miércoles, 17 de agosto de 2011

Lo siento, Paul Newman, pero Butch Cassidy no está enterrado en Bolivia



La imagen, sacada en 1900 en Fort Worth (Tejas), retrata al bandido Butch Cassidy (sentado, a la derecha) y su banda. También sentado, pero a la izquierda, aparece su compañero Sundance Kid.- AP/NEVADA HISTORICAL SOCIETY


-¿Y usted está seguro de que no es Butch Cassidy? –preguntó el periodista al indígena, mirando la fosa. Todo el mundo creía enterrado en Bolivia al pistolero ladrón de bancos.

El viejo y desdentado autóctono de piel cobriza, intentaba mirar con el único ojo que le quedaba.
-Seguro, señor periodista –contestó, apoyándose en la vieja pala, y abrigándose con el raído poncho.
Mr. Smith volvió a mirar la oscura fosa. Intentaba descubrir alguna pista que le condujera al legendario atracador de bancos americano. Y no encontró nada convincente. Había algunos jirones de tela, que más bien parecían restos de poncho, como los que llevaba el indígena Huanca.
El americano del Washington Post se volvió al indígena:
-Dígame, ¿por qué está tan seguro de que no es?-inquirió al pobre viejo.
-Porque mi padre enterró a otro –dijo mirando a la mano del estadounidense. Sabía que por cada palabra que soltara podía sacarle un dólar. No era tonto Huanca, aunque lo parecía.
-¿Y por qué lo hizo?
-Por plata, mucha platita –respondió al instante Huanca, moviendo el índice y el pulgar.
El periodista sacó una grabadora y le dio al botón de rec.
-Si usted me cuenta todo lo que sabe le daré platita-dijo entregándole un billete de 100 dólares.
Al indígena le brilló con codicia el único ojo.
-Fue muy sencillo. Les balearon los soldados, era de noche. Y después del tiroteo se hizo silencio, y mandaron a mi padre a enterrarlos a los dos -dijo extendiendo la mano para recoger otro billete-. Pero uno no estaba muerto, el otro sí.
Y así sucedió.
El padre de Huanca era el sepulturero, y al acercarse comprobó que uno de los forajidos estaba herido pero se hacía el muerto. Era Cassidy, el maestro del timo y de la improvisación. En una de sus manos tenía un fajo de billetes. Y al acercarse el sepulturero, le dijo: “Te daré otro fajo si me sacas de aquí”.
El sepulturero gritó a los soldados en la oscura noche: “Me los llevo al cementerio. Están agujerados por los cuatro costados”
Durante la noche, el padre de Huanca sólo enterró al compinche, al vivo le ayudó a curar sus heridas y lo ocultó en una casita en el valle. Una joven indígena le llevaba agua y comida, con la que terminó amancebándose. Al poco de estar repuesto, la indígena y él se marcharon a los valles tropicales cambiándose el nombre. Se hizo llamar James Blackthron. Construyó un enorme rancho en una extensión de más de cinco mil hectáreas; llegó a poseer más de 500 cabezas de ganado y 30 caballos de silla, además de gallinas y algunas ovejas. Trabajaban cinco peones en las labores del rancho; y para el cuidado de la casa tenía a más de diez mujeres. Dicen que con cada una de ellas tuvo un hijo.
Un buen día decidió regresar a los Estados Unidos para dar una sorpresa a su familia. Los hermanos y su anciano padre tenían la costumbre de reunirse el Día de Acción de Gracias, y, de pronto, apareció Butch Cassidy, de punta en blanco con su sombrero de bombín que tanto le gustaba.
Desde entonces, no regresó a Bolivia.
El periodista, pensativo, empezó a creer la conjetura de que Butch Cassidy jamás estuvo enterrado en Bolivia. Butch Cassidy murió en un hospital de los Estados Unidos en el año 1937. Sus posesiones en Bolivia las administran sus hijos y nietos, y hasta el día de hoy cuentan con numerosas cabezas de ganado y un sinnúmero de nietos.

