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domingo, 12 de abril de 2015

LA BAILARINA Y EL NAUFRAGIO DEL ‘COSTA CONCORDIA’



-¡Cómo te pareces a Marilyn! –dijo el capitán Francesco Schettino, con ojos libidinosos, mientras apuraba una copa de vino tinto gran reserva.  
La rubia bailarina moldava lo miraba complacida. Sabía que lo tenía encandilado.  No había nada más que ver cuantas atenciones estaba recibiendo del arrogante capitán. Ambos se encontraban cenando en la parte más exclusiva del lujoso Costa Concordia, bajo la atenta mirada de Antonello, el jefe de camareros.
Sin embargo, el capitán Francesco no estaba seguro si tras la cena iba a consumar su irreprimible deseo carnal. Pretendía impresionar a la joven a toda costa, quería esa misma noche aplacar su desaforado instinto sexual y ansiaba regodearse con la bailarina en su lujoso tálamo. Realmente estaba obsesionado desde que la vio actuar en el teatro del fastuoso buque en la anterior travesía.
Como no estaba seguro de conseguir su objetivo, el capitán Francesco se socorría de su fiel  maître. 
-Antonello, tráenos champan –dijo con arrogancia -. Pero que sea un Louis Roederer Cristal Rosé 2002. 
El maître entornó los ojos, sorprendido que le ordenara descorchar una botella de 500 € por una simple y desconocida bailarina.
La noche del 13 de enero de 2012, aquella mole de 17 pisos y 114 toneladas, navegaba cerca de la isla del Giglio, y Antonello, conociendo la debilidad del capitán por la joven Domnica, aprovechó para que se marcara una fanfarronada delante de ella.
-Capitán Francesco… mi familia vive en la isla del Giglio… -dijo en clave de súplica. El voluptuoso capitán lo entendió al instante.
-¡Avisa a tu familia! Vamos a acercarnos a modo de saludo –dijo brindando con el caro champán.
El maître resopló de alegría. Inmediatamente llamó a través de su móvil a toda la familia y amigos. Se hizo fotos con el capitán y los envió por WhatsApp a todo el que podía en la isla. Iba a ser todo un espectáculo ver navegar uno de los trasatlánticos más grandes y lujosos del mundo enfrente de su casa.
Sin embargo, Antonello se preguntaba cómo la rubia bailarina había cautivado al capitán. Además, en este crucero no actuaba la compañía de Domnica. Lo hizo tres meses antes, y ahí fue donde surgió el encaprichamiento del cincuentón marino. En un momento de espontaneidad merced al champán, mientras Domnica se ausentó para ir la toilette, el capitán le manifestó a Antonello “que lo tenía cegado desde que la vio actuar vestida de hawaiana”
-Y no voy a parar hasta poseerla –dijo con arrogancia mirando al maître, alzando su copa.
Antonello sonrió. No supo qué decir; era el capitán.
En ese instante llegó Domnica. El capitán Francesco se levantó con exagerada cortesía, apremiándola a que le siguiera con destino al Puente de Mando. Quería hacer la demostración cuanto antes, de ese modo, prontamente la tendría disfrutando en su ostentosa alcoba. 
Desde una de las sólidas barandas, el maître Antonello miraba con júbilo y alborozo a sus familiares y amigos. Orgulloso enviaba SMS y selfies abrazado al capitán para presumir que gozaba de su amistad, a la vez que agitaba el brazo para ser localizado prontamente. 
De repente, a las 21:42 horas se oyó un fuerte golpe que sacudió al enorme buque, y aquel gigante de 17 pisos empezó a hundirse a cámara lenta. Muchos de los 4.200 pasajeros aún no habían terminado de cenar, mientras otros bailaban en el gran salón de baile. Se instaló el pánico y los pasajeros empezaron a lanzarse al agua. 
-¿Pero usted no es el capitán?  -preguntó uno de la isla al reconocer al capitán por los selfies que Antonello había enviado.
Miserablemente, el capitán Francesco Schettino, fue uno de los primeros en huir del barco. El capitán napolitano, violó una de las reglas más viejas de la marinería: decidió abandonar el barco antes de que todos los pasajeros se pudieran poner a salvo.
Fue un cobarde, cuya excitación lujuriosa costó la vida de 32 personas y la pérdida del más grande crucero italiano.
©antoniocapelriera

