domingo, 11 de noviembre de 2012

‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’





Todos eran jóvenes médicos residentes, desparramaban ilusión y ganas por aprender. Admisión de Urgencias de cualquier Hospital de la Región de Murcia, era el lugar más solicitado por todos aquellos flamantes médicos que realmente aman su profesión. “Es donde más se aprende” decía uno; “Se ven patologías de las más insospechadas”, decía otro.
Y era cierto.
A Urgencias acudían pacientes de diversa patología: accidentes laborales, tráfico o domésticos; y también por enfermedades de etiología variada.
Una noche de verano ingresó un personaje que llamó la atención de los Residentes de Guardia. Iba acompañado de ilustres –preocupados- del mundo de la cultura. Aparentemente no tenía nada grave. Presentaba unos ligeros vértigos, leve taquicardia, pero sobre todo una profunda congoja.
-¿Ha tenido un disgusto? –preguntó uno de los jóvenes facultativos mientras lo auscultaba.
El paciente con la mirada perdida negaba moviendo la cabeza.
-¿Ha sido atracado? –preguntó otro.
También lo negaba. No había forma de sacarle palabra. “Lo mejor será preguntar a los acompañantes” dijo el médico que llevaba la voz cantante. Realmente estaba interesado en el caso.
-¿Ustedes estaban con el paciente cuando le aparecieron los síntomas?
-Sí –respondió el que parecía hacer de portavoz del grupo.
-¿Qué estaba haciendo? –preguntó el facultativo.
Los acompañantes se miraron turbados; al cabo de unos instantes respondió el que hacía de portavoz:
-Viendo la puesta de sol en el Mar Menor –dijo con voz trémula, avergonzado por la causa -.Parecía extasiado.
¿Quién podía creer que por ver una puesta de sol en el Mar Menor podía producirle un síncope? El médico volvió a repasar el electrocardiograma y bioquímica en sangre; todo estaba normal. ¿Qué estaba pasando con este paciente?
Los animosos médicos decidieron que había que consultar con el Jefe de Guardia; un galeno veterano y curtido, con más de 20 años de experiencia.
Al cabo de un instante se presentó el Jefe de Guardia, lanzando un sonoro resoplido tras un bostezo. Echó una ojeada al paciente, sobre todo a los acompañantes.
-¿A qué se dedica este señor? –preguntó deliberadamente tras ver la casta de amigos que habían venido con él.
-Es poeta y pintor –respondió uno de los amigos.
-¿Y ustedes?
-También somos del gremio poético y cultural de la ciudad –añadió otro.
El veterano médico volvió a mirar al cariacontecido enfermo.
-¿Es extranjero, verdad?
-Sí, escocés.
El Jefe de Guardia se dirigió a los médicos residentes y les preguntó:
-¿Habéis oído hablar del ‘Síndrome de Stendhal’?
Todos se excusaron, desconocían su existencia.
-Id a la Biblioteca Médica y en diez minutos os quiero aquí con un diagnóstico –ordenó con firmeza.
Resulta que existe una enfermedad denominada ‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’, también llamado ‘Sindrome de Florencia’. La causa es por un exceso de belleza, tal como le sucedió al escritor francés Stendhal en 1817 cuando visitó Florencia. Ocurrió que al entrar en la Basílica de Santa Crote, quedó impactado de tanta hermosura y magnificencia que le sobrevino un cuadro clínico cardíaco, vértigos y obnubilación. De ahí viene el nombre del ‘Síndrome de Stendhal’.
Al cabo de media hora, se hicieron presentes los residentes en la sala de Sesiones Clínicas; habían investigado en los archivos y en la biblioteca del Hospital, también en revistas médicas y a través de internet.
La sorpresa de los jóvenes médicos fue mayúscula; no entendían cómo se podía enfermar de belleza, y ante la cara de incredulidad que manifestaban, el Jefe de Guardia les ilustró dicho síndrome.
-¿Recordáis lo que dijo Paracelso?  -dijo el veterano médico-. Todo es tóxico a dosis excesivas. Y la belleza puede serlo.
Los médicos residentes oían con sumo interés al Jefe de Guardia.
-Pero ¿cómo se produce la causa-efecto? –preguntó uno de los médicos en ciernes.
-Muy sencillo-dijo el médico veterano-. No es la sustancia; es la dosis la que hace enfermar. Un medicamento en la dosis adecuada puede curar, pero administrada demás puede matar. Y esto no es válido sólo para las sustancias químicas; también actúa en el alma humana, en la psique…
El Jefe de Guardia volvió a examinar al blanquecino y pecoso paciente escocés. Luego volvió a dirigirse a sus residentes:
-¿Veis a este escocés? ¡En su vida ha visto un atardecer lleno de luminosidad y fulgor como los del Mar Menor! –afirmó con rotundidad-.Además, si tiene un espíritu sensible e impresionable, la dosis de sol mediterráneo actuó como una sobredosis.
Tenía razón el médico veterano. El escocés jamás había salido de su lluviosa y oscura Escocia; de pronto, sus amigos, amantes de lo bello y estético, lo invitaron a disfrutar de un atardecer a orillas del Mar Menor. Casi fue su colofón vital… por exceso de belleza.

