tíos en Zaragoza, y después en Mallorca donde había nacido.
Y a modo de despedida les dijo a sus hermanos:
-No lo olvidéis; hemos nacido en Génova.
Los hermanos se extrañaron pero lo comprendieron enseguida; con la Santa Inquisición no se podía jugar.



©antoniocapelriera