domingo, 21 de diciembre de 2014

AMOR CON 'A' DE ALZHEIMER


Me pregunté por qué razón las personas mayores acuden a la consulta dos o más horas antes de su cita.
He aquí esta tierna historia.
- Aún faltan dos horas para que le atienda –dije al enflaquecido anciano, que no hacía más que pulsar insistentemente el timbre.
-Ya lo sé… es por si alguien falla –se justificó el pobre octogenario mirando su arcaico reloj.
No lo pude remediar, me dio pena y le hice entrar. Se sentó en la silla más próxima a mi despacho para intentar ser el primero en pasar en caso de que alguien fallase, y, compadeciéndome, le dije que lo atendería inmediatamente.
-Bien, su azúcar está controlada… ya sabe que los pies y la diabetes no se llevan nada bien –le recordé mientras examinaba su analítica.
-Si, si… ya lo sé –respondió el viejo.
Como era un paciente veterano, conocía su historia familiar; teníamos cierta confianza, y me llamó la atención su excesiva prisa por ser atendido cuanto antes.
-Dígame, ¿cómo está su señora? –pregunté sabiendo que padecía de Alzheimer.
-Pues… como siempre… no conoce a nadie –respondió resignado mirando su reloj con insistencia –. Le cuidan bien en la Residencia…
-Entonces, ¿a qué se debe tanta prisa? Ella está bien atendida en la Residencia… No se preocupe –intenté tranquilizarlo.
El anciano me miró con sus ojillos vidriosos.
-Es que quiero darle el desayuno, como todas las mañanas.
-¿Todas las mañanas?…Pero… si no le conoce –argumenté sorprendido.
El anciano sonrió.
-Ella a mí no, pero yo sí a ella, y la quiero como el primer día que nos conocimos.
No pude remediarlo; los ojos se me inundaron de lágrimas evitando derramar una sola. Pero no pude, agaché la cabeza y disimulé escribiendo su próxima cita mientras pensaba “Amor, con mayúsculas”.
©antoniocapelriera

domingo, 1 de junio de 2014

LOS ESCONJURADEROS




A mi primo Pepe, arquitecto de profesión, le dio por investigar pequeñas construcciones ubicadas en el Pirineo, sobre todo aragonés, llamados ESCONJURADEROS. Al principio, lo hacía por diversión, aprovechando que Andrés y yo – tres amigos inseparables- nos divertía hacer excursiones por las excelsas montañas. Sin embargo, llegó a implicarse tanto con los pequeños templetes, que se convirtió en un erudito internacional.
A menudo nos daba datos y ligeras explicaciones de los mismos. Andrés y yo, creíamos que lo hacía simplemente para matar el tiempo, mientras degustábamos de unos enromes bocadillos de jamón y queso, regados con buen vino guardado en una añeja bota de cuero, que nada más verla, invitaba a atizarse un buen chorro.
Lo cierto es, que esos pequeños templetes de no más de 6 m. de lado, abiertos a los cuatro puntos cardinales por arcos de medio punto, tenían un poder oculto. Hechizaban y encantaban a los que se cobijaban en el.
Y tenía su explicación: habían sido construidos para conjurar las tormentas u otros desastres naturales. Las lluvias intensas, los rayos y truenos tuvieron amedrentados a nuestros antepasados, principalmente a aquellos cuyas vidas dependían de la climatología. Perder los cultivos, ganado, la casa…en unos minutos tuvo que ser, y es,  un hecho aciago.
Recuerdo que, cada vez que nos habíamos cobijado en alguno de ellos, volvíamos a casa con la personalidad trastornada. Mi primo Pepe hacía unos conjuros en un dialecto ininteligible sin saber lo que decía; Andrés cantaba en un inglés perfecto canciones de Frank Sinatra, cuando jamás sabía decir un ‘ok’ en condiciones, y además, traducía correctamente lo que decía. Y con respecto a mi, me daba por escribir en cualquier sitio: servilletas, trozos de papel, puertas, paredes, coches, etc…¡y hasta en la ducha!
Tratábamos de buscar explicaciones hasta en lo más estrafalario: al principio le echamos la culpa al vino, luego al cuero de la bota por si tenía algún hongo alucinógeno…¡Pues no! Cambiamos de vino y de recipiente. Y nos ocurría lo mismo. Volvíamos trastornados.
Nos hablaron de un erudito en ciencias ocultas y demás nigromancias; decían que era un experto en encantamientos y hechizos. Cuando lo conocimos, nos dio buena impresión; quizás más por su edad y atuendo que por su don. Lo invitamos a visitar el esconjuradero y acepto. Se pertrechó de sus artilugios mágicos y nos encaminamos al templete ubicado en lo alto de una colina. Cuando terminó la sesión, quedamos pasmados; el nigromante se desató su canosa coleta y se puso a bailar y cantar coplas. ¡Decía que era Mari Fe de Triana!
Llegamos a la conclusión –nada científica, por supuesto- que las paredes estaban impregnadas con moléculas de las creencias y tradiciones paganas y católicas del albor de los tiempos, que afectaban a la psique y el soma.
©Antoniocapelriera