©antoniocapelriera



domingo, 21 de octubre de 2012

COLÓN ERA JUDÍO




-Queridos hermanos, debemos convertirnos al cristianismo –dijo con tristeza Colón.
            -¿No tenemos otra salida? –preguntó Bartolomé.
Cristóbal miró a Bartolomé, y luego a Diego. Ambos miraban la cara de preocupación de Cristóbal.
-La Santa Inquisición está quemando a judíos sin piedad –advirtió Colón-. Debemos estar prevenidos.
-¿Y el proyecto para ir a Cipango? –se interesó Diego.
-Primero tenemos que salvar el pellejo, luego vendrá el descubrimiento de la nueva ruta hacia el Japón.
Colón ya lo tenía todo planeado; vivió una temporada con unos tíos en Zaragoza, y después en Mallorca donde había nacido.
Y a modo de despedida les dijo a sus hermanos:
-No lo olvidéis; hemos nacido en Génova.
Los hermanos se extrañaron pero lo comprendieron enseguida; con la Santa Inquisición no se podía jugar.



©antoniocapelriera

domingo, 22 de julio de 2012

POTOSÍ, EL COFRE DE EUROPA


Potosí era, sin duda, la ciudad más fastuosa y bella de América y una de las más pobladas del mundo. En ella se reunía de todo lo mejor de Europa; la excelente cocina, el fascinante mundo de la moda y la alta costura; teatros, salas de baile…y de juegos. También, ¡cómo no! hermosas mujeres de dudosa reputación.
-Vuestra merced no lo creía, ¿verdad? –dice el arzobispo Pedro de Villagómez, señalando el teatro de la calle Mayor.
-¡Por supuesto que lo creo! –responde el virrey –. Hay más habitantes aquí que Madrid en estos momentos.
Y tenía razón el virrey Luis Enríquez de Guzmán.
Madrid estaba por debajo en número de habitantes con respecto a Potosí; Londres y París no muy por encima. Pero había una gran diferencia entre la bella Villa Imperial potosina con estas ciudades europeas: la fastuosidad de la Villa Imperial y el declive de las metrópolis del viejo continente no tenía parangón. La vieja Europa vivía a costa de la riqueza que producía la Villa Imperial de Potosí. Con singular frecuencia zarpaban barcos cargados de oro y plata directamente a Sevilla, donde los ávidos banqueros del Rey de España, los alemanes Fugger y Welser, esperaban el mineral precioso para negociar en la vieja Europa sin competencia alguna. Tenían el monopolio; el mismísimo rey lo aprobaba.
Pero el virrey estaba de muy mal humor. La nao capitana de la Armada del Sur, bautizada como San Francisco Solano, acababa de hundirse con 600 hombres y seis millones de pesos en oro y plata. Y la nueva orden recibida de Felipe IV, el Grande, era que tenía que enviar a España un millón de pesos con la mayor brevedad posible.
-¿No quiere recaudar dinero? La función de esta noche es una de las más caras de la temporada –le informa el arzobispo irónicamente.
-No le entiendo –indica el virrey Luis Enríquez de Guzmán, mirándolo con interés.
El arzobispo sonrió maliciosamente.
-Si usted arranca tan sólo los botones del ropaje de las numerosas damas de alto copete que asistirán a la función, y las empuñaduras de las armas que guardan en el chaleco de terciopelo los engolados caballeros, le quedaría bastante menos para conseguir el millón –le asegura con ironía el arzobispo.
-¿Tanto llevan encima? –se sorprende el recién llegado virrey.
-¡Vive Dios! –exclama el representante de la Iglesia -. ¡Hasta las suelas de los zapatitos de las damas son finas láminas de plata!
Y era cierto. Encajes, puntillas y bordados dejaban ver finos hilos de oro y plata relucientes. Muchos españoles altaneros y soberbios hacían poner herraduras de plata en sus cabalgaduras.
-¿Y qué dice la iglesia ante tanto derroche? –pregunta el virrey con cierta apatía.
El arzobispo sonríe otra vez socarronamente.
-¿Qué va a decir si los altares de España están repletos de candelabros de oro y plata?