viernes, 24 de junio de 2011

Y llovió polvo fuliginoso

Lorca padecía. La ciudad estaba envuelta en el crepúsculo del atardecer. El polvo rojizo caía lentamente, se hacía más visible alrededor de las farolas encendidas, extendiéndose en fina capa sobre los coches, aceras, tejados…
Un fibroso hombre también estaba polvoriento. Sentado en el tractor, encorvado, casi tocando el volante con la cara, permanecía inmóvil. Se podría decir que ni el desprendimiento de algún escombro que le cayese encima le sacaría de su quietud.
Su tractor estaba también cubierto por el polvo cobrizo, con el motor ronroneando. Era el único ruido que se oía en la desolada plaza. El hombre estaba sumido en profundas reflexiones. La vibración del motor lo tenía adormecido, era mejor así.
Tras un rato de permanecer inmóvil con la cara pegada al volante, el tractorista se levantó y miró al lugar donde antes había una casa. Su casa. Su casa ya no existía. Trataba de ver a la distancia, pero el fino polvo encarnado no se lo permitía. Quería buscar algún atisbo de vida. No había señales que hubiese vida hasta donde su vista alcanzaba. No podía comprender qué había sucedido. ¿Dónde estaba la gente?
Las sombras iban cubriendo la pequeña plaza. El ronroneo del motor continuaba. El tractorista no encontraba explicación alguna. La luz de la farola de la esquina donde un día estuvo su casa se iba haciendo más intensa, el polvo la abrazaba.
-¡Quítese de ahí! – dijo una voz invisible.
El tractorista intentó localizar de dónde provenía la voz. No se movió, tan sólo dio un acelerón al motor.
-¡Lárguese de ahí! –dijo otro. Esta vez el tractorista localizó al gritón. Era un militar.
-¿Dónde está mi casa? – preguntó con un susurro.
-¿No te has enterado que hubo un terremoto?
Llegaron más militares, se asombraron de verlo con el motor del tractor en marcha. No entendían cómo había llegado hasta ahí, y tampoco porqué no se había alejado del lugar. Era el único que estaba por las inmediaciones.
-¡Vaya un palurdo! –dijo un militar-. ¡Mueve el tractor!
Siguieron oyéndose improperios y juramentos de los militares. El tractorista parecía aturdido, desorientado y miraba hacia alrededor como si acabara de despertar de una pesadilla.
-¡Atontado! ¡Quita el tractor de una vez! –dijo con tono amenazante un militar-. Esto es una evacuación, vete al campamento ¡espabila!
Un soldado hizo amago de subir al tractor, y de pronto, el motor rugió y el tractor dio un brinco, como un potro salvaje. Los militares se echaron hacia atrás, asustados.
-¡Imbécil! ¿Estás loco? –dijo uno que parecía ser el jefe del grupo.
-¡No estoy loco! ¡De aquí no me mueve nadie! –dijo el tractorista en tono amenazante, dando acelerones.
Afortunadamente, en ese instante llegó un funcionario del Ayuntamiento que conocía al indómito tractorista. Se acercó, y al verle, éste cambió el rictus de enfado que había en su rostro. “De aquí solo me sacan con los pies por delante”, dijo contundentemente al funcionario.
El funcionario lo entendió perfectamente. Se dirigió a los militares, y volviéndose al que hacía de Jefe, le explicó el caso del iracundo tractorista. Los militares depusieron su actitud rígida y severa, dejando sólo al hombre del tractor.
Resulta que el rudo labrador del tractor, acababa de sufrir dos pérdidas irreparables: su hija y su mujer. Fallecieron en trágico accidente. No tenía más familia en su dura y humilde vida que las dos mujeres, a las que adoraba hasta la sublimación.
Sólo quería encontrar dos fotos: la de su boda, y la de la Primera Comunión de su hijita. Y juró que no se movería hasta encontrar los únicos recuerdos que le habían quedado. Por eso trajo el tractor; estaba dispuesto a remover hasta el último escombro de lo que había quedado de su humilde morada.

domingo, 3 de abril de 2011

Pedrito, el asistente del coronel


El coronel Antonio Martínez, que se encuentra destinado en el Cuartel General de Melilla, está sentado en su cómodo sillón de cuero, sumido en un dulce sopor después de una opípara comida de despedida.
Está finalizando la primavera. El sol africano lanza sus rayos anunciando que el verano está a la vuelta de la esquina; los vientos del estrecho apaciguan los primeros calores. ¡Bienvenido, verano!
Esta transformación de primavera a verano tiene una belleza extraña, llena de colores y olores; pero el coronel Martínez, aunque buen militar y amante de maniobras al aire libre, en esta ocasión pasa de su atractiva perspectiva. Tiene sus pensamientos en el limbo, sabe que al día siguiente tiene que mudarse a la península.
El escritorio, las estanterías, el suelo, todo está cubierto de paquetes, de cuadros, de trofeos, y de todos los recuerdos. Se han quitado los banderines de los regimientos en los que ha estado destinado. Al día siguiente, ¡con todo el dolor de su corazón!, sus nueve hijos y su mujer se trasladarán a su nuevo puesto en la península.
La mujer del coronel no está en casa. Ha salido con el asistente en busca de sourvenirs para los parientes de la ciudad.
Su hija Maruchi, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha llamado al teniente Carrasco. Mañana se separan y quiere encerrarse unos minutos en el cuarto de baño del Pabellón de Oficiales, situado a escasos metros del domicilio del coronel. A los pocos minutos llega. La joven habla y jadea casi al mismo tiempo; pero se cimbrea más que profiere palabra inteligible. Mira con admiración la bien cuidada barba del oficial, aspira el intenso olor a Old Spice y acaricia su hidratado cutis. Ninguna de las mujeres que Maruchi conoce tiene la cara tan bien mimada. Si hubiese un concurso de cutis, sin duda que el joven teniente ganaría.
“¿Y Pedrito?”, pregunta el teniente. “¡Qué Pedrito! ¡Acaríciame y muévete!", responde la hija del coronel.
El coronel Martínez sigue ensimismado, bosteza. De pronto da un golpe en la mesa a modo de haber tomado una decisión irrefutable. “Pedrito se viene a la península”, dijo por lo bajini.
Pero, ¿Quién es Pedrito?
Pedrito es el asistente del coronel. Es el que lleva los niños al colegio, los recoge, lo baña. Hace la compra con la señora del coronel, ayuda en la cocina, pone la lavadora… ¡Pedrito es un sol! Pero hay un detalle: Pedrito es maricón.
El coronel manda llamar a Pedrito.
-¿Quieres venirte con nosotros a Madrid? –pregunta el coronel.
-Por supuesto que sí, mi coronel.
-Te daré un pase especial.
El coronel, después de despedir a Pedrito, se queda analizando la decisión tomada. “Este maricón es el que lleva la casa”. Y tiene razón: gobierna a los nueve hijos e inclusive a la mujer. Precisamente hoy está con la mujer mirando trapitos en los bazares más emblemáticos de Melilla.
-Mañana nos vamos- dice Maruchi, sudorosa y satisfecha.
-Ya lo sé –responde el teniente.
-¿Me echarás de menos?
-Claro que sí –dice dándole una palmada en la prieta nalga, y añade: -¡Menos mal que Pedrito me cocinará! Tiene buena mano para la cocina.
-Pedrito viene con nosotros –dice Maruchi.
-¿Cómo? -pregunta sorprendido -¿Pedrito se va con vosotros?
-Sí; papá así lo ha dispuesto.
La cara del teniente se traspuso. Se vistió de prisa.
-¿Adónde vas?
-A ver a tu padre.
-Mi coronel, solicito ir a Madrid con usted –dice el teniente Carrasco en posición de firmes.
El coronel lo mira, luego dirige su vista por los ventanales hacia el estrecho, fijando la mirada en el Peñón de Gibraltar.
-¿Ves la roca?... Cuando los ingleses nos la devuelvan vendrás conmigo.
-No entiendo, mi coronel –responde algo turbado el depilado oficial.
-¡En mi casa con un maricón basta!