miércoles, 19 de junio de 2013

PETOS Y CEPES

Un día, caminando por nuestro sendero preferido, sinuoso y rodeado de floresta, donde las cigarras cantaban y los pájaros piaban alegremente, y donde el arroyo de aguas claras y cristalinas nos invitaba a darnos un chapuzón, Cecilio y yo descubrimos un panal de ‘petos’ que colgaba de una rama. Con una simple mirada, ya sabíamos lo que queríamos hacer: derribar la colmena para succionar su dulce miel.
 Pero no estábamos muy seguros de cómo podíamos hacerlo, además, habían algunas avispas enormes volando cerca de la colmena dejando ver sus enormes aguijones. Pero ese detalle no nos amedrentó. Cogimos un palo cerca del arroyo y unas piedras, y las lanzamos con todas nuestras fuerzas contra la colmena.
¡Santo cielo!


La colmena cayó desparramándose, dejando ver unos hilillos de miel, pero también surgió un furibundo enjambre de ‘petos’ que empezaron a perseguirnos enloquecidos. No tuvimos otra escapatoria que sumergirnos en el arroyo y, de vez en cuando, sacar la cabeza para poder respirar.
Recuperados del susto, tuvimos que despojarnos de la ropa y colgarla en la rama de un árbol para conseguir que se secara ; no podíamos llegar a casa con la ropa empapada. Sinónimo de castigo.
                Transcurrió un poco de tiempo y cuando quisimos vestirnos, resulta que nuestras camisas y pantalones se habían llenado de ‘cepeculones’. Frenéticamente comenzamos a sacudir nuestras ropas. Una vez desalojados los intrusos, comprobamos que habían cortado el hilo que sujeta los botones. ¡Nos dejaron sin botones! Como pudimos, los cosimos con finos bejucos. Teníamos que borrar cualquier prueba que nos delatara, y Cecilio y yo, éramos unos artistas inspirados más por el miedo a ser castigados que por el propio arte.
Recobrados del contratiempo, volvimos al panal; había que terminar el trabajo empezado. No llevábamos más de cinco minutos intentando libar la apetitosa miel, cuando apareció un mozalbete mayor que nosotros. Era otro alumno externo.
-¡Elay puej…! ¡Qué están haciendo…! –nos preguntó amenazadoramente.
Cecilio y yo nos miramos. Nuestros mayores siempre tenían nuestro respeto, aunque solo tuviesen dos o tres años más que nosotros.
-Queremos comer miel del panal –dije con timidez.
El mozalbete miró hacia el panal, luego nos miró:
-¡Eso es pecado…han matado a criaturas del Señor! –nos acusó el grandullón.
Cecilio y yo estábamos al borde del llanto. No sabíamos qué hacer. Sin embargo, el externo grandullón al ver nuestro desasosiego, se envalentonó y empezó a darnos órdenes.
-¡Traigan pa’ca esa miel!
 Cecilio y yo se la acercamos hasta sus mismísimos pies, y esperamos en silencio y con temor cuál sería su siguiente orden:
-¡Dense la vuelta y pónganse a orar tres padrenuestros! –dijo, y añadió: -¿Quieren que el Señor les castigue?
Cecilio y yo nos pusimos a rezar, los ojos llenos de lágrimas; no queríamos que el Señor nos castigase por haber tirado al suelo una colmena de indefensos ‘petitos’. “Pobrecitos, incluso hasta nos dejaríamos que nos piquen, pero ¡por favor!... que no nos castigue el Señor”, pensábamos.
Había transcurrido un buen rato, perdimos la cuenta de los padrenuestros recitados, y con sigilo y disimulo, giramos la cabeza para averiguar qué estaba pasando detrás de nosotros.
¡El bellaco se había comido toda la miel! ¡No nos dejó ni una pizca para relamernos! Se había largado sin dejar rastro.
Indignados y avergonzados nos fuimos a nuestras casas. Pero ahí no termina la historia. A media noche se oyeron gritos en todo el pueblo debido al cólico que le había dado al truhan por el atracón de nuestro panal.
Era un misterio, nadie sabía qué tenía. Algunos decían que era por beber agua sudando, otros, que se indigestó con paltas…en fin, cada uno decía lo que se le ocurría. Los únicos que lo sabíamos eran Cecilio y yo. Pero, ¿quién de nosotros se atrevía a decir cómo sucedió sin recibir huasca?
Cecilio y yo dedujimos que el Señor lo había castigado.