El virrey no salía de su asombro; unas veces por lo que veía en las calles, admirando cuando se cruzaba con algún carruaje con los asientos chapados en plata; y otras, por la información que le daba el arzobispo.
Sin duda que Potosí era un derroche de riqueza; había más iglesias por metro cuadrado que en toda Europa; otro tanto acontecía con residencias, palacios y plazas engalanadas opulentamente. Las artes cobraron un auge inusitado; se había convertido en la ciudad más grande de América y la más rica del mundo. Era la joya del imperio español. El mismísimo Miguel de Cervantes creó la frase de ¡vale un Potosí! para expresar el altísimo valor de un objeto.
Potosí salvó la maltrecha economía de la vieja Europa cortesana.
Excepto Cervantes, ¿quién se acuerda de Potosí actualmente?

Copyright  © Antonio Capel Riera

sábado, 14 de abril de 2012

Un murciano desvela el secreto de los tiros imparables de CR7

El podólogo Antonio Capel dice que el madridista «golpea el balón con fuerza en la zona de la válvula y así logra que en el aire haga esos vaivenes»

El podólogo murciano Antonio Capel Riera acaba de cumplir 60 años y lleva la mitad de su vida estudiando y solucionando problemas que afectan al pie. Entre su clientela figuran muchos deportistas, entre ellos los futbolistas del Real Murcia y hasta hace unos años también los de ElPozo. La curiosidad le ha llevado a intentar desentrañar los detalles del endiablado golpeo del balón de Cristiano Ronaldo en el lanzamiento de las faltas.
«Ronaldo se aprovecha de que tiene una gran pegada, igual que otros muchos, pero la diferencia es que él sabe dónde tiene que darle al balón. Busca las leyes físicas. Lo hace en la zona más compacta, que es donde se encuentra la válvula para insuflarle aire. La pelota ya sale despedida con más fuerza y como esa válvula, que es el centro de gravedad, está ladeada, cuando adquiere una gran velocidad la resistencia del aire provoca esa especie de vaivenes o culebrinas que despistan a los porteros».
Capel matiza, ya en plan científico, que «es la tercera ley de Newton, que conocemos como principio de acción y reacción, por la que si un cuerpo 'A' ejerce una acción sobre otro cuerpo 'B', éste realiza sobre el 'A' otra acción igual y de sentido contrario, que no se anulan entre sí puesto que actúan sobre cuerpos distintos. Ronaldo coloca el balón buscando la válvula, mira la distancia y da tres o cuatro pasos para atrás según la distancia. Luego golpea en el punto que él quiere para que actúe ese efecto aerodinámico. Por eso siempre busca huecos abiertos por arriba, nunca tira contra la barrera, porque cuando coge velocidad es cuando se produce ese efecto aerodinámico».
Además de ensayar el golpeo de balón, el futbolista también tiene que cuidar con mimo sus pies, una extremidad que para Antonio Capel es «la obra más perfecta de la arquitectura. Los ingenieros y los arquitectos admiran esos 26 huesos que lo componen y que nos diferencian del resto de los seres vivos. El pie es lo que sustenta, acelera, frena y gira».
Y para los futbolistas «es su herramienta de trabajo. Sufren artrosis, callosidades, rozadoras, ampollas, que hay que drenar después de cada partido, hematomas debajo de las uñas. Los pisotones en un partido de fútbol duelen muchísimo, sobre todo si te pillan en un callo del dedo pequeño. Por cierto, que quienes más los sufren son los porteros. Se ensañan con ellos en los córners. El cuidado de las uñas, por otra parte, es fundamental porque protegen los dedos y hay que reconducir su crecimiento para que no provoquen heridas».
Por cierto, que los primeros futbolistas que trató Capel como podólogo fueron los del Real Madrid. «Era la época de la 'Quinta del Buitre', yo acababa de terminar la carrera de podólogo en Madrid y me cogió como ayudante el profesor Álvarez, que entre sus pacientes estaban la Casa Real y el Real Madrid».