domingo, 23 de enero de 2011

Paracaidistas, Pilotos y Héroes Anónimos...



Paracaidistas, Pilotos y Héroes Anónimos...


Conmemoración del Primer salto en Paracaídas.


Este es legendario Junker alemán, de cual bajábamos sordos una semana...

El Aviocar es otra cosa... fabricación española.


Vuelo en formación para lanzar paracaidistas...

Lanzamiento a 1.000 metros...



Acto de la conmemoración...


General Moreno, Jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire. Lo conocí de teniente y compartimos Escuadrón.

Coronel Esteban y Coronel Martínez... Participamos como miembros en la Patrulla Acrobática.

Preparación del desfile...

Comentando anécdotas vividas...

Héroes de Afganistán...

Tte. Coronel Royo, jefe de la Patrulla Acrobática de Paracaidistas.

Los Generales más veteranos. El que está a lado del Coronel Martínez tiene 93 años.

COLOFON: Un alto porcentaje del absentismo laboral del paracaidista son las frecuentes metatarsalgias, complicándose con agudas sesamoiditis.

domingo, 16 de enero de 2011

"Que seas feliz..."

Después de trabajar casi diez horas planchando sábanas y fundas en la lavandería del Hospital, María volvía con rapidez a su casa. Tenía que preparar la comida antes de que su novio retornara de la Facultad de Medicina, para después de comer, ir a fregar las escaleras de un edificio en el centro de la ciudad. Su preocupación era no perder el autobús; si no lo alcanzaba debía hacer el trayecto a pie desde la huerta, y no le daba gusto pasar cerca de una obra, los albañiles le lanzaban piropos subidos de tono.
María estaba en la edad más tentadora para los hombres duros del ladrillo - veintiún hermosos abriles - y los patanes, que la conocían, estaban convencidos que caería rendida a los brazos de alguno de ellos. La tenían controlada, sabían a la hora que iba al hospital y cuando regresaba. Los piropos cada vez eran de mayor calibre. Pero María no quería esa vida de ignorancia y de duro trabajo. Fue una buena alumna en el colegio, pero por imperativos de la vida, tuvo que abandonar la escuela y ponerse a trabajar con catorce años. Comenzó cuidando niños, los últimos que atendió eran hijos de un médico. El médico, como agradecimiento por sus servicios, le informó que se había iniciado la convocatoria para cubrir las plazas de auxiliares en el Hospital. María presentó su solicitud y al poco tiempo la llamaron.
Cerca de su casa vivía José Luis, un antiguo compañero de colegio, también de clase humilde. Siempre se habían llevado bien, ambos eran los mejores alumnos de la escuela. El muchacho tuvo la suerte de poder continuar en el colegio hasta llegar a ingresar a la Universidad. Decidió estudiar medicina. Nunca dejaron de verse, se hicieron novios y prácticamente José Luis estaba todo el día en casa de María. Decía que estaba más tranquilo para estudiar, y a María le gustaba que estuviese con ella. Le ayudaba a mitigar su soledad, se había quedado huérfana. Su madre había muerto al poco de empezar a trabajar en el hospital. De su padre ni se acordaba, falleció al caerse de un andamio cuando ella aún era niña.
-Hola cariño –dijo María con ternura-. Enseguida pongo la mesa.
María preparaba la comida por la noche, de manera que al mediodía sólo tenía que calentarla al fuego. Terminaba agotada, pero no le importaba.
-Gracias, amor –dijo él, dándole un beso, dirigiéndose al sofá con unos apuntes en la mano.
-¿Has tenido prácticas? –preguntó María mientras ponía los cubiertos.
-Sí, estamos auscultando corazones –dijo señalándose el pecho, y añadió leyendo los apuntes: -Con cada latido, el corazón envía sangre a todo nuestro cuerpo; cada día 7.571 litros de sangre viajan a través de aproximadamente 96.560 kilómetros de vasos sanguíneos…
María lo oía divertida. Sabía que después de comer le iba a pedir que le leyera los apuntes mientras él dormitaba en el sofá. Se había convertido en una costumbre. Él decía que así le entraban mejor las lecciones, y la extenuada María repetía una y otra vez las aurículas y ventrículos del corazón hasta sabérselos mejor que él.
Y era cierto.
María a fuerza de repasar e insistir con los temas una y otra vez, consiguió sabérselos mejor que el propio José Luis. “¡Si no fuera por ti…!” le decía él, abrazándola y reconociendo que sin su ayuda no sería nadie…
Un día, después de venir de la Facultad, su novio le dio una buena noticia:
-Cariño –dijo con alegría-. A mi grupo le ha tocado hacer prácticas en tu hospital.
Ambos se abrazaron con alborozo. Después de muchos años iban a poder verse varias veces al día. José Luis buscaría cualquier pretexto para acercarse a la sección de lavandería para cambiarse de bata, además, en el tiempo del café podrían coincidir en la cafetería.
Al principio todo fue bien. A José Luis tan sólo le faltaban unos meses para acabar la carrera. Pero, últimamente, el futuro doctor dejó de frecuentar las visitas a la lavandería. María lo atribuyó al intenso trabajo de fin de carrera. Su novio había ganado prestigio como buen estudiante, los que le conocían le auguraban un porvenir cargado de éxitos. Muchas noches se quedaba sola, mirando el viejo reloj de cucú colocado en la pared del comedor, se acercaba a la ventana esperando, y tan sólo veía las pálidas estrellas hasta quedar rendida en el descolorido sofá.
“Cariño, despierta” le decía susurrando. Le daba pena encontrarla acurrucada en el sofá, esperándolo.
Un día, una compañera de María, al verla sola a la hora del café, le preguntó con animosidad:
-¿Hoy no viene tu doctorcito?
María no contestó. Comprendió la intención de la pregunta.
Sus veintiún años comenzaron a marchitarse, se quedaba sentada en una silla esperando, empezó a perder kilos y a ponerse pálida. Una mañana despertó vomitando, estaba embarazada. Él no se enteró, estaba de guardia.
Últimamente habían visto al joven doctor acompañado de una joven doctora. Ambos estaban en el mismo grupo, y la continua presencia de los dos ya resultaba familiar en el Hospital.
“Bueno…esta semana se gradúa y aguantaré para decírselo” pensaba María. No quería distraerlo, había sido un final de curso duro, y José Luis postulaba para obtener una plaza directa por su brillante expediente académico.
José Luis se graduó con honores. María estaba sin verlo dos días debido a las guardias, papeleos, y demás gestiones burocráticas.
Al tercer día, al llegar cansada y rendida a casa, María se encontró una rosa con una tarjeta encima de la mesa. Su corazón empezó a palpitar de alegría y felicidad. “Mi tesoro ya es médico, se acabaron las penurias” canturreaba. Planificó contarle la buena nueva ese mismo día, estaba embarazada de un mes.
Sin embargo, al abrir el sobre, un estremecimiento le atravesó el pecho, como una premonición. Sus ojos turbados, leyeron la tarjeta:
“Gracias por todo. Sin ti no lo hubiera conseguido. Me he enamorado de una compañera y estamos esperando un hijo. Que seas feliz. Un beso”.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Tribulación con los pavos de Navidad

Menuda llantera de las hermanas Remedios y Antonia.
¿Qué ocurrió?
Resulta que las pobres ancianas solteronas, llevaban más de medio año cebando a tres hermosos pavos para disfrutarlos en Nochebuena con la poca familia que les quedaba. Se había convertido en una tradición reunir en su casa a la familia para cenar en día tan señalado. Ellas se encargaban de alimentar y nutrir a las aves con los mejores piensos, los pavos campaban a sus anchas en el huerto de Aljucer, creciendo sanos y robustos. Día a día se veían más hermosos, felices y confiados, sin sospechar que al final del año, iban a ser principal manjar del festivo menú. Las solteronas lo hacían con amor y satisfacción, era el único día que podían disfrutar de sobrinos, hermanos y sobrinos-nietos…sin embargo, el único interés de la familia era la exuberante cena a mantel puesto. Las pobres viejas pasaban por alto ese detalle mezquino.
Pero ocurrió algo inesperado. Llegó la Nochebuena y, cuando ya estaba todo previsto para la celebración, la gran mesa dispuesta en frente de una enorme chimenea huertana, vasos, cubiertos, vinos excelentes, entremeses…y los invitados dispuestos a hincar el diente, resulta que el festín se tuvo que suspender: ¡no había pavos! Los pavos habían desaparecido.
En su lugar, la familia se encontró a las pobres viejas enfrente del fogón de leña, hundidas y llorosas. ¡Unos inmigrantes amigos de lo ajeno, les habían robado las rechonchas aves!
Sucedió que, tras pelar los pavos con agua caliente y adobarlos con especias, los dejaron marinando en un lateral de la casona enfrente del camino que conduce al río.
Lo demás, ya se pueden imaginar…
La prole familiar, se fue por donde vino. Ni siquiera un pequeño consuelo, ni un adiós dieron a las pobres viejas. Quedaron sentadas en unas banquetas de madera, enfrente del fogón, cabizbajas y abatidas, parecía que se estaban consumiendo como los troncos de la chimenea.
Era noche de paz y amor, para todos, pero no para las pobres viejas.
¡Cuán duro, cuán amargo es llegar a ser viejos!