domingo, 11 de noviembre de 2012

‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’





Todos eran jóvenes médicos residentes, desparramaban ilusión y ganas por aprender. Admisión de Urgencias de cualquier Hospital de la Región de Murcia, era el lugar más solicitado por todos aquellos flamantes médicos que realmente aman su profesión. “Es donde más se aprende” decía uno; “Se ven patologías de las más insospechadas”, decía otro.
Y era cierto.
A Urgencias acudían pacientes de diversa patología: accidentes laborales, tráfico o domésticos; y también por enfermedades de etiología variada.
Una noche de verano ingresó un personaje que llamó la atención de los Residentes de Guardia. Iba acompañado de ilustres –preocupados- del mundo de la cultura. Aparentemente no tenía nada grave. Presentaba unos ligeros vértigos, leve taquicardia, pero sobre todo una profunda congoja.
-¿Ha tenido un disgusto? –preguntó uno de los jóvenes facultativos mientras lo auscultaba.
El paciente con la mirada perdida negaba moviendo la cabeza.
-¿Ha sido atracado? –preguntó otro.
También lo negaba. No había forma de sacarle palabra. “Lo mejor será preguntar a los acompañantes” dijo el médico que llevaba la voz cantante. Realmente estaba interesado en el caso.
-¿Ustedes estaban con el paciente cuando le aparecieron los síntomas?
-Sí –respondió el que parecía hacer de portavoz del grupo.
-¿Qué estaba haciendo? –preguntó el facultativo.
Los acompañantes se miraron turbados; al cabo de unos instantes respondió el que hacía de portavoz:
-Viendo la puesta de sol en el Mar Menor –dijo con voz trémula, avergonzado por la causa -.Parecía extasiado.
¿Quién podía creer que por ver una puesta de sol en el Mar Menor podía producirle un síncope? El médico volvió a repasar el electrocardiograma y bioquímica en sangre; todo estaba normal. ¿Qué estaba pasando con este paciente?
Los animosos médicos decidieron que había que consultar con el Jefe de Guardia; un galeno veterano y curtido, con más de 20 años de experiencia.
Al cabo de un instante se presentó el Jefe de Guardia, lanzando un sonoro resoplido tras un bostezo. Echó una ojeada al paciente, sobre todo a los acompañantes.
-¿A qué se dedica este señor? –preguntó deliberadamente tras ver la casta de amigos que habían venido con él.
-Es poeta y pintor –respondió uno de los amigos.
-¿Y ustedes?
-También somos del gremio poético y cultural de la ciudad –añadió otro.
El veterano médico volvió a mirar al cariacontecido enfermo.
-¿Es extranjero, verdad?
-Sí, escocés.
El Jefe de Guardia se dirigió a los médicos residentes y les preguntó:
-¿Habéis oído hablar del ‘Síndrome de Stendhal’?
Todos se excusaron, desconocían su existencia.
-Id a la Biblioteca Médica y en diez minutos os quiero aquí con un diagnóstico –ordenó con firmeza.
Resulta que existe una enfermedad denominada ‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’, también llamado ‘Sindrome de Florencia’. La causa es por un exceso de belleza, tal como le sucedió al escritor francés Stendhal en 1817 cuando visitó Florencia. Ocurrió que al entrar en la Basílica de Santa Crote, quedó impactado de tanta hermosura y magnificencia que le sobrevino un cuadro clínico cardíaco, vértigos y obnubilación. De ahí viene el nombre del ‘Síndrome de Stendhal’.
Al cabo de media hora, se hicieron presentes los residentes en la sala de Sesiones Clínicas; habían investigado en los archivos y en la biblioteca del Hospital, también en revistas médicas y a través de internet.
La sorpresa de los jóvenes médicos fue mayúscula; no entendían cómo se podía enfermar de belleza, y ante la cara de incredulidad que manifestaban, el Jefe de Guardia les ilustró dicho síndrome.
-¿Recordáis lo que dijo Paracelso?  -dijo el veterano médico-. Todo es tóxico a dosis excesivas. Y la belleza puede serlo.
Los médicos residentes oían con sumo interés al Jefe de Guardia.
-Pero ¿cómo se produce la causa-efecto? –preguntó uno de los médicos en ciernes.
-Muy sencillo-dijo el médico veterano-. No es la sustancia; es la dosis la que hace enfermar. Un medicamento en la dosis adecuada puede curar, pero administrada demás puede matar. Y esto no es válido sólo para las sustancias químicas; también actúa en el alma humana, en la psique…
El Jefe de Guardia volvió a examinar al blanquecino y pecoso paciente escocés. Luego volvió a dirigirse a sus residentes:
-¿Veis a este escocés? ¡En su vida ha visto un atardecer lleno de luminosidad y fulgor como los del Mar Menor! –afirmó con rotundidad-.Además, si tiene un espíritu sensible e impresionable, la dosis de sol mediterráneo actuó como una sobredosis.
Tenía razón el médico veterano. El escocés jamás había salido de su lluviosa y oscura Escocia; de pronto, sus amigos, amantes de lo bello y estético, lo invitaron a disfrutar de un atardecer a orillas del Mar Menor. Casi fue su colofón vital… por exceso de belleza.