domingo, 26 de febrero de 2012

-¡Maravillas! –vocifera el capitán Valdivieso, enfadado, dirigiéndose a su esposa.
-¿Qué ocurre? –pregunta, asustada la mujer.
-¡El niño está en la calle! Llámalo o lo traigo de una oreja –amenaza el militar con voz cuartelera.
Maravillas Henarejos, la sufrida madre, siempre estaba al quite.
-Pero si está jugando con sus amiguitos…no te enfades.
-Yo no me enfado, me limito a hacértelo notar. ¿Por qué no te ocupas en ver a qué juega?  Sus amiguitos están jugando con unas espadas de madera, y tu hijo, en una esquina pintando con las nenas. ¡Domingo Valdivieso tiene que ser militar, como su padre!
-Le gusta pintar; no veo por qué hay que obligarlo a ser militar –justifica la madre, intentando apaciguarlo.
-¿Quieres buscarme las cosquillas? Ya sabes cómo son los pueblos, rápidamente comienzan las murmuraciones. Los niños juegan a la guerra, no con dibujitos.
Y era cierto.
Mazarrón, por el año 1840, era un pequeño pueblo minero, donde se explotaba el alumbre, el cual era empleado para fijar los colores en la industria textil. De ahí que Domingo Valdivieso se sintiera atraído por la pintura y el dibujo, y no había mejor lugar para pintar que en las paredes de algunas casas abandonadas, utilizando el alumbre como fijador.
-¡Es espantoso! –murmura el capitán Valdivieso -. A este niño hay que enviarlo a Murcia.
-¿Por qué? –pregunta su mujer-. Aún es un niño, ¿no te da pena?
-Claro que me da pena, pero más pena me daría que se metieran con sus gustos. Lo enviaremos a casa de un primo y que estudie en Murcia. Ya sabes, en los pueblos hay mucha malicia y no quiero partirle la cara a nadie –exclama dirigiéndose a su mujer-.  No hay que pensarlo más, si le gusta pintar, pues que pinte pero como Dios manda. Que vaya a una academia…
Doña Maravillas Henarejos solloza y hace un gesto de resignación, dando por hecho su marcha del pueblo. Transcurren algunos días y Domingo Valdivieso se instala en Murcia. Poco tarda en adaptarse, y también pronto empieza destacar como dibujante. Cuando termina el bachillerato, el Director recomienda a sus padres que lo envíe a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Y así fue. Tras terminar sus estudios en San Fernando viaja a París y Roma para adquirir más conocimientos técnicos. Después de su etapa romana viaja a Madrid para trabajar como profesor de ‘Anatomía Pictórica’ en la Escuela Superior de Bellas Artes de la ciudad, compaginando el trabajo como pintor, correspondiendo al encargo de muchos cortesanos de la época.
Al cabo de los años, Domingo Valdivieso, después de muchas dificultades, consigue hacerse un nombre en el gremio pictórico. Obtiene una medalla en la Exposición Nacional en 1864, cuando contaba con 34 años, cuya obra fue adquirida por el Estado.
-¿Y cómo dice que se llama esta obra? –pregunta con admiración un erudito en la materia venido de Norteamérica.
-“El Descendimiento” –responde el jefe de conservación de pintura del Museo del Prado.
-¡Qué maravilla! –exclama, mientras daba unos pasitos hacia atrás para encontrar la distancia correcta para apreciar mejor el cuadro-. ¿Y dice que es murciano?
-Sí, nacido en Mazarrón –afirmó el responsable de conservación.
-¿Y dice que el pintor Eduardo Rosales posaba para él?
-Así es, eran muy amigos. Se conocieron en Roma.
-Entonces, se puede decir que la anatomía del Cristo es Rosales, ¿verdad? –pregunta con curiosidad el erudito y marchante de Nueva York.
-Sí, también posó para el “Cristo yaciente”, que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Murcia –informó el conservador del Prado.
El marchante contemplaba extasiado el colorido y el tinte tan original de su obra. “Qué lástima que haya muerto tan joven, pudo haber sido el sucesor de Goya”, pensó para sí. El mazarronero Domingo Valdivieso murió a la edad de 42 años debido a un derrame cerebral.