©Antonio Capel Riera

sábado, 4 de diciembre de 2010

Aterrizaje a traición

FICHA:
ATERRIZAJE A TRAICIÓN
de Antonio J. Capel Riera
Edita: Azarbe, S.L.
Murcia, 2010
Género: narrativa
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-96946-83-5
133 páginas.
Página del autor.
Portada: Cindie Capel Durán
COMENTARIO de Francisco Javier Illán Vivas.
Antonio J. Capel Riera sorprende en esta novela a los que hemos leído, hasta la fecha, lo que ha publicado, pues si esperábamos una comedia, nos encontraremos con un drama donde el autor pone de manifiesto su conocimiento de la aviación, los términos que en ella se utilizan y otros detalles que dan realidad a esta historia de una mujer Mary Smith, entre dos hombres, Peter Sánchez Y Robert Taylor.

Así de sencillo podría pensarse que la trama es facil de adivinar, pero no cuando se está a miles de pies de altura, en un Jumbo 747, y Peter Sánchez es el piloto y Robert Taylor el copiloto.
Además, el autor añade un elemento distorsionador, el teniente William Meyer, pasajero del vuelo, de regreso a Estados Unidos desde su destino en Bagdad, un hombre atormentado que será protagonista, héroe a la fuerza, tras la tormenta de sentimientos que se desboca en la cabina del Jumbo.
El FBI, militares en Estados Unidos y en Bagdad, un afamado psicólogo neoyorquino y un mecenas que ama más la vida que el dinero, serán los elementos que rodean la trama hacia un final inesperado que responde al título elegido por Capel Riera: aterrizaje a traición.
Publicado por Francisco Javier Illán Vivas