©antoniocapelriera



domingo, 21 de octubre de 2012

COLÓN ERA JUDÍO




-Queridos hermanos, debemos convertirnos al cristianismo –dijo con tristeza Colón.
            -¿No tenemos otra salida? –preguntó Bartolomé.
Cristóbal miró a Bartolomé, y luego a Diego. Ambos miraban la cara de preocupación de Cristóbal.
-La Santa Inquisición está quemando a judíos sin piedad –advirtió Colón-. Debemos estar prevenidos.
-¿Y el proyecto para ir a Cipango? –se interesó Diego.
-Primero tenemos que salvar el pellejo, luego vendrá el descubrimiento de la nueva ruta hacia el Japón.
Colón ya lo tenía todo planeado; vivió una temporada con unos tíos en Zaragoza, y después en Mallorca donde había nacido.
Y a modo de despedida les dijo a sus hermanos:
-No lo olvidéis; hemos nacido en Génova.
Los hermanos se extrañaron pero lo comprendieron enseguida; con la Santa Inquisición no se podía jugar.



©antoniocapelriera

domingo, 22 de julio de 2012

POTOSÍ, EL COFRE DE EUROPA


Potosí era, sin duda, la ciudad más fastuosa y bella de América y una de las más pobladas del mundo. En ella se reunía de todo lo mejor de Europa; la excelente cocina, el fascinante mundo de la moda y la alta costura; teatros, salas de baile…y de juegos. También, ¡cómo no! hermosas mujeres de dudosa reputación.
-Vuestra merced no lo creía, ¿verdad? –dice el arzobispo Pedro de Villagómez, señalando el teatro de la calle Mayor.
-¡Por supuesto que lo creo! –responde el virrey –. Hay más habitantes aquí que Madrid en estos momentos.
Y tenía razón el virrey Luis Enríquez de Guzmán.
Madrid estaba por debajo en número de habitantes con respecto a Potosí; Londres y París no muy por encima. Pero había una gran diferencia entre la bella Villa Imperial potosina con estas ciudades europeas: la fastuosidad de la Villa Imperial y el declive de las metrópolis del viejo continente no tenía parangón. La vieja Europa vivía a costa de la riqueza que producía la Villa Imperial de Potosí. Con singular frecuencia zarpaban barcos cargados de oro y plata directamente a Sevilla, donde los ávidos banqueros del Rey de España, los alemanes Fugger y Welser, esperaban el mineral precioso para negociar en la vieja Europa sin competencia alguna. Tenían el monopolio; el mismísimo rey lo aprobaba.
Pero el virrey estaba de muy mal humor. La nao capitana de la Armada del Sur, bautizada como San Francisco Solano, acababa de hundirse con 600 hombres y seis millones de pesos en oro y plata. Y la nueva orden recibida de Felipe IV, el Grande, era que tenía que enviar a España un millón de pesos con la mayor brevedad posible.
-¿No quiere recaudar dinero? La función de esta noche es una de las más caras de la temporada –le informa el arzobispo irónicamente.
-No le entiendo –indica el virrey Luis Enríquez de Guzmán, mirándolo con interés.
El arzobispo sonrió maliciosamente.
-Si usted arranca tan sólo los botones del ropaje de las numerosas damas de alto copete que asistirán a la función, y las empuñaduras de las armas que guardan en el chaleco de terciopelo los engolados caballeros, le quedaría bastante menos para conseguir el millón –le asegura con ironía el arzobispo.
-¿Tanto llevan encima? –se sorprende el recién llegado virrey.
-¡Vive Dios! –exclama el representante de la Iglesia -. ¡Hasta las suelas de los zapatitos de las damas son finas láminas de plata!
Y era cierto. Encajes, puntillas y bordados dejaban ver finos hilos de oro y plata relucientes. Muchos españoles altaneros y soberbios hacían poner herraduras de plata en sus cabalgaduras.
-¿Y qué dice la iglesia ante tanto derroche? –pregunta el virrey con cierta apatía.
El arzobispo sonríe otra vez socarronamente.
-¿Qué va a decir si los altares de España están repletos de candelabros de oro y plata?