©antoniocapelriera

domingo, 11 de diciembre de 2011

El “Tata” Belzu, un presidente cornudo

                -El “Tata” sigue enojado –dijo Cirilo a su mujer, mientras ésta desgranaba unas mazorcas de maíz.
La mujer se detuvo, miró a su marido y dijo:
-Hay que llamar al padrecito Juan.
Cirilo, tras guardar las botas relucientes del “Tata” Belzu, se puso el grueso poncho y se encaminó a la iglesia.
El padre Juan les tenía ordenado que cuando el presidente Isidoro Belzu despertara con un humor de perros, inmediatamente debían de llamarlo. Y así lo hacían. La última vez que el “Tata” Belzu amaneció irritado había mandado llamar a sus húsares para ir a la finca de los Ballivián. Era una obsesión enfermiza que tenía contra dicha familia.
Y tenía sus motivos. Isidoro Belzu nunca pudo olvidar la afrenta que le hizo el ex presidente Ballivián. Resulta que el susodicho era entonces presidente de Bolivia, se estaba aprovechando de la esposa del ‘“tata” Belzu; y para tener el campo despejado destinó a Belzu, coronel en esa época, a un puesto fronterizo con Perú. Pero un día, Belzu regresó a La Paz apresurado; le habían dicho que su madre estaba muy enferma, y lo que descubrió fue otro asunto que le marcó para toda la vida: sorprendió a su mujer y a Ballivián placiéndose en su propia alcoba.
La reacción del marido ofendido fue antológica:
-¡Cómo es posible que una mujer culta y refinada se entregue a devaneos eróticos! -  dijo, intentando utilizar un lenguaje culto, ya que su mujer, Doña Juana Manuela Gorriti era escritora, muy nombrada en los círculos de la alta sociedad paceña.
Y ésta, que era descarada por demás, le respondió hiriendo donde más le dolía al pobre "Tata” Belzu: en su ignorancia.
-Simplemente entreno con oficiales del alto rango cultural e intelectual –matizó burlonamente mientras se vestía con guasa.
Belzu no pudo controlarse. Sacó el sable y dio un golpe encima de la cama con tal fuerza que la hoja del arma blanca quebróse por la empuñadura. Gracias a tal hecho Ballivián salvó la vida. Salió presto en calzoncillos, montó como pudo en su caballo y llegó a Palacio como alma que lleva el diablo. Inmediatamente ordenó a su guardia que detuvieran al coronel Belzu, degradándolo a último recluta del regimiento.
El “Tata” juró venganza. Y al cabo de unos meses organizó una revuelta para echar a su odiado rival. Y lo consiguió, llegando a ser presidente en 1848. Durante su mandato se prometió a sí mismo que iba a lavar su imagen y dignificar su nombre, ya que en todos los círculos lo conocían como “el presidente cornudo”.
Juró y perjuró que iba a acabar con todo lo que estuviera relacionado con el apellido Ballivián. Durante los casi diez años de presidente, su odio se hizo enfermizo. De ahí que tuvieran que solicitar los servicios del padre Juan, su confesor, quien era el único que podía apaciguar los ánimos crueles hacia los Ballivián, quienes finalmente tuvieron que huir del país.
-¡Padrecito! ¡Padrecito!  –dijo Cirilo aporreando la gruesa puerta de la parroquia-. El “Tata” se está alistando para darles huasca a los Ballivián.
-Ya voy, ya voy –se oyó decir detrás de la puerta al padre Juan, con voz cansina.
©AntonioCapelRiera