sábado, 27 de noviembre de 2010

LA ENIGMÁTICA CUEVA DEL DIABLO


-¡Os lo juro por mis muertos y por la Virgen de la Macarena! –decía el soldado andaluz espantado-. ¡Lo vi con mis propios ojos!
                Todos rieron, nadie le creía.
                El soldado español tenía fama de borrachín, nadie le tomaba en serio. Siempre llevaba la bota de vino colgada al cuello.
                -¿Y dices que se juntaron los cerros de piedra? –preguntó un soldado castellano, entre risas.
                -¡Os lo juro por la Virgen de Triana! –insistía el borrachín andaluz. Le faltaban vírgenes y manos para jurar y perjurar.
                Lo cierto es que, en esos momentos el soldado estaba sobrio. No presentaba signos etílicos. De manera que despertó la duda en el capitán Don Diego de Centeno, que lo observaba desde su caballo.
                Lo mandó llamar. Sintió curiosidad, pero no por la historia que estaba contando, sino porque los de su destacamento aún no habían venido. El único que estaba presente era aquel tenaz aficionado al tinto.
                -¿Y cuántos ibais en la expedición? –preguntó el capitán.
                -Diez, vuestra merced –respondió, mostrando los diez dedos de las manos.
                -Y a vos, ¿Por qué no os aplastaron las enormes rocas? –preguntó el capitán con intención de descubrir si decía la verdad o era producto de alguna alucinación por el alcohol.
                -Porque yo iba a media legua detrás, antes de entrar en la quebrada –dijo el asustado borrachín -. Me salvé porque era el último.
                -¿Y qué pasó? –preguntó más interesado Don Diego de Centeno.
                -Me detuve para hacer mis necesidades y para echar un buchito de tinto -dijo señalando la bota de vino-. Y de pronto oí un gran estruendo. Un ruido ensordecedor, y las gigantescas rocas de la quebrada empezaron a juntarse, como si de una prensa se tratara.
                -¿Se estrecharon las montañas? –preguntó el capitán, incrédulo.
                -¡Sí, capitán! –dijo persignándose -. ¡Los estrujó a todos! No se salvó nadie, ni los caballos.
                No mentía el soldado. El camino de la quebrada despareció al juntarse los dos enormes montículos de piedra. Luego, con gran estruendo y la vez, se escuchó una despiadada carcajada, volviendo las montañas a separase dejando libre el camino de la quebrada. No quedó rastro de ningún soldado, tampoco de ningún caballo. El único indicio de que sucedió algo sobrenatural, fue el hallazgo de algunas armaduras y cascos aplastados, tan finos como una lámina.
                El capitán llamó a Diego Huallpa, el indio que descubrió el Cerro Rico de Potosí, y le preguntó si había oído algo acerca del misterioso incidente.
                -Sé que se han metido en la quebrada que lleva a la Cueva del Diablo1 y la tierra se los ha tragado –dijo con estremecimiento.
                -¿Y la carcajada? -preguntó con máximo interés el conquistador español.
                -Es de Supay, el Tío.
                -¿Supay? ¿Quién es el Tío?
                Antes de contestar, Diego Huallpa, sacó unas hojas de coca y las lanzó al aire.
                -¡…El Señor de la Oscuridad! –dijo con un susurro.
                Don Diego quedó perplejo ante la respuesta del indio. Algo de verdad debía de haber, porque Huallpa hablaba con una mezcla de respeto y temor. Y cuando lanzó las hojas de coca al aire, lo hizo como parte de un rito, para no enfadar a Supay.
                A Supay le temen tanto, como lo veneran; es protector, como destructor. Se presenta de distintas formas: unas veces como un híbrido de macho cabrío y hombre, con cuernos de chivo, rostro satírico, larga perilla y bigotes. El cuerpo es velludo y piernas de chivo con largas pezuñas, y con capa negra. Otros afirman que es casi un enano, y que sus ojos brillan en la oscuridad como los de un gato. También dicen que toma el aspecto de un hombre corriente, para mezclarse con la gente.
                El capitán Centeno, escuchaba con interés a Diego Huallpa. También dijo que podía adoptar indistintamente la forma de un sapo, víbora o perro negro.
                -¿Y cuándo aparece? –insistió. Quería saberlo todo acerca de sus costumbres.
                -Cuando se enoja –afirmó-. Ahorita está enojado. Los españoles no debían haber ido a su casa.
                -¿A su casa? –preguntó sorprendido el capitán-. ¿Vive en el paso de la quebrada?
                -No. Vive en una cueva, en la ladera de la quebrada –respondió el indio Huallpa.
                 Don Diego, se sumió en una profunda meditación. ¿Y si fuese verdad? La información que le había dado el nativo era más que suficiente. “Ahora faltan las comprobaciones”, murmuró el español.