El virrey no salía de su asombro; unas veces por lo que veía en las calles, admirando cuando se cruzaba con algún carruaje con los asientos chapados en plata; y otras, por la información que le daba el arzobispo.
Sin duda que Potosí era un derroche de riqueza; había más iglesias por metro cuadrado que en toda Europa; otro tanto acontecía con residencias, palacios y plazas engalanadas opulentamente. Las artes cobraron un auge inusitado; se había convertido en la ciudad más grande de América y la más rica del mundo. Era la joya del imperio español. El mismísimo Miguel de Cervantes creó la frase de ¡vale un Potosí! para expresar el altísimo valor de un objeto.
Potosí salvó la maltrecha economía de la vieja Europa cortesana.
Excepto Cervantes, ¿quién se acuerda de Potosí actualmente?

Copyright  © Antonio Capel Riera

sábado, 14 de abril de 2012

Un murciano desvela el secreto de los tiros imparables de CR7

El podólogo Antonio Capel dice que el madridista «golpea el balón con fuerza en la zona de la válvula y así logra que en el aire haga esos vaivenes»

El podólogo murciano Antonio Capel Riera acaba de cumplir 60 años y lleva la mitad de su vida estudiando y solucionando problemas que afectan al pie. Entre su clientela figuran muchos deportistas, entre ellos los futbolistas del Real Murcia y hasta hace unos años también los de ElPozo. La curiosidad le ha llevado a intentar desentrañar los detalles del endiablado golpeo del balón de Cristiano Ronaldo en el lanzamiento de las faltas.
«Ronaldo se aprovecha de que tiene una gran pegada, igual que otros muchos, pero la diferencia es que él sabe dónde tiene que darle al balón. Busca las leyes físicas. Lo hace en la zona más compacta, que es donde se encuentra la válvula para insuflarle aire. La pelota ya sale despedida con más fuerza y como esa válvula, que es el centro de gravedad, está ladeada, cuando adquiere una gran velocidad la resistencia del aire provoca esa especie de vaivenes o culebrinas que despistan a los porteros».
Capel matiza, ya en plan científico, que «es la tercera ley de Newton, que conocemos como principio de acción y reacción, por la que si un cuerpo 'A' ejerce una acción sobre otro cuerpo 'B', éste realiza sobre el 'A' otra acción igual y de sentido contrario, que no se anulan entre sí puesto que actúan sobre cuerpos distintos. Ronaldo coloca el balón buscando la válvula, mira la distancia y da tres o cuatro pasos para atrás según la distancia. Luego golpea en el punto que él quiere para que actúe ese efecto aerodinámico. Por eso siempre busca huecos abiertos por arriba, nunca tira contra la barrera, porque cuando coge velocidad es cuando se produce ese efecto aerodinámico».
Además de ensayar el golpeo de balón, el futbolista también tiene que cuidar con mimo sus pies, una extremidad que para Antonio Capel es «la obra más perfecta de la arquitectura. Los ingenieros y los arquitectos admiran esos 26 huesos que lo componen y que nos diferencian del resto de los seres vivos. El pie es lo que sustenta, acelera, frena y gira».
Y para los futbolistas «es su herramienta de trabajo. Sufren artrosis, callosidades, rozadoras, ampollas, que hay que drenar después de cada partido, hematomas debajo de las uñas. Los pisotones en un partido de fútbol duelen muchísimo, sobre todo si te pillan en un callo del dedo pequeño. Por cierto, que quienes más los sufren son los porteros. Se ensañan con ellos en los córners. El cuidado de las uñas, por otra parte, es fundamental porque protegen los dedos y hay que reconducir su crecimiento para que no provoquen heridas».
Por cierto, que los primeros futbolistas que trató Capel como podólogo fueron los del Real Madrid. «Era la época de la 'Quinta del Buitre', yo acababa de terminar la carrera de podólogo en Madrid y me cogió como ayudante el profesor Álvarez, que entre sus pacientes estaban la Casa Real y el Real Madrid».