*(Isidoro Belzu, Presidente de Bolivia 1848-1855)

domingo, 6 de noviembre de 2011

COLON, EL TAIMADO, NO FUE EL PRIMERO.

-¡Me ha engañado! ¡Es un sinvergüenza! –vociferaba en la vieja taberna cerca del palacio, Juan Rodríguez Bermejo.
                Los presentes oían con asombro las palabras malsonantes que hacía el famélico marino. No se explicaban de su atrevimiento cuando a escasa distancia se encontraba la guardia real de los reyes católicos esperando a Cristóbal Colón. Era un 15 de marzo de 1493, día de fiesta: Colón acababa de llegar del Nuevo Mundo, e iba a informar de su descubrimiento a los reyes.
                Uno de los presentes, sentado en una desvencijada silla, y que ya llevaba unas copas demás de vino tinto, se animó a preguntarle al desaliñado marino:
                -¿De quién habláis?
                -Del Almirante Colón –dijo en voz alta-. ¡Me debe 10.000 maravedíes!
                -Eso es mucho percal –dijo el borrachín. Y añadió: -¿Por qué os lo adeuda?
                El marino se colocó encima de una silla, alzó un brazo y exclamó vociferando:
                -¡Tierra! ¡Tierra! –y dirigiéndose al curioso dijo: -Yo, Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, sevillano de pura cepa, he sido el primero en ver tierra.
                En un santiamén se vio rodeado de curiosos, algunos eran miembros de la guardia real. Pero Rodrigo de Triana no se amilanó. Al contrario, se enardeció, se sentía estafado. Insistía en que Colón lo había engañado, no había cumplido lo prometido en premiar con los 10.000 maravedíes al primero que viera tierra.
                Y era verdad.
                Cristóbal Colón no entregó la recompensa al marinero Rodrigo de Triana, además mintió. Dijo que él había sido el primero en divisar tierra americana. Y no era cierto porque Colón iba en la carabela ‘La Niña’, por detrás de ‘La Pinta’. 
                Ante el revuelo que se montó en la taberna, la guardia real se dispuso a arrestar al enfadado Rodrigo de Triana para llevarlo al calabozo, pero afortunadamente para el marino, pasaba la Comitiva en la que se encontraba fray Bartolomé de la Casas, y éste, conocedor de los hechos de primera mano, interpeló por el hambriento marino.
                -Este hombre dice la verdad –dijo fray Bartolomé-. El Almirante Colón iba detrás y difícilmente pudo avistar tierra antes que Rodrigo.
                Y soltaron al pobre Rodrigo, quien decepcionado se fue al norte de África con una mano delante y otra detrás, terminando sus días convertido al Islam.
               
               