                Don Diego mandó llamar al soldado andaluz. Empezó a creer que había algo de cierto porque el destacamento de los diez hombres no había regresado. El único testigo era el borrachín andaluz.
                -¡A la orden, capitán! –dijo el soldado andaluz con el gracejo típico de los andaluces.
                -Entonces, ¿no bebiste vino durante el recorrido? –quiso asegurarse el capitán.
                -No, ni una gota. Tengo diarrea –se quejó el soldado-. Cago más líquido que agua tiene el Guadalquivir.
                Sonó una carcajada general. Todos rieron la gracia del andaluz.
                Don Diego ni siquiera sonrió.
                -¿Viste algún animal? –prosiguió con el interrogatorio.
                -Vi una enorme serpiente, pero creí que fue por el vino –dijo el soldado.
                -¿No acabas de decir que no has probado ni una sola gota? –preguntó contrariado Don Diego.
                -Así es –respondió temeroso el borrachín.
                -¿Y…?
                -Es que me estaba cagando y creo que he visto visiones…estoy muy débil –dijo con cara de lástima.
                Otra carcajada retumbó en el aire. Los soldados se lo estaban pasando burlescamente con las ocurrencias del andaluz.
                -¡Silencio! –ordenó el capitán-. ¡Iros a vuestras ocupaciones!
                Centeno empezó a creer en el andaluz y en las informaciones suministradas por el indio Huallpa. “Voy a tener que comunicárselo al cura Acosta” murmuró.
                Don Diego quedó convencido del extraño suceso. Contrapuso las opiniones de dos personas de diferente raza, cultura y continente. Llegando a la insólita conclusión de que ¡coincidían! El capitán tenía gran devoción por San Bartolomé. “Voy a pedirle al Padre Acosta una peregrinación a la quebrada” afirmó con decisión.
                El capitán Don Diego de Centeno, se trazó un plan: conocer aquella mentada Cueva del Diablo1 que tantos rumores estaba despertando en la Villa Imperial de Carlos V. Se reunió con el Padre Acosta, era imprescindible su opinión:
                -Cuando llegó Cristo al viejo continente, echamos al demonio y se refugió aquí, en las Indias –dijo el sacerdote-. Está reinando como dueño absoluto de Potosí, ¡por eso, hemos venido a desterrarlo!
                -Estoy con vuestra merced, Santo Padre –dijo el capitán-. Cuando disponga emprenderemos la marcha.
                Tras dos semanas de preparación para la partida, el destacamento esculpió una imagen del apóstol San Bartolomé y talló una cruz de madera. Un domingo de madrugada partieron rumbo a la Cueva del Diablo, guiados por el indio Huallpa. El plan fue dejar la imagen en una cueva más pequeña, cerca de la Cueva del Diablo. No se atrevieron a colocarla en la mismísima Cueva del Maligno; el indio Huallpa les metió miedo en el cuerpo a los expedicionarios. Además, días antes, los españoles pudieron comprobar que lo que contaba era cierto, pues un atardecer, un destacamento que se aproximó a la Cueva, experimentó que de improviso sus cabalgaduras se alborotaron y no pararon hasta tirar al suelo a los jinetes.
                El Padre Acosta, al ser informado del percance de la expedición, ordenó que la imagen de San Bartolomé se colocara mirando a la cueva del demonio. Nada más colocar la imagen de frente, salió éste, bramando y haciendo un espantoso ruido, estrellándose contra la roca.
                -¡Santo Cielo! –exclamó el sacerdote.
                Algunos se santiguaban mirando atónitos el impacto del Maligno. Varios se tapaban los oídos del feroz rugido, otros, se tapaban la nariz ante un nauseabundo olor a azufre. De pronto, se produjo un sepulcral silencio y la roca fue adquiriendo un color verdinegro.
                El sacerdote fue quien reaccionó primero, y pidió ayuda para coger el cuerpo maltrecho del inicuo que yacía boca abajo.
 -¡En nombre de Dios, metamos a esta criatura en la cueva! ¡Don Diego! ¡Ayudadme! ¡De prisa! ¡Que alguien sostenga la Señal! –clamaba el cura.
                Entre varios hombres cogieron de las patas al demoníaco ser y lo arrastraron hasta su cueva.
-¡De prisa! ¡Los que estáis enfrente, traed la Cruz y asegurad bien al Santo! –ordenó el capitán Centeno.
Y así lo hicieron.
                El cielo cambió de color, el viento dejo de soplar. Todo estaba en calma. La expedición contemplaba con asombro lo que estaba ocurriendo. Encerraron al siniestro, y colocaron la Cruz para evitar que huyera.
                Desde entonces, el Maligno, quedo recluido en la cueva. Nunca más sucedieron hechos extraños al atravesar la quebrada. Desparecieron los vientos huracanados, que muchas veces lanzaban contra las rocas a los transeúntes.
                Cada año peregrinan curiosos y fieles de San Bartolomé hasta el lugar donde un día, el Diablo quedó encerrado en su propia cueva.