viernes, 24 de junio de 2011

Y llovió polvo fuliginoso

Lorca padecía. La ciudad estaba envuelta en el crepúsculo del atardecer. El polvo rojizo caía lentamente, se hacía más visible alrededor de las farolas encendidas, extendiéndose en fina capa sobre los coches, aceras, tejados…
Un fibroso hombre también estaba polvoriento. Sentado en el tractor, encorvado, casi tocando el volante con la cara, permanecía inmóvil. Se podría decir que ni el desprendimiento de algún escombro que le cayese encima le sacaría de su quietud.
Su tractor estaba también cubierto por el polvo cobrizo, con el motor ronroneando. Era el único ruido que se oía en la desolada plaza. El hombre estaba sumido en profundas reflexiones. La vibración del motor lo tenía adormecido, era mejor así.
Tras un rato de permanecer inmóvil con la cara pegada al volante, el tractorista se levantó y miró al lugar donde antes había una casa. Su casa. Su casa ya no existía. Trataba de ver a la distancia, pero el fino polvo encarnado no se lo permitía. Quería buscar algún atisbo de vida. No había señales que hubiese vida hasta donde su vista alcanzaba. No podía comprender qué había sucedido. ¿Dónde estaba la gente?
Las sombras iban cubriendo la pequeña plaza. El ronroneo del motor continuaba. El tractorista no encontraba explicación alguna. La luz de la farola de la esquina donde un día estuvo su casa se iba haciendo más intensa, el polvo la abrazaba.
-¡Quítese de ahí! – dijo una voz invisible.
El tractorista intentó localizar de dónde provenía la voz. No se movió, tan sólo dio un acelerón al motor.
-¡Lárguese de ahí! –dijo otro. Esta vez el tractorista localizó al gritón. Era un militar.
-¿Dónde está mi casa? – preguntó con un susurro.
-¿No te has enterado que hubo un terremoto?
Llegaron más militares, se asombraron de verlo con el motor del tractor en marcha. No entendían cómo había llegado hasta ahí, y tampoco porqué no se había alejado del lugar. Era el único que estaba por las inmediaciones.
-¡Vaya un palurdo! –dijo un militar-. ¡Mueve el tractor!
Siguieron oyéndose improperios y juramentos de los militares. El tractorista parecía aturdido, desorientado y miraba hacia alrededor como si acabara de despertar de una pesadilla.
-¡Atontado! ¡Quita el tractor de una vez! –dijo con tono amenazante un militar-. Esto es una evacuación, vete al campamento ¡espabila!
Un soldado hizo amago de subir al tractor, y de pronto, el motor rugió y el tractor dio un brinco, como un potro salvaje. Los militares se echaron hacia atrás, asustados.
-¡Imbécil! ¿Estás loco? –dijo uno que parecía ser el jefe del grupo.
-¡No estoy loco! ¡De aquí no me mueve nadie! –dijo el tractorista en tono amenazante, dando acelerones.
Afortunadamente, en ese instante llegó un funcionario del Ayuntamiento que conocía al indómito tractorista. Se acercó, y al verle, éste cambió el rictus de enfado que había en su rostro. “De aquí solo me sacan con los pies por delante”, dijo contundentemente al funcionario.
El funcionario lo entendió perfectamente. Se dirigió a los militares, y volviéndose al que hacía de Jefe, le explicó el caso del iracundo tractorista. Los militares depusieron su actitud rígida y severa, dejando sólo al hombre del tractor.
Resulta que el rudo labrador del tractor, acababa de sufrir dos pérdidas irreparables: su hija y su mujer. Fallecieron en trágico accidente. No tenía más familia en su dura y humilde vida que las dos mujeres, a las que adoraba hasta la sublimación.
Sólo quería encontrar dos fotos: la de su boda, y la de la Primera Comunión de su hijita. Y juró que no se movería hasta encontrar los únicos recuerdos que le habían quedado. Por eso trajo el tractor; estaba dispuesto a remover hasta el último escombro de lo que había quedado de su humilde morada.