domingo, 30 de octubre de 2011

Santos Inocentes y la Zorra

La joven doctora Paula G. M. se lamentaba de su descubrimiento. Maldecía a cada instante la hora en que se le ocurrió realizar la investigación. Es cierto que todo surgió cuando la destinaron al Servicio de Análisis Clínicos durante su formación como Médico Residente.
                La doctora susurraba con un estremecimiento de disgusto:
                -Maldita la hora en que hice el estudio de ADN.
                Entre algunos residentes y médicos adjuntos, comentaban con cierta jocosidad, las sorpresas que se obtenían de los tests de paternidad ordenados por el juez de turno. Las estadísticas reflejan que el 30% de los tests de paternidad que se realizan resultan negativos, es decir, que 3 de cada 10 españolitos el progenitor puede ser el mejor amigo, el fontanero o el de la bombona de gas.
                Todo empezó nada más aterrizar en el Servicio de Análisis Clínicos del Hospital. Reunió a la familia y les dijo que las primeras prácticas de extracción de sangre se hacen con la familia, tal como se lo había dicho su tutor. Paula es la mayor de cuatro hermanos, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, obtuvo muestras de sangre del padre, madre y los tres hermanos.
                La sorpresa apareció en los resultados de los dos hermanos menores. ¡No eran hijos de su padre! ¿Cómo su madre había podido hacerle tamaña ignominia a su padre que tanto idolatraba? Para Paula su padre era su dios, lo veneraba hasta la exageración. Y no era para menos. Era un gran padre, siempre preocupado por los cuatro hijos para que nada les faltara; hasta se podía decir que era más mimoso con los hijos menores, con los que no les unía lazos de sangre.
                -¡Dios mío! –se lamentaba amargamente Paula-. ¿Debo decirles a mis hermanos que mi padre no es su padre? ¿Tienen derecho a conocer a su verdadero padre?
                Pero lo que más le atormentaba era ver a su madre. Siempre tan pendiente de su padre, de los hijos, la casa, de la ropa…pero la prueba del ADN la desenmascaró.  “Es una zorra”, decía la doctora en momentos de ofuscación mental cuando la rabia la cegaba.
                Sin embargo, su padre y sus hermanos la adoraban, incluso hasta la propia doctora antes de conocer la infame noticia. No sabía a quién acudir, ¿a algún abogado, psiquiatra…? Ella era consciente de que en sus manos estaba la puerta del infierno o la del paraíso. ¿Qué culpa tenían sus hermanos menores? ¿Cómo actuaría su padre si conociese la cruda realidad?
                -Santos inocentes, santos inocentes- repetía la joven doctora ante una botella de vodka en su apartamento, con la mente puesta en su padre y sus dos hermanos.
                ©Antonio Capel Riera

domingo, 2 de octubre de 2011

El Cagafuego

Los ingleses temblaban nada más oír el nombre del Cagafuego. Hasta al mismísimo Francis Drake le entraba una cagalera hasta llegar casi a la deshidratación. Y no era para menos. El Cagafuego era un buque español muy temido por la gran cantidad de cañones que llevaba a bordo, y cuando eran disparados parecía el infierno. Había sido preparado para proteger las riquezas que llegaban a España del Nuevo Mundo: lingotes de plata, monedas de oro, joyas y piedras preciosas. Draque, en unas de sus acciones piratas, llegó a hacerse con un botín de 400.000 pesos de la época, unos 18 millones de euros de ahora.
-¡El cagafuego! –gritó un corsario inglés desde el mástil.
-Hoy no toca –dijo Francis Drake, ordenando al timonel que desviara el rumbo de la nave, mientras se acicalaba su bien cuidada barba.
La realidad es que Sir Francis Drake palidecía al oír nombrar del Cagafuego, sin embargo, le tenía muchas ganas de hincarle el diente. Sobre todo por su orgullo anglosajón. Draque no era un simple pirata, ni un bucanero, ni un filibustero. Era un corsario, es decir, el aristócrata de los piratas. Actuaba bajo el amparo de la corona de Inglaterra. Tenía patente de corso expedida por la reina, vestía ropas finas, no llevaba un parche en el ojo, era exageradamente aseado. Había hecho colocar espejos en el barco por los lugares que él frecuentaba; a cada momento se detenía para peinar su cuidada barba. Era un presumido pero tan delincuente como cualquier filibustero. Era el dandi de los piratas. Un chulo.
Sus abordajes los hacía en el Caribe a barcos españoles, cargados de riquezas. Era un delincuente para la corona española; sin embargo, un héroe para la inglesa. Era un buen marino, pero no mejor que los españoles.
-Allí está el ‘copión’ –decían los marinos españoles cuando lo divisaban.
Se granjeó el mote de ‘copión’ porque imitó a Magallanes en pasar por el estrecho de Magallanes; luego fue el primer inglés en completar la vuelta al mundo, después de Juan Sebastián el Cano.
Francis Drake saqueó a los españoles todo lo que pudo; era lo único que lograba hacer. Sin embargo, como vicealmirante de la Marina Británica no venció en nada a los españoles. El triunfo que se le atribuye de derrotar a la Armada Invencible, no fue él, fueron los elementos. De ahí su cabreo con los españoles. Como ladrón, un campeón; como marino, un desatino.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Lo siento, Paul Newman, pero Butch Cassidy no está enterrado en Bolivia