1Cueva del Diablo, se encuentra enclavada en la quebrada de San Bartolomé, a 7 kms. de Potosí (Bolivia)

domingo, 14 de noviembre de 2010

EL VIVO AL BOLLO, EL MUERTO AL HOYO

Pero si está muerto…! ¿Es que va a continuar la fiesta?
-¡Por supuesto!- dijo el anciano presidente del Hogar de Pensionistas apenas sin inmutarse.
-No lo podemos dejar aquí en medio de la pista de baile- objetó el sorprendido podólogo al presidente.
-Acomódalo en el sillón de tu consulta…
En los Hogares de Pensionistas repartidos por toda la geografía española, acontecen situaciones de las más variadas y entretenidas. Con la vejez el corazón no mejora, se endurece. Y ésta es la historia que sucedió un caluroso domingo de julio.
Se celebraba un concurso de baile en el Centro de Jubilados, para ello se había engalanado el salón con banderitas con los colores de la Enseña Nacional; en todo el recinto aparecían el rojo y el amarillo, salteados con globos de varios tamaños, destacando los alargados en forma de una gigante salchicha, que de vez en cuando estallaban produciendo un sonoro estampido que hacían saltar de la silla a alguna asustadiza anciana, seguidas de unas risas desdentadas y convulsas de algunos de los ochentones presentes.
La burla y el ridículo de los presentes se hacían ostentosos si la exclamación era desproporcionada; y por ahí empezaban las discusiones, porque entre todas las injurias las que menos se perdonan son la burla y el ridículo.
El Presidente lo tenía todo dispuesto; el músico con sus sofisticados instrumentos empezó a ambientar la reunión. Se organizó la Mesa del Jurado, cuya responsabilidad recayó en el podólogo del Centro. “Maldita la gracia que me hace”, pensaba. Y tenía razón. Un domingo de julio a 40º grados y a las cinco de la tarde no daría ganas a ningún mortal, y más al podólogo quien tuvo que desplazarse de la playa para presidir dicho concurso a petición de la Junta Directiva del Centro.
El Presidente tras hacer la presentación del Jurado del Concurso y del músico e informar de las bases del mismo, ordenó el inicio de la competición. Empezaron a retumbar en el salón los compases de un pasodoble español, abuelos y abuelas, de un salto, como si estuviesen impulsados con un resorte en los glúteos, se pusieron en pie olvidándose de sus oxidadas rodillas y demás artrosis varias. Bailaban en parejas, siendo la mayoría ‘arrejuntados’, no porque no pudieran casarse como Dios manda, porque si lo hacían legalmente perderían la Pensión de Viudedad, y con los tiempos que corren y la escasa pensión, apenas daría para subsistir.
Aparte de las parejas heterosexuales, también participaban las formadas por mujeres, y no porque fueran ‘de la acera de enfrente’, si no porque no habían hombres suficientes para poder constituir la pareja de baile para concursar. En los Hogares de Pensionistas de España predominan las mujeres porque son más longevas que los hombres. La esperanza media de vida de los españoles supera los 80 años, sin embargo, las mujeres viven unos seis años más que los hombres.
Pero aconteció un hecho inesperado: a las cinco y diez, y tras los primeros compases del archiconocido pasodoble ‘España cañí’, se oyó un golpe seco: cayó fulminado al suelo uno de los concursantes. Su aspecto era esperpéntico; quedó boca arriba, la mirada hacia la Mesa del Jurado y una sonrisa como diciendo: ¡Va por ustedes!
Ante el imprevisto suceso, el podólogo -a la sazón presidente del Jurado- ordenó parar la música.
-Pobretico…murió como quería…-decían unos.
-Era su pasodoble preferido- aseguraban otros.
Conforme se acercaban algunos a curiosear, lanzaban exclamaciones de todo tipo:
-Es que le echó mucha enjundia…-decía uno mirándole a la cara sin expresión.
-Ya se lo decía yo- manifestaba otro de los más allegados- No te embeleses tanto con ese pasodoble que un día te va a dar algo.
Y así fue como sucedió.
Entretanto, mientras colocaban al desafortunado bailarín en la habitación del podólogo, éste se sorprendió al oír nuevamente repiquetear las castañuelas del pasodoble español.
“No puede ser, se debe tratar de un error” pensaba mientras intentaba acomodar al finado en el sillón podológico a ritmo de pasodoble. Llegó a pensar que el músico no se había enterado que aconteció un hecho luctuoso.
Apenas salió de la habitación tras intentar enderezar al difunto, -cosa que no pudo conseguir por la forma del sillón-, mas parecía un paciente sentado esperando los servicios profesionales del podólogo, se dirigió al presidente del Centro para pedir explicaciones porqué se había reiniciado la fiesta.
La respuesta del presidente no se hizo esperar:
-El muerto al hoyo, el vivo al bollo –dijo sonriendo mientras bailaba con una longeva de pelo largo de color morado.
-Pero habrá que llamar a Urgencias para que certifique su defunción- dijo el atribulado podólogo.
-Encárgate tú, la fiesta no se puede detener…