domingo, 3 de abril de 2011

Pedrito, el asistente del coronel


El coronel Antonio Martínez, que se encuentra destinado en el Cuartel General de Melilla, está sentado en su cómodo sillón de cuero, sumido en un dulce sopor después de una opípara comida de despedida.
Está finalizando la primavera. El sol africano lanza sus rayos anunciando que el verano está a la vuelta de la esquina; los vientos del estrecho apaciguan los primeros calores. ¡Bienvenido, verano!
Esta transformación de primavera a verano tiene una belleza extraña, llena de colores y olores; pero el coronel Martínez, aunque buen militar y amante de maniobras al aire libre, en esta ocasión pasa de su atractiva perspectiva. Tiene sus pensamientos en el limbo, sabe que al día siguiente tiene que mudarse a la península.
El escritorio, las estanterías, el suelo, todo está cubierto de paquetes, de cuadros, de trofeos, y de todos los recuerdos. Se han quitado los banderines de los regimientos en los que ha estado destinado. Al día siguiente, ¡con todo el dolor de su corazón!, sus nueve hijos y su mujer se trasladarán a su nuevo puesto en la península.
La mujer del coronel no está en casa. Ha salido con el asistente en busca de sourvenirs para los parientes de la ciudad.
Su hija Maruchi, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha llamado al teniente Carrasco. Mañana se separan y quiere encerrarse unos minutos en el cuarto de baño del Pabellón de Oficiales, situado a escasos metros del domicilio del coronel. A los pocos minutos llega. La joven habla y jadea casi al mismo tiempo; pero se cimbrea más que profiere palabra inteligible. Mira con admiración la bien cuidada barba del oficial, aspira el intenso olor a Old Spice y acaricia su hidratado cutis. Ninguna de las mujeres que Maruchi conoce tiene la cara tan bien mimada. Si hubiese un concurso de cutis, sin duda que el joven teniente ganaría.
“¿Y Pedrito?”, pregunta el teniente. “¡Qué Pedrito! ¡Acaríciame y muévete!", responde la hija del coronel.
El coronel Martínez sigue ensimismado, bosteza. De pronto da un golpe en la mesa a modo de haber tomado una decisión irrefutable. “Pedrito se viene a la península”, dijo por lo bajini.
Pero, ¿Quién es Pedrito?
Pedrito es el asistente del coronel. Es el que lleva los niños al colegio, los recoge, lo baña. Hace la compra con la señora del coronel, ayuda en la cocina, pone la lavadora… ¡Pedrito es un sol! Pero hay un detalle: Pedrito es maricón.
El coronel manda llamar a Pedrito.
-¿Quieres venirte con nosotros a Madrid? –pregunta el coronel.
-Por supuesto que sí, mi coronel.
-Te daré un pase especial.
El coronel, después de despedir a Pedrito, se queda analizando la decisión tomada. “Este maricón es el que lleva la casa”. Y tiene razón: gobierna a los nueve hijos e inclusive a la mujer. Precisamente hoy está con la mujer mirando trapitos en los bazares más emblemáticos de Melilla.
-Mañana nos vamos- dice Maruchi, sudorosa y satisfecha.
-Ya lo sé –responde el teniente.
-¿Me echarás de menos?
-Claro que sí –dice dándole una palmada en la prieta nalga, y añade: -¡Menos mal que Pedrito me cocinará! Tiene buena mano para la cocina.
-Pedrito viene con nosotros –dice Maruchi.
-¿Cómo? -pregunta sorprendido -¿Pedrito se va con vosotros?
-Sí; papá así lo ha dispuesto.
La cara del teniente se traspuso. Se vistió de prisa.
-¿Adónde vas?
-A ver a tu padre.
-Mi coronel, solicito ir a Madrid con usted –dice el teniente Carrasco en posición de firmes.
El coronel lo mira, luego dirige su vista por los ventanales hacia el estrecho, fijando la mirada en el Peñón de Gibraltar.
-¿Ves la roca?... Cuando los ingleses nos la devuelvan vendrás conmigo.
-No entiendo, mi coronel –responde algo turbado el depilado oficial.
-¡En mi casa con un maricón basta!