La imagen, sacada en 1900 en Fort Worth (Tejas), retrata al bandido Butch Cassidy (sentado, a la derecha) y su banda. También sentado, pero a la izquierda, aparece su compañero Sundance Kid.- AP/NEVADA HISTORICAL SOCIETY


-¿Y usted está seguro de que no es Butch Cassidy? –preguntó el periodista al indígena, mirando la fosa. Todo el mundo creía enterrado en Bolivia al pistolero ladrón de bancos.

El viejo y desdentado autóctono de piel cobriza, intentaba mirar con el único ojo que le quedaba.
-Seguro, señor periodista –contestó, apoyándose en la vieja pala, y abrigándose con el raído poncho.
Mr. Smith volvió a mirar la oscura fosa. Intentaba descubrir alguna pista que le condujera al legendario atracador de bancos americano. Y no encontró nada convincente. Había algunos jirones de tela, que más bien parecían restos de poncho, como los que llevaba el indígena Huanca.
El americano del Washington Post se volvió al indígena:
-Dígame, ¿por qué está tan seguro de que no es?-inquirió al pobre viejo.
-Porque mi padre enterró a otro –dijo mirando a la mano del estadounidense. Sabía que por cada palabra que soltara podía sacarle un dólar. No era tonto Huanca, aunque lo parecía.
-¿Y por qué lo hizo?
-Por plata, mucha platita –respondió al instante Huanca, moviendo el índice y el pulgar.
El periodista sacó una grabadora y le dio al botón de rec.
-Si usted me cuenta todo lo que sabe le daré platita-dijo entregándole un billete de 100 dólares.
Al indígena le brilló con codicia el único ojo.
-Fue muy sencillo. Les balearon los soldados, era de noche. Y después del tiroteo se hizo silencio, y mandaron a mi padre a enterrarlos a los dos -dijo extendiendo la mano para recoger otro billete-. Pero uno no estaba muerto, el otro sí.
Y así sucedió.
El padre de Huanca era el sepulturero, y al acercarse comprobó que uno de los forajidos estaba herido pero se hacía el muerto. Era Cassidy, el maestro del timo y de la improvisación. En una de sus manos tenía un fajo de billetes. Y al acercarse el sepulturero, le dijo: “Te daré otro fajo si me sacas de aquí”.
El sepulturero gritó a los soldados en la oscura noche: “Me los llevo al cementerio. Están agujerados por los cuatro costados”
Durante la noche, el padre de Huanca sólo enterró al compinche, al vivo le ayudó a curar sus heridas y lo ocultó en una casita en el valle. Una joven indígena le llevaba agua y comida, con la que terminó amancebándose. Al poco de estar repuesto, la indígena y él se marcharon a los valles tropicales cambiándose el nombre. Se hizo llamar James Blackthron. Construyó un enorme rancho en una extensión de más de cinco mil hectáreas; llegó a poseer más de 500 cabezas de ganado y 30 caballos de silla, además de gallinas y algunas ovejas. Trabajaban cinco peones en las labores del rancho; y para el cuidado de la casa tenía a más de diez mujeres. Dicen que con cada una de ellas tuvo un hijo.
Un buen día decidió regresar a los Estados Unidos para dar una sorpresa a su familia. Los hermanos y su anciano padre tenían la costumbre de reunirse el Día de Acción de Gracias, y, de pronto, apareció Butch Cassidy, de punta en blanco con su sombrero de bombín que tanto le gustaba.
Desde entonces, no regresó a Bolivia.
El periodista, pensativo, empezó a creer la conjetura de que Butch Cassidy jamás estuvo enterrado en Bolivia. Butch Cassidy murió en un hospital de los Estados Unidos en el año 1937. Sus posesiones en Bolivia las administran sus hijos y nietos, y hasta el día de hoy cuentan con numerosas cabezas de ganado y un sinnúmero de nietos.