El podólogo no salía de su asombro ante las manifestaciones del presidente del Centro. ¿No se daba cuenta de que había un muerto en la habitación contigua víctima de un pasodoble? Por lo menos debería existir un mínimo de respeto ante un ser humano –ahora sin vida- que minutos antes estaba participando del jolgorio organizado por el propio Centro. El podólogo no daba crédito a lo que estaba viendo.
-Pero, ¿el concurso continúa? –preguntó más con miedo que con indecisión.
-¡Pues claro que continúa! Y toma buena nota de los participantes porque eres el Presidente del Jurado –le espetó el intemperante anciano.
El podólogo turbado por los acontecimientos, logró llamar a Urgencias y aguardó en la mesa del jurado a que viniese un médico para firmar el Certificado de Defunción. Entretanto, daba una ojeada a los concursantes, sin ver sus evoluciones danzarinas, más bien miraba sus rostros con el fin de encontrar algún atisbo de preocupación o tristeza por lo ocurrido.
Pero a nadie parecía importarle lo sucedido.
En un pequeño alto que hizo el músico para reparar unos cables que una de las ancianas se llevó por delante al dar un giro como un trompo y salir desorientada, el podólogo aprovechó para conversar con el presidente; quería una explicación más convincente de que no se hubiese detenido la fiesta.
-Verás, mi joven podólogo –dijo el presidente aspirando una bocanada de aire, para coger fuerzas tras el exhaustivo baile-. Todos los que estamos aquí, nos encontramos en la recta final de nuestras vidas; un año para ti es un día para nosotros. Probablemente, la próxima semana, algunos de los presentes esté criando malvas…
La conversación se vio interrumpida porque comenzó a sonar otro pasodoble; y una octogenaria cogió del brazo al directivo del Centro y a tirones lo llevó a la pista de baile, entre risas. El podólogo quedó pensativo, sabía que la virtud de envejecer es la virtud de conservar alguna esperanza. Y probablemente éste domingo caluroso era el de una esperanza de alguno de los concurrentes.
Al poco, llegó una ambulancia con una joven doctora; era obvio de que se trataba de una doctora sustituta. En verano, los Servicios de Urgencias por regla general son atendidos por médicos que han acabado la carrera recientemente. Los médicos veteranos, si pueden, se quitan de encima los meses de verano.
La doctora, nada más entrar, creyó estar en el lugar equivocado al apreciar la diversión del Centro. Ahí no podía hallarse un difunto. Se acercó al Conserje, éste la envió al Presidente del Centro, y éste a su vez, al podólogo.
-Soy la doctora de Urgencias…creo que me han dado mal la dirección- dijo algo confundida.
-Es aquí. Le han dado bien la dirección –dijo el podólogo intentando despejar su duda y dirigiéndola hacia la sala de curas.
-¿Y esta fiesta? –preguntó aún mas asombrada.
-Bueno…son mayores y el poco tiempo que les queda lo aprovechan –dijo el podólogo con una pizca de humor negro.
La incrédula doctora examinó y auscultó al difunto, confirmando su muerte y extendiendo el Certificado de Defunción.
Nada mas marcharse la doctora, apareció una Jueza, también joven, y probablemente de igual forma sustituta. Y de la misma manera que la doctora, se sorprendió de que hubiese una fiesta en el lugar funesto de los hechos. Los ojos como platos, extendió el Certificado del levantamiento del cadáver y se marchó por donde vino como alma que lleva el diablo.
A continuación de la Jueza, llegaron los operarios de la funeraria con el ataúd al hombro.
-¿Seguro que es aquí? –preguntó uno de los empleados secándose el sudor de la frente.
-No creo –dijo el otro-. Aquí hay mucha marcha.
Cuando se disponían a irse, el podólogo se dio cuenta que a ellos también la situación se les hacia inverosímil, y prestamente se acercó antes de que cargasen de vuelta con el pesado ataúd.
-Por aquí, por favor –dijo mostrándoles la puerta de la sala de curas.
-¡Joder con los viejos! Han perdido la vergüenza con tal de ligar…-comentó uno de ellos con cara de consternación.
Como pudieron, alzaron el cadáver del sillón y colocaron el tieso cuerpo dentro del ataúd. No pudieron extender una de las piernas debido a la rigidez, por lo que no cerraron el ataúd, posponiendo dicha acción para cuando llegasen a la funeraria.
La salida del finado del Centro de Jubilados fue épica. Los operarios apenas podían con el pesado ataúd con la caja destapada, pero sobre todo, lo más trabajoso era sortear a las parejas que estaban bailando. Unas veces frenaban bruscamente para no ser atropellados por una fogosa pareja de ancianos danzarines, y otras, aceleraban el paso al ver un claro para conseguir llegar a la salida.
En su último viaje del finado por la sala de baile, con el ataúd sin la tapa, dejaba ver la cara del difunto, que parecía que estaba echando un último vistazo con los ojos a media luz a los bailarines.
-Hasta dentro de un rato, Pepe –dijo un pensionista cuando pasó por su lado haciendo un paso de torero a ritmo del pasodoble que estaba bailando en ese momento.
Risas, muchas risas…saben que el próximo puede ser uno de ellos.
Escrito